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Un plan para los 126 millones de la Primitiva

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ALGUIEN ya valid� online el boleto de la Primitiva premiado con 126 millones de euros. Confirma mi teor�a: nadie quiere ganar 126 millones hasta que los gana. Al buscar el rastro de la felicidad en los ganadores, Google y sus suced�neos manejados por Inteligencia Artificial muestran la maldici�n que liberan. Al parecer, no hay vida despu�s de la millonada. Si los franceses consideran el orgasmo una petite mort, los norteamericanos confunden con un holocausto privado anticipar la combinaci�n de n�meros ligada al bot�n. Estados Unidos es el pa�s donde dos fen�menos extra�os convergen. Tendr� que ver con las ganas de escapar de aquel lugar donde un colegio es un b�nker y un m�dico es un unicornio. All� es tan frecuente contactar con los ovnis como suicidarse por culpa de la loter�a. Espa�a pasa a ser una pajarer�a de p�sames en cuanto alguien consigue el comod�n, descorre las cortinas, abre el paraca�das, hace pie en la vida. Todos buscan el boleto premiado en los bolsillos de sus abrigos, miran los n�meros como si les sonara de otra vez, claman contra el viento que siempre toca a los mismos, o sea, a otros. Un bote millonario es luctuoso, no como la calderilla de la Navidad, que se celebra a la vista del vecino como se celebran las cosas sin importancia. Este pa�s pegado a la l�pida del 98 no es tan mediterr�neo ni tan disfrut�n: todos los millonarios por casualidad acaban enclaustrados.

A estas alturas, en cada casa ya hay montado un plan para los 126 millones. Exigir al elegido estar a la altura del dinero, como si tejer una serie de inversiones que aseguren el bienestar de un par de generaciones fuese la �nica manera de corresponder al beso de la fortuna, es el primer paso de la envidia. Ver el funcionamiento de este anticuerpo contra la suerte ajena es tan triste como asistir al funeral de un pajarillo. Despu�s, si surte efecto la bancarrota, ser� de dominio p�blico la identidad de la persona que hirvi� los millones en pocos a�os, transform�ndolos en un derrape, para proceder a lapidarla con reproches. De la misma rater�a surgi� el estudio que data la caducidad de la ilusi�n por este dinero ganado en un traspi�s. La felicidad se agota al cabo de tres meses. El mensaje queda claro: ganar la loter�a no merece la pena.

Me ofrezco voluntario para cambiar las cosas. Creo que ser�a un buen candidato. Al principio disimular� lo menos posible, aparecer�a por sorpresa en restaurantes y pagar�a la cuenta de todos los clientes, algo as�, como un superh�roe de las convidadas. Despu�s, dilapidar�a el resto para poder decir lo dilapid� porque no era m�o.


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