Deportes
Quiero deporte gratis
El directo sigue siendo el producto a partir del que orbita el negocio audiovisual del deporte, pero el ciclo de la atención ya no se detiene cuando el árbitro pita el final del partido. Vivimos en la era del consumo snack, donde los highlights en redes sociales y la saturación de contenidos behind-the-scenes provocan un solapamiento constante entre competiciones. En este escenario, las grandes propiedades como la Champions League, LALIGA, la Fórmula 1 o la NBA ejercen una fuerza gravitatoria que monopoliza el tiempo del fan, dejando poco oxígeno para el resto.
Durante años, muchas competiciones históricas, pero con una masa social menor, como la Asobal o la LNFS cayeron en la tentación de la “jaula de oro”: aceptar rápido el dinero de la TV de pago a cambio de encerrar su producto tras un muro de transacciones. El peaje a largo plazo ha sido caro. Al perder la ventana del abierto, no solo han sacrificado su notoriedad mediática entre el público general, sino algo mucho más tangible: la capacidad de sus clubes para garantizar retornos reales a sus patrocinadores. Sin ojos que vean la publicidad en las camisetas o en los fondos de pista, es difícil que las marcas quieran invertir.
Tras una década de expansión de la TV de pago, el escenario está cambiando. Las grandes plataformas empiezan a concentrar su inversión en los derechos premium que arrastran grandes audiencias. Y eso está actuando como un catalizador. Al centrar todos sus recursos en el fútbol, el baloncesto o el motor, el resto de competiciones se están viendo empujadas a una transición acelerada hacia el abierto para no morir en la irrelevancia. Y aquí es donde aparece el cambio de paradigma: el abierto ya no es solo la televisión lineal en la TDT; son YouTube, las webs de los grandes medios, los canales gratuitos en plataformas OTT, las redes sociales que emiten en directo…
La ACB ha sido de las primeras en entender este nuevo tablero de juego: mantiene el ingreso recurrente del pago con DAZN, pero recupera una distribución mayor en la televisión pública para ensanchar la base de su pirámide. Lo vemos también en los acuerdos estratégicos de MotoGP y F1 con Mediaset, o en la propia apuesta de DAZN por ofrecer fútbol gratuito bajo registro en su plataforma.
La lógica es puramente empresarial: el deporte en abierto ya no debe concebirse hoy como la garantía de visibilidad para cumplir el ROI con los patrocinadores, sino como la inversión en marketing que hoy cualquier marca tiene que hacer para ser relevante en el ecosistema del entretenimiento digital. En la economía de la atención, la gratuidad no es una pérdida de valor, sino el peaje necesario para que el mercado no te olvide.
¿Ascenso y descenso en el golf?
Vivimos una época que obliga a replantear su modelo incluso a las competiciones con más arraigo histórico. Renovarse o morir, que dirían. El PGA Tour quiere blindar su hegemonía frente a la amenaza de LIV Golf, y su nuevo CEO, Brian Rolapp, no tiene problemas en cuestionar incluso el formato del circuito. Procedente de la NFL, el ejecutivo no tiene mochila y eso le permite proponer cambios tan rompedores como implantar un sistema de ascensos y descensos basado en la meritocracia pura.
Quien quiera acceder a los torneos con mayores bolsas de premios, hay que rendir en el green. No es un sistema cerrado, sino una apuesta por elevar el nivel competitivo. La estrategia también pasa por optimizar el calendario de enero a septiembre para evitar el solapamiento con otrascompeticiones y concentrar la atención en mercados clave. Con cuadros más reducidos y formatos más dinámicos, el PGA busca transformar el golf en un producto de entretenimiento más compacto, agresivo y, sobre todo, rentable.
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