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Internacional

Muere el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique a los 87 años

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“Julius naci� en un palacio en la avenida Salaverry, frente al antiguo hip�dromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, peque�o huerto donde a los dos a�os se perd�a y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro m�s bello”.

As� empezaba Un mundo para Julius, la primera novela del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), el libro que naci� como el hermano peque�o, impertinente y brillante de las novelas fundacionales del Boom Latinoamericano que hab�a arrasado con las librer�as seis a�os antes. Con Julius, Bryce, que era tres a�os menor que Mario Vargas Llosa y m�s de una d�cada m�s joven que Garc�a M�rquez y Jos� Donoso, ampliaba, honraba, se tomaba a broma y refutaba los grandes relatos de sus mayores y los llevaba a una nueva d�cada. Llevaba la novela latinoamericana al mundo de la cultura y la m�sica popular, lo expon�a al humor jud�o de Nueva York, al terror a la neurosis y el psicoan�lisis, a la est�tica del barroco virreinal… Durante muchos a�os, Bryce estuvo casi a la altura en fama y prestigio que los m�s grandes. La noticia de su muerte lleg� este martes desde Lima cuando el mundo lo ten�a casi olvidado.

Olvidado hasta que reparecen las primeras l�neas de Un mundo para Julius. “Hasta con una carroza que us� tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la Rep�blica, �cuidado!, no la toques, est� llena de telara�as, y �l de espaldas a su mam�, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta”, continuaba la novela en su apertura. “La carroza y la secci�n servidumbre ejercieron siempre una extra�a fascinaci�n sobre Julius, la fascinaci�n de ‘no toques, amor; por ah� no se va, darling’. Ya entonces, su padre hab�a muerto”. �No suena todo un poco a bebop?

Alfredo Bryce Echenique era Julius. No exactamente pero s� casi. Hab�a nacido en el Per� de la arquitectura parisina, en el distrito de Magdalena, en un mundo a punto de desaparecer que evocar�a obsesivamente en sus libros. La madre proustiana, el padre banquero que habr�a de arruinarse por culpa de un gobierno de izquierdas, los colegios privados (el Inmaculado Coraz�n que llenar�a tantas p�ginas), los palacetes imposibles de mantener, los criados salidos de otro mundo, las universidades marxistas, los country clubs en San Isidro, los anhelos por ir a Europa al encuentro de la verdadera vida… Bryce naci� como escritor a los 25 a�os, reci�n licenciado en Derecho en San Marcos (la misma universidad de Conversaci�n en La Catedral), becado para ampliar estudios en Par�s y obsesionado con Hemingway. En Par�s entr� en contacto Bryce con el gran escritor peruano del exilio, Julio Ram�n Ribeyro, y escribi� los relatos de su primer libro, Huerto cerrado, un conjunto mucho m�s minimalista y austero que la imagen que tenemos hoy de su autor. M�s Hemingway y Ribeyro que Woody Allen, para entendernos. Los cuentos de Huerto cerrado comparten protagonista, un lime�o joven llamado Manolo, que entra en la vida adulta a trav�s de los ritos de la burgues�a lime�a: el prost�bulo, el tedio familiar, la hipocres�a, el racismo, la dulzura, la claustrofobia… El Manolo de Huerto cerrado es un desclasado que mira desde fuera a su gente pero lo hace desde la compasi�n y el buen humor. Ese habr�a de ser el marco de Bryce.

Huerto cerrado apareci� publicado en La Habana y, despu�s, en Seix Barral, en Barcelona, apadrinado por Vargas Llosa. Un mundo para Julius esperaba al cabo de un par de a�os como su continuaci�n l�gica porque la novela part�a de la misma emoci�n, de la misma mezcla de nostalgia, iron�a y claustrofobia por aquel mundo perdido de San Isidro, Miraflores, Barranco… Por la Lima de los blancos. Los ropajes, en cambio, eran nuevos: populares, barrocos, jazz�sticos, zumbones… Julius era un ni�o solitario en la Avenida Salaverry, en el borde parisino del Cercado de Lima. Su madre era una viuda medio inglesa, joven y guapa, y ten�a un pretendiente, un tal Juan Lucas que admiraba a Estados Unidos y jugaba al golf. Tambi�n ten�a una hermana destinada a la tragedia, dos hermanos mayores brutales, y una segunda familia de sirvientes que ser�an su veradera compa��a en el viaje a la vida adulta. Julius terminaba en un trauma.

Al final de la novela, el protagonista descubr�a que la m�s querida de todas las criadas de su casa ejerc�a la prostituci�n en sus d�as libres y esa noticia acababa con su inocencia. Por eso, durante a�os exisit� la tentaci�n de leer la novela en t�rminos pol�ticos. La obra posterior de Bryce desminti� esa idea: lo que importaba en Julius era su m�todo, la oralidad y el humor, las palabras que marcaron las siguientes grandes novelas de Bryce Echenique: Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Mart�n Roma�a (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de C�diz (1985).

Tomemos las primeras l�neas de Mart�n Roma�a: “Mi nombre es Mart�n Roma�a y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia tambi�n de mi cuaderno azul. Y la historia adem�s de c�mo un d�a necesit� de un cuaderno rojo para continuar la historia de mi cuaderno azul. Todo, en un sill�n Voltaire… Cabe advertir, tambi�n, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no ser� a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusi�n y justicia distributiva, es un esforzado ejercicio de interpretaci�n, entendimiento y cari�o multidireccional, del tipo a ver qu� ha pasado aqu�… Creo que me entiendo, pero puedo agregar que hay un af�n inicial de atenerse a las leyes que convienen a la ficci�n y pido confianza“.

De modo que el Julius golpeado de 1970 se hab�a convertido, al cabo de 11 a�os, en un neur�tico divino: bebedor, locuaz, maniaco-depresivo, consumista, esc�ptico, enamoradizo, autopar�dico… Mart�n Roma�a y Octavia de C�diz eran dos libros que hoy nos podr�an parecer extraordinariamente modernos: piezas de autoficci�n hilarantes, narradas a un paso de la locura. Bryce, en el momento de mayor prestigio de su carrera, desarroll� un personaje p�blico que parec�a hecho para confirmar sus libros. Hay mil an�cdotas sobre aquel Bryce semialcoholizado, dandi, impresentable pero adorable. Se quedaba dormido en sus propias conferencias, defend�a a sus amigos en las peleas con golpes de k�rate inveros�miles y cantaba coplillas en su propio honor: “De vascos sin una pela / e ingleses sin un penique / naci� para la novela / Alfredo Bryce Echenique”.

La segunda parte de la carrea de Bryce Echenique tendi� a la contracci�n y la melancol�a: la vida ca�tica le pas� factura y su impulso se fue agotando. Los mejores libros de sus �ltimos a�os fueron colecciones de relatos que hicieron el viaje de vuelta, desde la exuberancia hacia el laconismo, como La esposa del rey de las curvas. Bryce gan� premios y lanz� best sellers que lo fueron alejando del latido del mundo y despu�s cay� en desgracia en esa �poca por un asunto un poco deshonroso de plagios en la prensa. Se recluy� durante la �ltima d�cada de su vida. Fue un final un poco amargo para un escritor genial.


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