Internacional
Raúl en la radio: con él llegaba la fiesta
La radio es la palabra. Su nervio es el verbo y su color, el adjetivo. El tono de una emisión lo aporta, en cada instante, el estilo de quien hace vibrar el micrófono. No se trata de tener voz de locutor ni una dicción portentosa. No se trata de saber leer sin un traspié. Se trata de ser uno. Singular. Reconocible. Genuino. Raúl, el escritor de columnas con oído de reportero, batallas de veterano y afán de principiante, ha sido una figura cotidiana de la radio los últimos cincuenta años. Única, por inimitable. Y extraordinaria porque aunaba la precisión del lanzador de cuchillos con la risa contagiosa de quien tiene pronta la anécdota, la cita y la ocurrencia: “Orson Welles me invitó a una copa y temí que intentara meterme mano”.
La radio es el tiempo que se reparten la palabra espontánea, que surge como un fogonazo sin aviso, y el texto que ha sido tallado en un papel para hacerlo sonar y darle vida. La conversación y la columna hablada. Nuestro Raúl, el de la radio, era el mejor de nosotros en los dos campos. En la tertulia fue el elemento imprevisible que suelta lo que piensa sin adornos, el que no repara en si el micrófono está abierto o cerrado, el niño disfrutón que ama la gamberrada y desarma la conversación de los mayores haciendo explotar por sorpresa un petardo. En el texto escrito fue el autor que lleva toda la vida preparándose para alumbrar el texto de mañana, el tejedor que agarra el idioma de la calle y confecciona con él la mejor prosa literaria. Amaba el texto, lo trabajaba, lo cuidaba. Y luego se esforzaba por leerlo bien… con éxito discutible. Leer regular era parte de su estilo. Terminada la lectura cada viernes le sonaba el móvil (un ladrido de perro como tono) y era Aquiles, o Manolo, o el general, o García. Los amigos a los que preguntaba: “¿Qué tal he leído hoy?”. “Mejor que otras veces”, le reprochaban, “te estás descuidando”.
Raúl escribió sobre todo para el periódico. Pero escribió casi tanto para la radio. Sus textos radiofónicos merecen ser reunidos y editados. Ayudó a volar a Oliveras y al Loco, escribió para Luis y para Lola, nos animó el cotarro a los Carlos. Era anunciar a Raúl y los oyentes sabían que llegaba la fiesta. La mejor espontaneidad radiofónica es hija de las lecturas, las vivencias y los reflejos. Nuestro Raúl de la radio era rápido, demoledor y divertido. Ahora que todos los que tenemos un micrófono nos hemos rendido al sermoneo, la genuina columna radiofónica seguía siendo la suya. A su espacio lo llamamos ¡Viva el vino! porque daba igual cómo se llamara. Era lo de Raúl. Un concierto de palabras afiladas que sacuden y colorean la mañana, la celebración de la libertad, del descaro y de la democracia. La suya fue la tribuna de un demócrata. Ni un solo día consiguió aburrirnos porque era alérgico a los pelmas, a los tópicos y a dar el coñazo. Era el tímido más sociable que he conocido y el autor consagrado más inseguro, capaz de dar hostias como panes y preguntar después, fingidamente temeroso, si el aludido no se habría molestado.
Raúl era la fiesta. Cuando mi sermón de las ocho le parecía flojo me decía: “Hoy has mordido poco”. Cuando le parecía bueno, “hoy te has arrimado”. Le escocían las redes sociales: “Eres trending topic de nuevo, te están llamando de todo”. Celebraba cada subida de audiencia del programa con el orgullo de quien lo siente propio: “Te vas para arriba, Alsina”. Desprendido, cálido, afectuoso. En la última etapa intervenía desde casa porque el desgaste físico le pasaba factura. Desde octubre lo veníamos notando porque alguna vez se nos aturullaba. Con cada traspié y cada titubeo mi afecto aumentaba, aunque hoy puedo contar que, temiendo estar dañándole, consulté a algunos amigos comunes la conveniencia de animarle a la retirada. Concluimos que, aunque a veces sufriéramos, a Raúl no podíamos jubilarlo. De haberlo hecho, antes de morirse nos habría matado él a nosotros.
El talento no se jubila. Sólo han pasado unas horas, amigo, y la radio ya te añora. Hoy, que has colgado el teléfono para siempre y eres tú quien se va para arriba, deja que sea yo, agradecido, quien te celebre: ¡viva Raúl del Pozo y larga vida a su memoria!




