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Kinsky, portero del Tottenham, deja pasar al Atlético
Cuando el fútbol se ceba con alguien en su modo más canallesco, puede resultar hasta delirante y dantesco. Lo supo el Tottenham, al que las pifias de su portero Kinsky y de sus defensas le regalaron cuatro goles al Atlético apenas en los primeros 20 minutos de juego. Si le queda alguna esperanza al potentado equipo del norte de Londres es que el Atlético también le regaló dos tantos. El segundo que estableció el 5-2 definitivo, una mala entrega de Oblak con la que Solanke empotró su disparo por arriba, pareció obra de un efecto contagio. El borrón del esloveno dejó vivo para la vuelta en Londres a un equipo que bordeó la histeria por tanto error.
Una tras otra, las cantadas del meta checo y de sus zagueros se fueron sucediendo hasta el punto de que la eliminatoria pudo quedar decidida sin más esfuerzo para el Atlético que presionar la salida del balón de su errático rival. Primero un resbalón de Kinsky en un saque de puerta que hizo que el pase cayera en las botas de Lookman. Un toque a Julián y éste a Llorente para que fusilara. Después fue Van de Ven el que besó la hierba cuando intentaba controlar una pelota aérea. Griezmann no perdonó la incrédula y desesperada salida de Kinsky. La negra faena del guardameta checo terminó cuando le pegó al aire tras recibir una cesión. Julián Alvarez se metió en la portería silbando ante el jolgorio de las tribunas del Metropolitano. Tres goles en 15 minutos y esos dos errores groseros obligaron a Igor Tudor a rematar a su extraña apuesta bajo palos. El hombre se dirigió a la caseta a los 17 minutos con un miembro del cuerpo técnico del Tottenham tratando de consolarle. Vicario, el titular, se estrenó con un paradón producto de otra desgracia. Su central Danso le estrenó con un cabezazo de nueve de toda la vida y le hizo volar a la escuadra para palmear el pernicioso y traicionero remate. Le Normand lo empujó sobre la raya de gol. Ni en partidos amañados se ofrecen de manera tan consecutiva tantas concesiones.
En 22 minutos el Atlético podía ya hablar de eliminatoria resuelta, regalada por un equipo que puede firmar un descenso histórico en la Premier League. Componente del Big Six inglés, junto a los dos Manchester, el Chelsea, el Arsenal y el Liverpool, la potencia económica de los Spurs agigantaría y amplificaría el descalabro de bajar de categoría.
Tudor, en la previa, ya dejó claro que no descender prima sobre la continuidad en la Champions League. Su alineación así lo reflejaba, con el citado Vicario, Xavi Simons, Gallagher, Palinha o Solanke en el banquillo. Con todo, la puesta en escena del Tottenham no fue mala. Arrinconó al Atlético en su campo en los dos primeros minutos con una fuerte presión que concordaba con la exuberancia física que trató de imponer el técnico croata. Sucedió que no hay equipo ni plan que resista tanta perfidia. La cascada de fallos imperdonables retrataron a un equipo roto, que se deshizo con sus propios autogolpes. Sin portero y sin defensas cualquier equipo está expuesto al bochorno de una goleada escandalosa. Y no lo fue tanto porque el orgullo de los jugadores del Tottenham emergió en medio del desastre. Pedro Porro culminó una buena combinación de Kolo Muani y Richarlison. El lateral extremeño retrató a Ruggeri con la cintura y sentenció a Oblak con un disparo raso y cruzado.






La rabiosa celebración de Porro alentando a sus compañeros insufló una dosis extra de coraje al destartalado conjunto londinense. Richarlison amenazó con recortar aún más la distancia en un saque de esquina. Al menos, los futbolistas de Tudor concluyeron el primer tiempo con la desventaja de tres goles. Lookman, Griezmann y Llorente tuvieron el quinto. Este último fue la elección de Simeone para acompañar a Cardoso. Esto llevó a Pubill al carril derecho y a romper la pareja en el centro de la zaga que ha formado con Hancko, al que escoltó Le Normand.
Con tres goles de ventaja, el Atlético buscó una renta más definitiva. Y pareció encontrarla después de que Oblak frustrara a Richarlison con una rápida y potente estirada para detener el martillazo con la testa del brasileño. El posterior globo que salió del área rojiblanca lo convirtió Griezmann en una delicadeza de pase de espuela mirando al tendido que dispuso 50 metros de cabalgada al galope de Julián Alvarez hasta citarse con Vicario. No falló el argentino en lo que se intuía como el cierre de la eliminatoria. Hasta que el mal fario de Kinsky, que había invitado al Atlético a pasar la eliminatoria, se apoderó de Oblak.



