Internacional
Asalto armado a Upemba, el último bastión de los elefantes del Congo: Tina, su directora de origen español, se salvó por los pelos
“No me siento amenazada pero en el Congo una no sabe nunca cuándo puede convertirse en objetivo de partidas armadas”, nos aseguraba Cristina Lain, la directora del parque nacional de Upemba hace justamente un año cuando la entrevistamos en este suplemento para dar a conocer lo que la conservacionista de origen español estaba haciendo con su pequeño ejército de rangers para tratar de preservar los últimos elefantes de sabana del parque nacional de Upemba.
“De todos modos, tengo mucha confianza en mi equipo de guardabosques”, añadió Cristina, también conocida como Tina. “Estuve muchos años trabajando en un lugar del este del Congo donde había muchos más grupos de rebeldes y lo que allí aprendí es que tu mejor protección es la red que tejes“.
Lo cierto es que, sobre el papel, disponían de una red bien organizada de protección del campamento pero a la hora de la verdad, sirvió de poco. Habían dispuesto cinco posiciones de defensa, protegidas día y noche por hombres que se turnaban, pero el sistema colapsó porque no pudo hacer frente al asalto simultáneo de alrededor de ochenta rebeldes, de los cuales, al menos un tercio de ellos se hallaban mucho mejor armados que con los clásicos AK de los grupos insurgentes que habitualmente deambulan por la región de Katanga. Nadie esperaba algo así pese a que su propio sistema de inteligencia para anticipación de amenazas había detectado movimientos inquietantes en los días precedentes.
Sin asumir responsabilidades
El parque se gestiona mediante un acuerdo entre el Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza (ICCN) y una fundación con sede en Estados Unidos y base europea en los Países Bajos llamada Forgotten Parks. Pero nadie del gobierno de Kinshasa ha asumido responsabilidades por la cadena de fallos que condujo a ese desenlace luctuoso.
Los rangers que patrullan Upemba dependen formalmente del propio ICCN, como ocurre en el resto de parques nacionales del país, pero en la práctica su organización, entrenamiento y despliegue operativo se articulan a través de la estructura de gestión instalada sobre el terreno por Forgotten Parks. Se trata de guardabosques armados encargados de la lucha contra la caza furtiva y la seguridad del parque, una fuerza que en regiones tan inestables como el antiguo Katanga opera a menudo en condiciones cercanas a las de una unidad de seguridad, frente a bandas de grupos armados que atraviesan periódicamente la región. Y esa es precisamente la cuestión: ¿pueden en verdad esas unidades paramilitares de ecoguardas hacer frente a amenazas asimétricas como las de milicianos armados hasta los dientes?
El director de general del ICCN, Milan Ngangay Yves, emitió un parco comunicado al día siguiente del asalto en el que confirmaba que el martes 3 de marzo el cuartel general de Upemba, situado en Lusinga, había sido objeto de una incursión armada perpetrada por “un grupo de asaltantes no identificados”.
Según ese mismo documento, bajo su dirección se activó inmediatamente una célula de crisis en coordinación con las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) y los servicios de seguridad, con el objetivo de garantizar la protección del personal. En realidad, mentía.
Hubo dos oleadas de ataques, una frisando las seis de la madrugada y una segunda alrededor de las tres de la tarde, cuando un grupo de rebeldes regresó para tratar de tomar consigo más botín. Aunque el cuartel más cercano de las fuerzas armadas del Congo se halla solo a 45 kilómetros, los primeros soldados del gobierno no llegaron hasta las 22 horas del martes, es decir, dieciséis horas después de que el ataque se produjera.
Al equipo de Crónica le alcanzaron las noticias de lo acaecido cuando no habían transcurrido ni diez horas desde el ataque. Ya a partir del mediodía, comenzaron a llegar a nuestro suplemento mensajes de europeos que advertían sobre lo ocurrido y pedían información sobre la suerte de Lain y el resto de los empleados. Las primeras versiones que circularon en las redes eran tan alarmantes como falsas.
