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Cancún

Cancún: el grito ahogado de la salud mental

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Cancún vuelve a ser escenario de una tragedia que nos sacude el alma y nos enfrenta a una verdad incómoda: la salud mental no está en la agenda pública y las consecuencias son devastadoras. En la Supermanzana 76, un joven matrimonio no mayor a los 30 años decidió salir por la puerta falsa tras una discusión familiar. Lo más doloroso es que, antes de consumar el acto, intentaron llevar consigo a su hija de apenas siete años. Por fortuna, la intervención de un tío evitó lo peor y la niña hoy se aferra a la vida en un hospital.

Por Luis Mis – Gato Maya

La crudeza de esta escena debería ponernos de frente contra el espejo. No se trata de un hecho aislado, ni de una anécdota más para el expediente de la Fiscalía. Se trata de la muestra más desgarradora de que vivimos en una ciudad donde las tensiones, la violencia cotidiana y la falta de redes de apoyo están reventando por dentro a las familias.

Los vecinos cuentan que las discusiones en ese hogar eran constantes, pero nadie prestaba atención. Nos hemos acostumbrado a los gritos tras las paredes, a normalizar la violencia en los hogares como si fuera parte del ruido urbano. Hasta que un día el silencio llega de golpe y se convierte en tragedia.

El sistema, una vez más, llega tarde. Policías, peritos y funcionarios levantan cuerpos, abren carpetas de investigación y redactan comunicados. Pero lo que sigue ausente es un programa real de prevención, atención psicológica y acompañamiento comunitario.

La salud mental sigue siendo tratada como un asunto privado, cuando en realidad es un problema social que nos explota a todos en la cara.

El caso duele no solo por la vida que se apagó, sino porque hubo una niña que vio de cerca cómo el amor de sus padres se transformó en violencia y muerte. Esa niña es el símbolo de una ciudad que necesita ayuda, que clama por atención, que exige un cambio de fondo.

No basta con indignarse ni con llorar ante la noticia. Es urgente que Cancún y Quintana Roo coloquen la salud mental como prioridad política y social. Que existan líneas de ayuda efectivas, psicólogos en las escuelas, programas de apoyo familiar, campañas permanentes que digan: “No estás solo, hay otra salida”.

Hoy la vida de esa pequeña nos recuerda que aún hay esperanza. Que en medio del dolor, siempre se puede elegir salvar, acompañar, tender la mano. Que la violencia no puede seguir siendo la respuesta.

Si como sociedad no reaccionamos, si seguimos callando ante los gritos que se escuchan tras las paredes, entonces estaremos condenados a repetir esta historia. Y cada silencio que dejemos pasar será una tumba más cavada por la indiferencia.

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