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Internacional

Shiretoko: de paseo por la guarida de los osos pardos de Japón

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Los guardabosques de los Cinco lagos de Shiretoko son tan amables como insistentes. Saben que est�n en lo m�s profundo del coraz�n de la zona cero de los osos en Jap�n, la pen�nsula en el extremo norte de Hokkaido, la isla que registr� el a�o pasado una cifra r�cord de ataques a humanos, con m�s de una docena de muertos y 200 heridos.

Aqu� los accidentes no son cotidianos, pero los avistamientos son una certeza. Por eso, al entrar al recinto hay que rellenar un pasaporte con los datos personales. Despu�s, estar atento a un v�deo en el que explican en ingl�s y japon�s c�mo evitar encuentros indeseados con los osos, e incluso c�mo comportarse si estos se llegan a producir. A continuaci�n, otro simp�tico guardabosques repite las instrucciones de viva voz y procura que a todos los visitantes les quede claro. Los turistas, la mayor�a japoneses, se miran entre s� con una sonrisa algo forzada que muestra m�s nerviosismo del que pretende.

Ahora s�, listos para salir a un recorrido que se sigue en sentido decreciente, empezando por el n�mero 5. Cada parada de este paseo, que se hace por libre, es m�s pintoresca que la anterior, por unas pasarelas de madera que desembocan en l�minas de agua que reflejan los montes Iwo, un volc�n activo, y Rausu. Suenan en los recodos los tintineos de los cascabeles colgados de las mochilas para evitar encuentros sorpresivos con cualquier animal. El final del sendero comunica con el n�mero 1, una pasarela espectacular electrificada en su base y accesible incluso con silla de ruedas para los visitantes que llegan desde el aparcamiento.

Ruta de los cinco lagos de Shiretoko.

Ruta de los cinco lagos de Shiretoko.J. L. M. V.

Pero todas estas prevenciones, �tienen su base o s�lo forman parte de un folclore asustaguiris? Un gran oso pardo se cruza en la carretera que conecta el centro de interpretaci�n de Shiretoko con los Cinco lagos lo deja bien claro. El coche frena en seco y el sistema autom�tico detiene el motor. El plant�grado cruza la carretera, se alza sobre sus patas traseras y golpea con las delanteras el vallado junto al quitamiedos. Apenas mira los dos veh�culos detenidos en el asfalto. Parece contrariado por algo. Desanda el camino y con una agilidad sorprendente sube un talud y se interna en el bosque.

Y es que para visitar esta bella, singular y salvaje pen�nsula de Hokkaido hay que estar preparado. El Centro de la Naturaleza de Shiretoko, a las afueras de Utoro, es un buen lugar para aprender sobre la fauna y la flora local y comenzar a sumergirse en este senderismo con prevenciones que exige este extremo de Jap�n. En su tienda uno se puede aprovisionar de cascabeles, repelente y toda la informaci�n relativa a los osos. Y despu�s dar un pase�to hasta las cascadas Furepe, un mirador que muestra c�mo vierten dos riachuelos al mar. O hacer el Sendero de los Pioneros, un recorrido circular por el bosque de poco m�s de media hora en el que hay una vivienda y una granja de la �poca de la colonizaci�n japonesa de esta tierra, a finales del siglo XIX.

Cartel de advertencia de la presencia de osos en Shiretoko.

Cartel de advertencia de la presencia de osos en Shiretoko.J. L. M. V.

No es exagerado decir que toda la pen�nsula de Shiretoko es hogar de osos. No se trata de que los animales se acerquen a los humanos, sino que somos nosotros los que invadimos su territorio. De hecho, la mitad final de Shiretoko carece de carreteras y poblaciones. M�s que evitar encuentros indeseados, lo que se busca es preservar esta especie como animal salvaje que no se acostumbre a la civilizaci�n.

Hay dos pueblos de referencia, Utoro y Rausu, con atractivos m�s log�sticos que tur�sticos. Por ellos hay que pasar en los trayectos en coche, el medio de transporte ideal: las carreteras est�n bien cuidadas, bien se�alizadas incluso para los occidentales, y el civismo japon�s se impone tambi�n al volante.

Utoro es un pueblo que vive del mar y por el mar en los siete meses en los que el clima es benigno, de abril a octubre. Eso lo demuestran su puerto pesquero y sus restaurantes, en los que no hay que perderse el sake oyako don (salm�n fresco y huevas sobre arroz), el buey de mar, el erizo o el congrio negro. Cerca de este pueblo est�n las cascadas Oshin Koshin, que se deslizan sobre las rocas junto a la carretera, frente al oc�ano, un punto ideal para contemplar los atardeceres sobre el Mar de Ojotsk.

Restaurante Maruko Suisan, en Utoro.

Restaurante Maruko Suisan, en Utoro.J. L. M. V.

El punto que divide la parte occidental de la oriental de la pen�nsula es el paso Shiretoko, en cuya carretera conviven las se�ales de tr�fico de osos cruzando la v�a con carteles que informan de avistamientos de ejemplares de esta especie hambrientos (�c�mo lo saben?) con unas vistas excepcionales del monte Rausu, el m�s alto de esta regi�n. La caminata a lo alto de este pico, no demasiado exigente, y al Iwaobetsu onsen, unos ba�os termales al aire libre en mitad del bosque, un escenario de cuento, son de lo m�s recomendable, aunque hay que cerciorarse antes de que no est�n vetados por la presencia de vida salvaje. La mayor actividad se da entre el 10 de mayo y el 31 de julio, pero en ocasiones se proh�ben estos trekking fuera de este periodo.

La bajada hasta Rausu deja dos joyas escondidas a los lados de la carretera serpenteante. La primera son las cascadas de Kumagoe, con su acceso oculto a la salida de un t�nel y a s�lo 400 metros andando por un sendero angosto. El premio es un bell�simo salto de agua de 15 metros. La segunda sorpresa es el onsen de Kumanoyu, unas aguas termales comunales antes de llegar a Rausu, de acceso gratuito y muy bien mantenidas, donde �nicamente hay que preocuparse de llevar toalla y disfrutar del agua caliente en plena naturaleza. Y olvidarse los prejuicios, porque tambi�n en estos ba�os se sigue a rajatabla la norma de desnudez total.

Una forma completamente diferente de ver la pen�nsula de Shiretoko es recorrer su costa occidental en uno de los barcos tur�sticos que salen del puerto de Utoro. El recorrido m�nimo es de una hora y media, pero merece la pena el de cuatro horas para llegar al extremo norte y divisar desde all� las siluetas azuladas de las islas Kuriles, territorio de eterna discordia entre Jap�n y Rusia.

La costa es una sucesi�n de acantilados de roca volc�nica negra coronados por bosques. La megafon�a de los barcos va se�alando los nombres que han dado a las formas antropom�rficas de las rocas, pero lo m�s interesante es no perder detalle de lo que ocurre en la orilla por si acaso. Y de repente, �bingo! Un ejemplar pasea con dos oseznos junto al r�o. Merodea el agua y deja a las cr�as en tierra para zambullirse bruscamente y lanzar de repente varios salmones al aire. Buena pesca. Otros peces saltan ya en el mar, celebrando tal vez haberse salvado de las garras del depredador. Tambi�n se exhiben alrededor del barco los delfines. El viento es fr�o en la cubierta, incluso en verano. En los meses de invierno estas navieras ofrecen paseos entre los hielos del oc�ano, cuando todo se congela y los osos hibernan.

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