“Desgraciadamente un ataque de los rebeldes el 3 de marzo de 2026 en Upemba. Se confirman muertos y Tina, entre otros, secuestrada“, nos advertían desde Congo Brazzaville. Para entonces, los ecos del asalto ya había comenzado a reverberar en los mentideros de los cooperantes y los proteccionistas.
Cristina Lain es una figura singular y muy bien conocida en los ecosistemas del conservacionismo de la fauna subsahariana porque, desde 2016, trabaja al frente de una fuerza armada de guardabosques encargados de salvaguardar una de las últimas poblaciones viables de elefantes de sabana que sobreviven en el país.
SANTUARIO ANIMAL EN UN TERRITORIO INESTABLE
La vasta área por la que esos hombres y mujeres se despliegan acostumbra a describirse como uno de los territorios más inestables del continente. Lo ocurrido el pasado martes corrobora que eso es cierto. Ni siquiera es la primera vez que los rebeldes se ensañan con las instalaciones del parque nacional y sus trabajadores. En el panteón de Upemba no escasean los mártires.
Lain tiene 49 años y una biografía que se mueve entre varios continentes. Nació en Zambia, pero creció viajando entre África, Europa y Sudamérica por el trabajo de su familia. Su padre, oriundo de Barcelona aunque de origen vasco, trabajaba para compañías internacionales vinculadas al sector turístico; su madre era francesa.
Fue el miércoles al mediodía cuando Antonio Longangi, miembro del equipo de comunicación del parque, nos aclaró que no había sido tomada como rehén. “Estuvo escondida durante el ataque y ahora se dirige a Likasi”, nos indicó, al tiempo que aclaraba que las primeras horas habían sido caóticas.
Y el jueves, finalmente, fue la propia Lain quien se puso en contacto con nuestro suplemento para explicar que jamás fue secuestrada y que, en contra de lo dicho, ninguno de los hombres asesinados pertenecían a las fuerzas armadas congolesas. “No tengo tiempo para explicaciones”, apostilló.
ASALTO A LAS CUATRO DE LA MADRUGADA
Con las horas, el relato empezó a completarse, aunque solo parcialmente debido a la censura del gobierno y al silencio de Forgotten Parks. El asalto se produjo cerca de las seis de la madrugada. Una parte importante de las instalaciones fueron destruidas o incendiadas, mientras que equipos logísticos y material operativo fueron saqueados y trasladados hacia zonas boscosas cercanas, lo que sugiere una incursión planificada más que una razzia oportunista.
A excepción de los siete muertos, los trabajadores del parque lograron huir hacia poblaciones cercanas o permanecer ocultos en el entorno del campamento hasta que pudieron ponerse a salvo. Algunos de ellos alcanzaron posteriormente Mitwaba y Likasi, una ciudad minera —de varios cientos de miles de habitantes— situada en el cinturón del cobre de Katanga y conectada por carretera con Lubumbashi, la gran metrópoli del sureste congoleño.
Tina Lain pasa revista a sus ‘rangers’ en el parque.
El pasado domingo, cuando Tina Lain se disponía a tomar un avión a Kinshasa para discutir con el Gobierno lo ocurrido, la propia directora nos aclaró que tuvieron que ocultarse durante varias horas bajo el tejado de un edificio mientras los rebeldes deambulaban por la base. A primera hora de la tarde, tuvieron un segundo encontronazo con los Mai-Mai que regresaban, pero encontraron un resguardo donde se protegieron hasta que pudieron escapar.
La huida se produjo en condiciones extremadamente precarias. La estación de Lusinga se encuentra en una zona elevada de la meseta de Kibara, un paisaje de sabana arbolada y colinas suaves cubiertas por bosques de miombo, donde las pistas de tierra son la única conexión con el exterior y las comunicaciones dependen en gran medida de teléfonos satelitales.
