No te Pierdas
Científicos reconstruyen con más de 100 registros de polen fósil el impacto ecológico de la Peste Negra y descubren algo sorprendente
Entre 1347 y 1353 Europa vivió uno de los episodios más devastadores de su historia. La Peste Negra, causada por la bacteria Yersinia pestis, arrasó ciudades, vació aldeas y provocó una mortalidad sin precedentes. Los historiadores estiman que entre un tercio y la mitad de la población europea murió en apenas unos años. En muchas regiones la muerte fue tan masiva que los campos quedaron sin cultivar, las granjas fueron abandonadas y extensas áreas agrícolas comenzaron a ser reconquistadas por el bosque.
Durante mucho tiempo, esta transformación del paisaje se ha interpretado como una especie de experimento histórico de “renaturalización” a gran escala. Si la actividad humana suele reducir la biodiversidad —como demuestran numerosos estudios sobre la agricultura industrial moderna—, parecería lógico pensar que la retirada abrupta de millones de personas habría permitido a la naturaleza florecer.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista científica Ecology Letters sugiere que la realidad fue bastante más compleja. Tal y como ha revelado la investigación liderada por el equipo del Leverhulme Centre for Anthropocene Biodiversity de la Universidad de York, la biodiversidad vegetal europea no aumentó tras la pandemia medieval. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario.
Durante aproximadamente siglo y medio después de la gran epidemia, la diversidad de plantas en gran parte del continente se redujo de forma notable.
El archivo oculto del polen antiguo
Para reconstruir la evolución de los ecosistemas europeos a lo largo de los siglos, los científicos recurrieron a una fuente de información sorprendente: el polen fosilizado.
Los granos de polen liberados por las plantas quedan atrapados durante milenios en sedimentos acumulados en lagos, turberas y humedales. Cada capa conserva una especie de registro microscópico de la vegetación que existía en una época concreta. Analizando estas partículas con técnicas modernas de paleoecología, los investigadores pueden reconstruir cómo cambiaron los paisajes vegetales a lo largo del tiempo.
El equipo científico examinó más de un centenar de registros de polen procedentes de distintos puntos de Europa. Esta base de datos permitió seguir la evolución de la diversidad vegetal desde la Antigüedad hasta varios siglos después de la Peste Negra.
Los resultados dibujan una historia sorprendente. Entre aproximadamente el año 0 y comienzos del siglo XIV, la diversidad vegetal en Europa había aumentado progresivamente. El crecimiento demográfico, la expansión agrícola y la transformación del paisaje durante el Imperio romano y la Edad Media habían creado entornos extraordinariamente variados. Pero todo cambió a mediados del siglo XIV.

Cuando los campos se abandonaron
La pandemia alteró radicalmente la organización del territorio europeo. En algunas ciudades la mortalidad alcanzó niveles cercanos al 80%, mientras que en el mundo rural la escasez de mano de obra provocó el abandono de extensas superficies cultivadas.
Los campos se cubrieron de maleza, los prados dejaron de ser pastoreados y las zonas agrícolas comenzaron a ser colonizadas por matorrales y bosques jóvenes. A primera vista, este proceso podría interpretarse como una victoria de la naturaleza.
Sin embargo, tal y como indica el nuevo estudio, la desaparición de la actividad humana eliminó algo que había sido clave para la biodiversidad europea durante siglos: el paisaje en mosaico.
Durante gran parte de la historia europea, la agricultura no consistía en grandes monocultivos uniformes como los actuales. Los paisajes rurales estaban formados por una mezcla compleja de campos cultivados, prados de pastoreo, bosques, setos, zonas húmedas y parcelas abandonadas temporalmente. Este mosaico creaba una enorme variedad de microhábitats donde podían prosperar numerosas especies de plantas.
Cuando la población colapsó tras la Peste Negra, ese entramado heterogéneo desapareció en muchas regiones. Sin agricultores ni ganaderos que mantuvieran abiertos los prados o despejaran el bosque, grandes extensiones del territorio se volvieron más homogéneas. Y esa homogeneización redujo las oportunidades para muchas especies vegetales.
Una caída de biodiversidad durante 150 años
Los datos del polen muestran que la diversidad vegetal comenzó a descender de manera clara tras el impacto de la peste. Durante aproximadamente 150 años, numerosos paisajes europeos experimentaron una pérdida significativa de especies vegetales. Las regiones donde el abandono agrícola fue más intenso registraron las caídas más acusadas.
Solo cuando las poblaciones humanas comenzaron a recuperarse y la actividad agrícola volvió a expandirse lentamente se invirtió la tendencia. Este proceso, según sugiere la investigación, fue extremadamente lento. En algunas zonas, la biodiversidad tardó cerca de tres siglos en regresar a niveles similares a los anteriores a la pandemia.
Este hallazgo cuestiona una idea muy extendida en el debate ambiental contemporáneo: que los ecosistemas más ricos son necesariamente aquellos menos afectados por la actividad humana.

