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Enmudece la calle: Raúl del Pozo ha muerto

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Escribió una vez Raúl del Pozo que ya no pensaba ir a ningún entierro más que al suyo. Finalmente ha cumplido su palabra. Ha subido a la barca y ha cruzado la laguna dejándonos clavados en tierra, escurriendo la contraportada del periódico como un pañuelo empapado, mirando su nombre alejarse hacia la orilla de la leyenda.

Para Umbral el articulista no hacía otra cosa que llevar todos los días flores a su propia tumba. Raúl no era tan vanidoso, pero hoy tendrá que aceptar las flores de todos los articulistas de España. Porque él era el último gatopardo, y sin él ya no sabemos si bastará cambiarlo todo para que el oficio permanezca.

Aquel niño de posguerra que iba a la escuela en alpargatas se dio pronto a la lectura y concibió un destino posible de escritor. En cuanto pudo, cambió las hoces de Cuenca por los veladores del Café Gijón, y accedió al linaje de Azorín, de Cela y de Ruano. Desde el hambre hasta la gloria, que para él consistía en no tener que salir ya de Madrid.

Nadie se ha divertido tanto como Raúl del Pozo, y nadie nos divertirá ya tanto contándonos cómo. Hablaba en pedazos redondos de escritura, con el cerebro amasado de sentencias, de ingenio en guardia. Una sobremesa con él era un lujo de indiscreciones suntuosas, un coro de carcajadas que seguían a la suya, rápida y seca como el humo de un disparo. De pronto tensaba la boca y agrandaba los ojos, asustado de la enormidad que acababa de decir, y te preguntaba lleno de inquietud si acaso se había excedido. O te llamaba por la tarde para asegurarse de que nadie había sido herido durante el almuerzo. Porque había recibido el don de la frase sentenciosa, pero nunca usó ese poder gratuitamente. Aquel escrúpulo resultaba también un magisterio.

Presumía de haber nacido en un bombardeo, en el año infame de 1936, y quizá por eso creció vacunado contra el odio. La pasión sectaria le fue ajena en el país de Caín, de lo cual dará hoy prueba elocuente el llanto unánime de sus plurales amigos. Si Chaves Nogales acumuló razones para ser fusilado lo mismo por comunistas que por fascistas, Raúl del Pozo las daba para los abrazos de unos y de otros, sin que eso atenuara el ardor en la defensa de sus convicciones. Ya predicara en Mundo Obrero o integrara el Sindicato del Crimen contra el felipismo, jamás traicionó el código de su humanismo nuclear: escéptico con el poder, piadoso con el débil. Militó así en una suerte de marxismo liberal de cosecha propia, algo como un progresismo de derechas que traía locos a los lectores menos sutiles. Por eso pudo ser amigo de Carrillo y de Aznar, de Don Juan Carlos y Monedero, de Ana Rosa y Jordi Évole: porque sus ojos cansados habían sido testigos del auge y el crepúsculo de las ideologías, y ya solo brillaban con el soplo de la amistad o el calor de un buen oporto en casa de su querida Chon. Lo único que nunca toleró fue el separatismo. Precisamente porque advertía su pálpito supremacista.

Fue maestro rural en Uclés, según recuerda su alumno Félix Sanz Roldán. Acompañó en avioneta al Cordobés por los ruedos de España. Se peleó con los chulos de la calle de Huertas, donde la redacción de Pueblo mataba por colocar una exclusiva en portada. Se liberó en el París de Sartre, y llegó a ver un rubens en calzoncillos. Escribió guiones para Jesús Quintero y para Lola Flores, que a veces se le quejaba: «Raúl, estoy hasta el coño de que me traigas filósofos al plató». Fue corresponsal en Moscú, en Portugal descubrió claveles en las bocas de los fusiles, intentó vanamente aprender inglés en Londres y cubrió en Chile la histórica manifestación contra Pinochet. Pero eso fue después de contar el despegue del Apolo XI en Cabo Cañaveral, y mucho después de quemar la noche secreta del Madrid franquista mano a mano con Orson Welles.

Tuvo silla en todas las timbas clandestinas del foro cuando el juego estaba prohibido, y más tarde se dejó una fortuna en el casino de Torrelodones. Con la experiencia reunida escribió su mejor novela, Noche de tahúres, un noir que recrea los bajos fondos del burle y los eleva con un oído absoluto para la germanía gitana. La terminó en El Paular, de donde terminaron echándolo los frailes porque empezaba a pervertirlos en noches poco monásticas de priva y de baraja.

Raúl del Pozo, clásico al fin, ha sabido estar en el campo de golf y en la tasca barriobajera. En la tribuna del Congreso y en el estudio de radio. Pero su talento verbal centelleaba en la contra de este periódico que será siempre su mausoleo. En EL MUNDO inventó una columna de confidencia y exclusiva, imponiéndose el deber de llamar cada mañana a fuentes variopintas y aflorando testimonios noticiosos con la negrita bien clara y no siempre consentida. Con idéntico favor le susurraba la musa lírica del Siglo de Oro y la musa sórdida del ruido de la calle. Nutrido de estilo y de noticia, el lector se hacía en su columna una idea cabal de lo mejor y lo peor de nuestra España.

Cuando murió Natalia me pidió una baja de dos semanas. Regresó al folio dedicándole a su esposa el obituario más hermoso y desgarrador que yo haya leído en un periódico. La copa del granado que los vio envejecer juntos se ha quedado definitivamente huérfana. Ahora se negará a dar sombra, porque no estará Raúl para agradecerla.


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