SOSPECHOSOS: LA MILICIA MAI-MAI
Aunque el gobierno no ha identificado a los asaltantes, la directora de Upemba da por cierto que se trataba de Mai-Mai, grupos armados locales que desde hace décadas operan en Katanga combinando reivindicaciones políticas, control territorial y explotación ilegal de recursos como la caza de los elefantes.
Su líder más conocido es Gédéon Kyungu Mutanga, un antiguo comandante insurgente cuyo nombre está asociado a algunos de los episodios más violentos de la historia reciente del sureste congoleño.
Golpear a los rangers equivale a debilitar la única estructura que impide que sus partidas campen a sus anchas. Los elefantes, al fin y al cabo, no son solo animales en peligro de extinción: en regiones como esta forman parte de una economía clandestina ligada al marfil, la carne de caza y las rutas de contrabando que alimentan a esas milicias Mai-Mai y a otras redes criminales.
Toda la historia de los paquidermos de Katanga se ha escrito con sangre. Hace apenas medio siglo, la provincia congoleña llegó a albergar más de 100.000 ejemplares. Hoy sobreviven alrededor de dos centenares, dispersos entre las sabanas y humedales del parque tras décadas de caza furtiva casi industrial y conflictos armados.
El parque dispone sobre el papel de unos 215 rangers armados, apoyados por varias docenas de rastreadores locales. En la práctica, sin embargo, el número de hombres disponibles es menor. Cerca de medio centenar están en edad de jubilación, otros desempeñan funciones administrativas y apenas un centenar participan regularmente en las patrullas.
También el armamento de esa fuerza es limitado. Los guardabosques utilizan fundamentalmente fusiles automáticos tipo Kalashnikov y algunas ametralladoras PKM de diseño soviético. No disponen de armas pesadas ni de vehículos blindados, lo que explica que fueran literalmente arrollados la madrugada del martes.
Y el espacio que tratan de proteger es, además, inmenso. Cuando fue creado en 1939, Upemba llegó a ser uno de los mayores parques del continente africano. Hoy el área protegida conserva unos 10.000 kilómetros cuadrados.
La presión no proviene solo de los cazadores furtivos y los Mai-Mai. Upemba se encuentra en una de las regiones más ricas en minerales de África central. En sus alrededores proliferan explotaciones ilegales de oro, coltán y cobalto, muchas de ellas controladas por redes corruptas vinculadas al aparato estatal.
El sistema implementado por Tina y por su equipo para hacer frente a ese largo compendio de amenazas refleja en realidad un modelo híbrido cada vez más frecuente en África: parques gestionados mediante acuerdos entre el Estado y organizaciones internacionales, con guardabosques armados que actúan como fuerza de control territorial, a falta de un estado que garantice la seguridad.
UN MODELO CUESTIONADO
Y este asalto trae también a colación un debate sobre las muchas sombras de ese controvertido sistema de conservación armada que se aplica también en otros espacios protegidos como Kruger (Sudáfrica), Virunga (RDC) o la reserva de Garamba (RDC). Investigadores y organizaciones de derechos humanos han criticado lo que denominan “conservación fortaleza”, y no solo por su incapacidad para operar en episodios como el del pasado martes.
En opinión de Kidima Mavinga Laurent, especialista congoleño en gestión de seguridad de áreas protegidas que ha trabajado durante años en algunos de los parques más conflictivos de África central, la cuestión central en relación a lo acaecido es “¿por qué el sistema no funcionó?
“He trabajado tres años en Garamba, tres años en torno a la RFO, de ellos nueve meses en Epulu”, afirma. “Yo mismo fui instructor de dos promociones de rangers de Garamba junto al conservacionista estadounidense David Fine, de modo que conozco bien estos centros de operaciones”.
“En Lusinga había un modelo calcado de Virunga”, añade. “La formación de los ecoguardas corre a cargo de instructores de las FARDC y de expertos expatriados especializados. El problema es que han centrado sus acciones en el seguimiento de los elefantes y no en sus interacciones con amenazas asimétricas“.