Humanos y naturaleza: una relación más compleja
El estudio aporta una perspectiva histórica que complica la narrativa simple de que la presencia humana siempre es perjudicial para la naturaleza.
Tal y como ha adelantado el equipo investigador, muchos ecosistemas europeos actuales son el resultado de interacciones prolongadas entre las sociedades humanas y el entorno natural. Durante milenios, las prácticas agrícolas tradicionales —especialmente las de baja intensidad— han creado hábitats que favorecen la coexistencia de numerosas especies.
Ejemplos de estos paisajes culturales pueden encontrarse todavía hoy en distintas regiones del continente. Las dehesas de la península ibérica, los pastos alpinos o ciertos sistemas agrícolas tradicionales del centro de Europa son espacios donde la actividad humana y la biodiversidad han convivido durante siglos.
En estos entornos, la presencia de cultivos, pastoreo moderado, arbolado disperso y zonas húmedas genera un mosaico ecológico extraordinariamente diverso. Cuando este tipo de paisajes desaparece —ya sea por abandono total o por agricultura industrial intensiva— muchas especies pierden sus hábitats.
Lecciones inesperadas para la conservación
Las conclusiones del estudio tienen implicaciones relevantes para el debate actual sobre la conservación de la naturaleza. Y es que en las últimas décadas ha ganado fuerza el movimiento conocido como renaturalización, que propone retirar la actividad humana de ciertos territorios para permitir que los ecosistemas se recuperen de forma natural. Pero la investigación sobre la Peste Negra sugiere que, al menos en Europa, la relación entre biodiversidad y actividad humana es más compleja de lo que a menudo se asume.
La retirada completa de las personas de determinados paisajes podría reducir la diversidad biológica si desaparecen los procesos que históricamente la han favorecido. Esto no significa que toda intervención humana sea positiva. La agricultura industrial moderna, basada en monocultivos extensivos y uso intensivo de químicos, ha provocado pérdidas masivas de biodiversidad en todo el planeta.
Sin embargo, los resultados del estudio apuntan a que las prácticas agrícolas tradicionales de baja intensidad pueden desempeñar un papel importante en la conservación de ecosistemas diversos.

Un paisaje compartido
Este análisis ofrece así una lección inesperada sobre la historia de la naturaleza europea. Lejos de representar un mundo salvaje intacto, muchos de los paisajes que hoy consideramos naturales son en realidad el resultado de miles de años de interacción entre sociedades humanas y ecosistemas.
Los bosques, praderas y campos que caracterizan gran parte del continente son, en muchos casos, paisajes culturales moldeados por generaciones de agricultores, pastores y comunidades rurales.
La pandemia medieval provocó una interrupción abrupta de ese equilibrio histórico. Y durante décadas, la naturaleza no prosperó necesariamente en ausencia de las personas.
En ocasiones, la biodiversidad depende precisamente de esa relación compleja y prolongada entre humanidad y entorno.
Referencias
- Jonathan D. Gordon et al, Black Death Land Abandonment Drove European Diversity Losses, Ecology Letters (2026). DOI: 10.1111/ele.70325



