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Internacional

Si canto me llaman loco

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Qué difícil es entender los designios de este mundo. What a time to be alive, que dicen los anglosajones. No se entiende nada y empieza a dar todo un poco de miedo. Creo que no entender nada de lo que ocurre en el planeta, con sus injusticias, sus guerras atroces y sus incoherencias más punzantes es del todo normal. Hasta legítimo, diría yo. Pero es que no soy capaz de dilucidar este sometimiento ciudadano hacia lo crudo y la mentira.

Es verdad que, quizá, la culpa sea mía. Soy un periodista que trabaja de cocinero a tiempo completo y los fogones y cucharones muchas veces se llevan un porcentaje altísimo de mi atención, lo cual no sé si es el origen de mi ignorancia para comprender la actualidad o mi salvavidas para soportarla –esta afirmación última no aplica en Magdalena (si la hostelería es el diablo, la hostelería en Fiestas son las ‘Honduras infernales’ de Francisco de Quevedo)–. Pero, es que, aunque en mi tiempo libre me dedique a sobrevolar los temas actuales, nacionales e internacionales, el resultado al que llego nunca es concluyente.

Ahora mismo, con la cruelísima guerra acechándonos por imposición, he visto a quienes han defendido a ultranza entrar en un conflicto que ni hemos comenzado ni tenemos intereses directos a cambio de tener una baza más para atacar al Gobierno de Pedro Sánchez quien, aprovechando la coyuntura, ha sacado a relucir la más digna –y fácil– de sus consignas. El ‘No a la guerra’ posiciona a España entre la primera resistencia ‘aliada’ a Estados Unidos en Europa. Y Sánchez, con ello, ha ganado adeptos dentro y fuera del país –ahí tenemos la hermandad espontánea surgida en Turquía, que ahora nos adora–, pero también destapa las visceralidades adquiridas de un tanto por ciento de la población que colapsa entre su supuesto patriotismo y el humillante servilismo a Trump utilizado adversativamente. No me cabe duda. Si la defensa de la dignidad patria viniera del color político de aquellos que hoy berrean porque España ponga límites éticos a los asesinatos y a la destrucción bélica sería considerado como el adalid protector del Estado. Me resulta incoherente ver cómo líderes (y lideresas) de la política utilizan ahora a las mujeres de Irán para tener argumentos que arrojar al ejecutivo español en su negativa a la guerra. Tampoco, la vileza en el montaje del relato cuando España sí obedece a sus obligaciones defensivas (no de ataque) con la OTAN. Me recuerda a esa jota navarra de los Hermanos Anoz que dice ‘Si canto me llaman loco. Y si no canto, cobarde. Si bebo vino, borracho. Si no bebo, miserable’. Insisto, What a time to be alive, porque, con todo esto, uno parece que esté defendiendo el estado actual español, con sus horribles dificultades para pagar el alquiler, con salarios pobres, condiciones públicas tensionadas y corrupción política, y teniendo que aclarar que oponerse a la guerra no es servilismo a Sánchez, sino el último bastión para conservar el sentido de Estado.

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