Deportes
«No estoy fino con los hierros pero Augusta es especial»
Hay lugares donde el tiempo no corre, sino que se posa, como el polen que estos días alfombra Magnolia Lane. Para José María Olazabal, el … Masters de Augusta no es un torneo; es un estado de ánimo, un refugio donde sus manos, esculpidas en mil batallas de approach y putt, recuperan la memoria del éxito. La semana que viene, el hondarribiarra tachará su participación 37, un número que marea a cualquiera pero que a él, competitivo hasta la médula, solo le sirve para ajustar el visor y buscar el tee del uno con la fe de su primera participación en 1985. «No estoy fino con los hierros», confiesa a este periódico antes de emprender viaje desde su domicilio, donde ha descansado cuatro días después de siete semanas fuera jugando torneos.
Exigente como ninguno, Olazabal sabe que tener feeling con los hierros en Augusta es determinante o por lo menos históricamente ha sido así porque como dice «los cambios introducidos en el recorrido en los últimos años, haciendo algunos hoyos más largos» hacen que el juego con las maderas desde el tee también tenga mucho peso a la hora de entregar una tarjeta ganadora. «El aproach y el putt es lo que me ha salvado en las últimas semanas. Vamos a pensar que Augusta es especial», admite. Lo cierto es que Olazabal sigue sin poder darle a la bola con la potencia que le gustaría desde que hace un año tuvo una rotura de fibras importante en la espalda. A pesar de todo, con una actitud «de patadón y tirar para adelante», el hondarribiarra llega a Augusta en un momento dulce, tras incrustarse entre los mejores en un torneo del PGA Champions Tour.
La pasada semana, en ese circuito americano para jugadores de edad, plagado de nombres inolvidables, Olazabal acabó decimocuarto en el Hoag Classic, disputado en Newport Beach. Fue un torneo de menos a más, sellado con dos vueltas finales de 67 golpes. «A ver si soy capaz de darle continuidad», reflexiona.
En su 37ª cita con la historia de Augusta –la web del torneo da esa cifra y a Olazabal le sale uno más– volverá a ser el maestro que comparte reflexiones los días previos con Jon Rahm y Sergio García sobre dónde se gana y se pierde el Masters. Los tres están citados el martes en la cena de campeones con la que arranca el estricto protocolo de Augusta, ese club exclusivo con trescientos socios, sin mujeres hasta 2012, y en el que muchos nuevos socios no saben que están siendo evaluados hasta que reciben una carta de invitación en su buzón.
Rory McIlroy, como último campeón, será quien ofrezca este año la cena cuyo menú constará de un carpaccio de atún de aleta amarilla, inspirado en un plato de uno de sus restaurantes favoritos en Nueva York. Para el principal, los campeones elegirán entre ‘wagyu filet mignon’ o salmón marcado a la sartén. Y de postre, el ganador del Masters se ha inclinado por un clásico muy reconocible: sticky toffee pudding. En esa mesa se sentarán, entre otros, los principales candidatos a la victoria: Scottie Scheffler y Jon Rahm. Entre ellos dos y McIlroy debería estar la pelea, con permiso de Bryson DeChambeau, que no sabe lo que es ganar en Augusta pero que llega en un excelente estado de forma. «Es un privilegio al que nunca quieres renunciar. Es un lugar mágico», confiesa. «A ver si recupero el feeling con los hierros», insiste. Al recuerdo de hace dos años, cuando pasó el corte, se agarra. Augusta es el jardín de su vida: 37 capítulos de un idilio eterno.


