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Internacional

Seis comas viajan en un taxi

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A la escena, por pura justicia cinematogr�fica, le correspond�a un treintea�ero alto, inapelablemente vestido con una gabardina sobre un traje de chaqueta, zapatos de cord�n, un par de milloncitos en su cuenta corriente. Habr�a, si las cosas hubieran sido como ten�an que ser, corrido con el brazo derecho alzado, presto y servicial, para cumplir con la misi�n que el guionista divino habr�a tenido a bien asignarle: cubrirme con su paraguas. De ese modo, con la comedia rom�ntica a punto de cocerse, habr�a llegado a casa sin que alg�n vecino me tomara en el ascensor por la �nica superviviente, al fin reflotada, del submarino de OceanGate.

Pero el heredero brit�nico-kuwait� no apareci� y mi perra y yo acabamos convertidas en dos pelusas maravillosamente estructuradas, portadoras de m�s agua dulce en nuestros mechones que cualquier tuber�a de Los Ca�os de Meca. Por el camino, un conductor se�al� al animal e hizo as� con el dedito, no no no, al ritmo de su propio parabrisas. Aun reencarnada en m� la ni�a Cosette, solita y empapuchada, comprend� al taxista. El olor de un perro mojado se aloja en la garganta sin fecha de check-out. En las notas olfativas de su espacio de trabajo manda �l.

Montarse en un taxi con un perro constituye siempre, granice o parezca licuarse el sol, una emocionant�sima tarea. La imprevisibilidad es condici�n. El conductor quiz� ajuste el asiento delantero para que el bicho se acomode en su transport�n, rescate un cinturoncillo de la guantera o tal vez blanda la Ordenanza del Taxi de Madrid como si se tratara de Excalibur. Toparse con uno de los �ltimos ahorra sobreanalizar los resultados del PIRLS, el Estudio Internacional de Progreso en Comprensi�n Lectora.

En una de las dos apariciones de la palabra perro, el texto afirma que los de servicio viajar�n de forma gratuita. En la segunda, que los taxistas podr�n negarse a prestar servicio cuando “por su naturaleza o car�cter los bultos, equipajes, utensilios, animales, excepto perros o silla de ruedas que los viajeros lleven consigo, puedan deteriorar o causar da�os en el interior del veh�culo, no quepan en el maletero o infrinjan con ello disposiciones en vigor”. As� explican estos ciegos espadachines de la ley que el animal deber� viajar encerrado en el maletero.

Queda el futuro de esta misi�n, por tanto, en manos de Educaci�n. La interpretaci�n solo puede tratarse de un mare�to intelectual inducido por la pirueta de comas y condicionales. De lo contrario, si los taxistas en efecto desplegaran su lucidez para justificar el encierro de un animal vivo en un espacio sin ventilaci�n, podr�a resultar que el organismo al que le corresponda intervenir acabe por ser otro.


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