Internacional
La Colonia Fin de Semana, el salvaje oeste de Madrid: "Podían venir los gitanos a atracarte, encontrarte con yonquis, había peleas… Era una de las zonas más deprimidas de España"
Eduardo Cano naci� en 1968 y se crio en el barrio de Pac�fico, de cuyas inmediaciones guarda multitud de recuerdos. Curiosamente, se trata de un fot�grafo de tercera generaci�n. Como �l mismo explica: “Mis primeros recuerdos son en el laboratorio de mi abuelo, que naci� en 1906 aproximadamente. Era sordomudo, a la vez que fot�grafo de barrio. Ten�a un estudio que se llamaba Foto Cano en la calle Alcalde L�pez Casero, en Ventas. En aquella �poca no exist�a el fotomat�n, as� que la gente sub�a a hacerse fotos de carnet a su casa”.
Eduardo se considera miembro de la �ltima generaci�n que jugaba en la calle. “Jug�bamos al front�n entre los coches, salt�bamos a los descampados, hac�amos hogueras. Hab�a perros callejeros que te pod�an morder, era otro mundo. La pandemia me record� a esa �poca. Cuando se apagaron todos los coches, imperaba el mismo sonido”.
Contin�a: “Ese era el sonido del barrio de Pac�fico cuando yo era peque�o. Esa especie de silencio, en el que se o�a los pasos de la gente. Jug�bamos, sobre todo, en una calle chiquitita que hab�a en Doctor Esquerdo, que se llamaba la calle de Andaluc�a (hoy est� llena de coches). En el barrio hab�a una f�brica Singer, de m�quinas de escribir, donde siempre dejaban unos corchos que us�bamos de escudos en peleas contra los chicos del barrio de al lado. Hac�amos incursiones en los vecindarios cercanos, patin�bamos agarrados del autob�s 56 porque as� �bamos m�s r�pido; nos agarr�bamos a los coches, �bamos en bici por las autopistas. Lo pas�bamos bomba”.
Una mujer limpia la calle, en la Vallecas de los a�os 60.
A finales de los 70, Eduardo comenz� a estudiar en Virgen del Cerro, un colegio cercano al Cerro del T�o P�o. “Yo ten�a que ir en autob�s”, se�ala, “y, luego, cruzar un descampado inmenso lleno de chabolas donde se encontraba la Colonia Fin de Semana. Se llamaba as� porque las casas eran construidas por los vecinos durante el fin de semana para que la Guardia Civil no pudiese impedir su trabajo”.
“Si el lunes estaba construida, las autoridades ya no pod�an derruirlas. Para m� fue un cambio brutal. Cruzar el descampado era como cruzar el Oeste. Pod�an venir los gitanos a atracarte, encontrarte con yonquis, pod�a haber peleas… Era una de las zonas m�s deprimidas de Espa�a en ese momento. Las madres, por ejemplo, hac�an la ropa a sus hijos porque no ten�an dinero para comprarla”.
Acoso escolar
Se trataba de un mundo duro, donde hab�a que aprender a defenderse a toda costa: “Al principio me atracaban”, recuerda Eduardo, “pero, en un momento dado, me di cuenta de que o me hac�a el fuerte o ser�a presa de los dem�s. Por entonces, no se hablaba de bullying, pero era omnipresente. Si ven�an a por m� les dec�a: ‘Te espero a la salida, que te voy a partir la cara’. Aunque fuese alguien m�s grande. Despu�s de dos o tres peleas, te dejaban en paz”.
Eduardo Cano, el entrevistado en el art�culo, en una imagen de adolescente..
Seg�n Eduardo, se trataba de un mundo muy macarra. De entre su generaci�n hab�a nombres como el Nano, el Bulli, el Negro… “Hab�a otro que era el G�i, que era peque�o pero mat�n”, explica. “Cuando jug�bamos a las canicas entre las chabolas, este las robaba con un agujero que ten�a en la suela del zapato. Pisaba la canica y dec�a: “�Eh, yo no la tengo!” Los hermanos mayores de esta gente estaban en la c�rcel o metidos en la droga. Yo recuerdo que los mayores escuchaban Tequila”.
Sigue con su relato: “Todav�a no exist�a la Movida. Adem�s, los curas contaban con locales que prestaban a los j�venes. Los mayores ten�an las llaves de la catequesis y ah� escuch�bamos m�sica. Estos lugares contaban con unos sof�s viejos y exist�an en cada barrio. Eso es algo que he visto en Cuba, donde cada edificio cuenta con un local para la gente joven. Ah� hac�amos nuestras peque�as fiestas”.
En esos locales chicos y chicas ligaban. Eduardo considera que, en Madrid, las cosas cambiaron y se modernizaron a partir del Mundial 82, momento en que la reivindicaci�n social comenz� a apagarse. “Ser reivindicativo estaba pasado de moda”, comenta. “Es entonces cuando empiezan a imperar las tribus urbanas”.
Otro elemento que ha ido desapareciendo gradualmente desde entonces es la vida en la calle, cara a cara. Como fot�grafo retratista, reflexiona al respecto: “La gente est� un poco muerta porque no habla con los ojos. En un retrato el 80% son los ojos. No hablan con los ojos porque est�n escondidos. A la gente le cuesta mucho abrirse”.
Una fachada de la Colonia del Fin de Semana, en la actualidad.
“Despu�s de la pandemia me he encontrado a personas con grandes dificultades para relacionarse. Me encuentro con gente de entre 30 y 40 a�os que son como adolescentes. Son gente muy limitada para relacionarse, no saben moverse, no saben andar… Eso antes no lo ve�a. Parecen adolescentes de 40 a�os. Los ves retra�dos, no tienen la chispa que hay que tener en la vida. Eso es por las redes sociales y el mundo aislado en el que nos hacen vivir. Antes la gente se reun�a para charlar. Hoy la gente tiene prisa. La posibilidad de la vida se estrecha cada vez m�s y la gente sufre mucho. La gente no vive una vida real, cosa que en los 70, 80 y 90 s� ocurr�a”.
Es autor de Macarras interseculares, editado por Melusina, [puedes comprar el libro aqu�], Macarrismo, editado por Akal, [puedes comprar el libro aqu�] y Macarras ib�ricos, editado por Akal, [puedes comprar el libro aqu�]. Macarras ib�ricos, editado por Akal, Macarras interseculares (c�mic) [puedes comprar el libro aqu�]





