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Internacional

Trump, el mundo y la tentación moral

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Veo difícil que un político electo me caiga peor que el presidente Trump. Es una antipatía compartida por muchísima gente en todo el mundo democrático, incluidos los Estados Unidos. No creo necesario enumerar las razones, desde su pésimo egocentrismo a su indiferencia por valores que a muchos nos importan, pasando por sus condenas por turbios asuntos sexuales y fiscales más sus mentiras populistas. Pero juzgar toda su presidencia por este sentimiento, o por algún lecho de Procusto particular para los valores humanos, sería un típico e insensato ejercicio de impostada superioridad moral, compañera de viaje de la impotencia política. Así que dejemos esa tentación y tratemos de entender qué está haciendo la presidencia Trump.

 



Las promesas rotas

 

Lo primero es la gran paradoja: Trump es aislacionista y prometió infinidad de veces no meter a Estados Unidos en más guerras y acabar con las existentes (más las que ha inventado para presentarse como el pacifista number one). Sin embargo, ahora mismo está atacando a Irán junto con Israel y una coalición de países árabes agredidos por los ayatolás. El ataque no sólo desmiente el pacifismo aislacionista de que presume, sino que ratifica la conocida distancia entre promesas electorales y gobierno real, pero también algo menos tópico y más relevante: que las decisiones tomadas son las que no hay más remedio que adoptar, como entendió el apaciguador Chamberlain al declarar la guerra a Alemania tras invadir Polonia.

Volvamos al ataque a Irán. Sólo los hipócritas a lo Josep Borrell pueden negar que el régimen de los ayatolás es un peligro para el mundo: ha promovido el terrorismo internacional, ha jurado destruir a Israel y tenía un avanzado programa de armas nucleares para conseguirlo. Además, han asesinado a decenas de miles de iraníes solo por protestar, y practican una represión cruel, masiva e injusta. Finalmente, son el aliado indispensable de Putin en la invasión de Ucrania y, por tanto, de la agresión a Europa, formando con China un eje autocrático explícitamente opuesto a la democracia liberal y aspirante a la hegemonía planetaria. Si todo esto no es hacer méritos para que te ataquen en legítima autodefensa, especialmente Israel, no hay nada que lo merezca.

En resumen, si el aislacionista Trump y su ala MAGA del partido republicano se han visto implicados en un ataque a Irán, que contradice su visión del aislamiento y cierre de Estados Unidos, es por la fuerza de los intereses reales. Los fanáticos trumpistas pueden pensar que el peligro para su “América” son los inmigrantes hispanos, pero las élites de Washington saben que son la expansión militar de China, las dictaduras que ésta apoya y el eje con Rusia e Irán. Puro realismo maquiavélico, ese que asusta a las almas bellas.

 

Intervenir o de ser intervenido

 

Estados Unidos ha intervenido en primer lugar para asegurarse la paz en la trastienda del Caribe: Venezuela y Cuba (un aviso para México y Colombia); segundo, aliado con Israel para anular militarmente al régimen de los ayatolás (este es el verdadero objetivo), para el que obviamente hay un cuidadoso plan de guerra, aunque el político, como en Venezuela y Cuba, vague por las tinieblas. Es obvio que Trump no pretende ser un adalid del restablecimiento de la democracia (si es que alguna vez ha habido alguno en el poder, al margen de la propaganda), sino alguien obligado a intervenir en el mundo incluso arriesgando intereses políticos domésticos: de ahí las trolas de la guerra breve y las acusaciones a Europa de abandono militar (aunque nunca ha solicitado ese apoyo formalmente).

La consecuencia es que, le importe o no restablecer sistemas democráticos plenos, la política trumpista derriba dictaduras aunque, como en Venezuela, sea con la farsa del gobierno títere de Delcy Rodríguez. Pero lo urgente es que las dictaduras caigan. Cuando Churchill corrió a apoyar a su archienemigo Stalin contra la invasión nazi dejó para la posteridad un principio fundamental: “Si Hitler invadiera el infierno, me aliaría con el diablo”. En efecto, los enemigos de uno en uno y a su tiempo; Stalin tampoco pretendía restablecer democracia alguna en Europa, pero el Ejército Rojo arrolló al alemán y eso posibilitó la restauración democrática de 1945.

La consecuencia es el debilitamiento del eje China-Irán-Rusia en el nudo de los ayatolás. Ha dejado otra vez en evidencia a Rusia como superpotencia de papel incapaz de ayudar a sus aliados, y enfrenta a China al dilema de elegir entre implicarse en una dudosa escalada militar o intentar pactar la hegemonía económica con Estados Unidos a cambio de la paz, una opción muy posible con Trump. Caiga o no ahora el régimen islamista, su quiebra militar deja huérfanos a Hamás, Hezbollah, los hutíes y los chiitas de Irak y el Golfo Pérsico. Para Israel, objetivo conseguido, y de paso oxígeno para Ucrania.

 

La ficción favorita de Bruselas

 

Un paisaje que no perjudica a Europa, todo lo contrario. Primero, porque refuerza a la democracia como sistema geopolítico justo cuando estaba en grave peligro. Europa no puede tolerar ni que Putin se quede con Ucrania ni la desaparición de Israel, la creación del sionismo y del antisemitismo genocida europeos.  Pero la reacción de las élites eurocráticas está siendo, por lo demás, la esperada: torpe, tardía, vacilante, medrosa, inmovilista. Como cuando el ataque a Ucrania en febrero del 2022. Cuando Von der Leyen dijo que el mundo regido por reglas de derecho había acabado se refería al fin de la ficción favorita de Bruselas, el orden internacional basado en instituciones internacionales ocupadas por élites burocráticas con pasión por regular y controlarlo todo. Un modelo que espera desde La paz perpetua de Kant, solo dos siglos y medio, y un peligroso espejismo si se toma por real.

Algo parecido a la necia ideología Greta Tumberg que nos llevó a concentrar el talento en diseñar y regular tapones de plástico y normativas de engorde de la burocracia y bloqueo de la iniciativa privada. Es el fracaso de un modelo irreal que explica la histeria moralizante de los antitrumpistas, pero no les da la razón. Solo deja en evidencia que no pueden ofrecer al mundo otra cosa que eslóganes, manifiestos y reuniones evasivas para no decidir nada. Si hubiera voluntad real de ligar una defensa exigente de la democracia, esa que se reprocha ignorar a Trump, con implantar un nuevo orden mundial postsoviético, Europa intentaría liderar el proceso en vez de dejárselo a Estados Unidos, quejarse del cómo y lamentar las consecuencias.





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