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Internacional

Botellón y piel de mariposa

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Hace unos meses tomaba caf� en casa de un amigo cuando su hijo, de 18 a�os, sali� de su habitaci�n. ��A d�nde vas?�. Y el joven, con esa despreocupaci�n let�rgica del adolescente, respondi�: �He quedado en la Fnac para blanquear el bono�. Mi amigo debi� detectar la perplejidad en mi cara y, t�midamente avergonzado, me explic�: �Se ponen en la cola de la Fnac y ofrecen pagar la compra a quien vaya a llevarse un libro o un disco: ellos pasan el bono y se quedan con el dinero�. Me pareci� un buen ejemplo de pol�tica p�blica mal dise�ada: a nadie se le ocurri� que los chicos buscar�an la forma de convertir el bono cultural en gin-tonics.

He recordado esta an�cdota tras leer que el Ministerio de Cultura ha reconocido que el bono cultural se ha utilizado para pagar entradas de discoteca y consumiciones desde la primera edici�n (vamos por la cuarta). Cultura insiste en que el importe corresponde al 0,3% del gasto total y que el resto del bono se utiliz� correctamente. Lo dudo. Si la picaresca del hijo de mi amigo y sus colegas est� tan extendida como parece, el fraude probablemente sea mucho mayor de lo que sugieren las cifras oficiales.

Ha querido la casualidad que esta semana ley�ramos que, seg�n el �ltimo bar�metro publicado del Instituto de Estudios Fiscales, el 30% de los menores de 40 a�os asegura que vivir�an mejor sin impuestos. Hay quien pretende atribuir este deterioro de la conciencia fiscal a los influencers, los pol�ticos anarcocapitalistas y a esos youtubers que se mudan a Andorra. Es una teor�a ingeniosa. Y tiene la ventaja de eximir al Estado de cualquier responsabilidad en el desplome.

Los usos y abusos del bono cultural no significan mucho en cuanto a cifras, pero poseen una fuerte carga simb�lica. Un Estado que grava fuertemente el trabajo y, al mismo tiempo, distribuye el dinero p�blico sin rigor no deber�a sorprenderse si contribuyentes y beneficiarios se vuelven suspicaces. El bono es solo un ejemplo pintoresco. Los hay de mayores y de peores consecuencias: una televisi�n p�blica convertida en instrumento de propaganda; empresas p�blicas e instituciones que funcionan como agencias de colocaci�n; infraestructuras que se deterioran mientras el Gobierno inaugura un nuevo observatorio. Con estos mimbres no hace falta suscribirse a un canal libertario para cuestionar el retorno real de los impuestos. Claro que un Estado del bienestar requiere una financiaci�n colectiva potente. Pero si los ciudadanos tenemos el deber moral de contribuir, los gobiernos tienen el deber moral de gastar con responsabilidad.

Ayer llegaron mejores noticias. El Gobierno andaluz anunci� que cubrir� el tratamiento del peque�o Leo, que padece una enfermedad rara conocida como �piel de mariposa�. Muchos han sacado la conclusi�n obvia: para esto pagamos impuestos. Bien dicho. Pero la lecci�n va en ambos sentidos. Precisamente porque los impuestos hacen posible estos milagros, los gobiernos tienen la obligaci�n de demostrar -euro a euro- que el dinero p�blico no se malgasta en propaganda. La moral fiscal no depende tanto de los discursos fatuos sobre solidaridad como de las se�ales que se env�an con cada partida de gasto.


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