Internacional
A hombros de amigos leales
Se lo bebi� todo, se lo jug� todo, se lo foll� todo. Fue muchacho de pueblo, pastor, noct�mbulo, buscavidas, bohemio sin un c�ntimo en el bolsillo, pas� hambre antes de ponerse hasta las trancas de caviar, escribi� novelas, reportajes y columnas deslumbrantes, firm� mil veces en primera p�gina, quem� tapetes de casinos, levant� se�oras espectaculares desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Hizo todo lo que a cualquier hombre le gustar�a hacer, y todav�a se atrevi� a un poco m�s. Era guapo de joven y lo sigui� siendo de mayor. Cierta madrugada, a poco de llegar a Madrid, sali� de una casa se�orial, fue a una cabina telef�nica, llam� a su padre y le dijo: “Pap�, acabo de estar en la cama con una duquesa”, y su padre respondi�: “Por fin has triunfado, hijo m�o”. Era lo que los italianos llaman un mattatore: capaz de poner a cualquiera de su parte con una sonrisa y aquellas frases perfectas que brotaban, con incre�ble naturalidad, de un talento capaz de definir situaciones y personajes con una belleza, hondura y precisi�n asombrosas. “Los franceses tienen el coraz�n a la izquierda y la billetera a la derecha”, escribi� una vez. Y durante una discusi�n en el bar del Palace con Santiago Carrillo, que era amigo suyo, Carrillo le dijo una inconveniencia y Ra�l respondi�: “Pues t� tienes cara del nueve largo”.
Ra�l del Pozo junto a Arturo P�rez-Reverte.
Fue tan afortunado que hasta la vejez, el declinar de los a�os, lo trat� con respeto. Los m�s brillantes periodistas j�venes lo adoraban, y de eso soy testigo. Hace quince a�os, cenando en mi casa con algunos de ellos, Ra�l me llev� aparte para decirme, satisfecho: “Me respetan, oye. No lo esperaba. Estos chicos magn�ficos me quieren y me respetan”. Y as� era. Tanto lo respetaban y lo quer�an, que aquellas cenas, primero en Lucio y luego en la Posada de la Villa o el caf� Varela, las convertimos en ritual continuo de amistad en torno a �l: David Gistau, Antonio Lucas, Jabois, Edu Gal�n y Juanma Lamet, a los que se sumaron Antonio Garc�a Ferreras, Alex de la Iglesia y, sobre todo, su hermano de vida y sangre desde los a�os del diario Pueblo, Jos� Mar�a Garc�a; un duro de verdad que estos d�as, en la despedida a su viejo camarada, llora como un chiquillo porque sabe que con Ra�l se va un trozo enorme de su vida, sus mejores a�os y su memoria. Y, bueno. Entre todos, para darle sentido especial a nuestra amistad, creamos el premio Ra�l del Pozo de Periodismo de Opini�n —Carlos Alsina siempre presume con toda raz�n de tenerlo—, cuya und�cima edici�n, la de este a�o, correspondi� a Javier Cercas.
Ya no est�. Se ha ido como un caballero, sin molestar a nadie. Como siempre quiso irse. Firmando en primera p�gina y por la puerta grande, a hombros de amigos leales, mujeres magn�ficas, camareros fieles, crupieres c�mplices. Su �ltima haza�a fue, ya con 88 a�os, rodear con un brazo galante la cintura de una bell�sima doctora que acababa de hacerle un reconocimiento m�dico, decir tres o cuatro palabras de las que compon�a como nadie, y previo adecuado consentimiento besarla en los labios, haci�ndola caer en el acto enamorada de �l. En cuanto a los amigos, en la pr�xima cena brindaremos ante la silla vac�a mientras entonamos en su honor la cancioncilla que musitaba a veces, cuando era feliz: “Por detr�s/ aseguran que duele/ un poco m�s“.




