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Internacional

Después de Sara no queda nadie: es la última 'redeira' de Galicia y con ella puede morir el oficio

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Una noche, cuando Sara ten�a 13 a�os, el mar durmi� en su casa.

Pasaban las doce cuando un cami�n cargado de redes de pesca se detuvo frente al bajo familiar. Por aquel entonces, las redeiras de A Guarda (Pontevedra) a�n no ten�an almac�n portuario, ni un techo com�n que las resguardara del viento del Mi�o, as� que el Atl�ntico -doblado, cosido y pesado-, termin� apilado en la bodega mientras su madre y su t�a descargaban, a pulso, los cientos de kilos de red antes de que amaneciera.

A esas horas cualquiera se habr�a rendido, pero ellas sab�an que no pod�an. Si las redes quedaban sin recoger, los pescadores terminar�an por no poder salir y la lonja quedar�a muda. Aquella madrugada, mientras trabajaban a oscuras, vio claro que, al contrario de lo que cuentan las grandes epopeyas -los hombres frente a la tempestad, los capitanes a la caza de su gran ballena-, la vida del mar no termina en el agua. Contin�a en los bajos donde se remiendan las artes, en los patios h�medos, en los dedos agrietados de quienes sostienen, sin �pica ni foco, el sustento de toda la xente do mar.

De aquello han pasado ya dos d�cadas. Hoy Sara tiene 32 a�os y, aunque su familia y el resto de compa�eras lograron consolidar una asociaci�n y levantar una nave donde por fin poner a salvo el material, el horizonte le devuelve ahora un problema mucho m�s profundo: la certeza de que su profesi�n se muere con ella. �Desde que me di de alta en 2014 soy la redeira federada m�s joven de Galicia�, confiesa.

Y la frase, lejos de sonar a orgullo, funciona como advertencia. Porque Galicia, pese a seguir siendo la principal cuna europea del oficio y el territorio con mayor concentraci�n de estas artesanas, avanza desde hace tiempo hacia un vac�o silencioso por la falta de relevo generacional. De las 541 redeiras que llegaron a estar activas en 2016 apenas quedan 202 registradas a finales de 2025, seg�n los datos de la Federaci�n Gallega de Rederas Artesanas O Peirao.

Por eso, mientras las cuatro compa�eras de A Guarda remiendan las artes entre bromas y rutina, saben que la presencia de Sara, con la aguja entre los dedos, es una anomal�a estad�stica en un oficio sostenido por mujeres que ya rondan los 55 a�os de edad media. Lo m�s inquietante, coinciden, no es solo el desplome, sino la foto fija de ese naufragio generacional. Ser�a impensable hablar del ��ltimo m�dico joven� o del ��ltimo abogado joven�, alguien que llevase once largos a�os esperando a quien recoja el testigo. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre aqu�.

Sin redes no habr�a todo lo dem�s. Somos una pieza imprescindible y, aun as�, tenemos que seguir luchando para que se nos valore y se entienda que esto no es un pasatiempo ni un complemento, sino un trabajo con todas las letras�, explica Sara.

La herida, en realidad, viene de lejos. No fue hasta la cat�strofe del Prestige, en 2002, cuando esa invisibilidad se hizo evidente. Mientras el chapapote paralizaba la costa y el resto del sector acced�a a compensaciones econ�micas por la parada obligatoria de la actividad, las redeiras quedaron fuera al no estar su trabajo plenamente reconocido como profesi�n. Aquella exclusi�n actu� como detonante. A partir de entonces comenzaron a organizarse y lograron que la normativa gallega de pesca incorporase su oficio con entidad propia. M�s tarde lleg� el certificado de profesionalidad dentro de la familia mar�timo-pesquera y, en 2022, el coeficiente reductor para la jubilaci�n, tras reconocerse que se trata de un trabajo duro, repetitivo y realizado en condiciones exigentes. Todos ellos pasos decisivos, pero no suficientes.

�Hemos avanzado, s�, pero cuando el sector se frena somos las primeras en notarlo y sin la misma protecci�n que otros colectivos. Son muchas horas, desgaste f�sico y sueldos que apenas alcanzan los mil euros. As� es imposible que la gente joven quiera entrar. Y duele ver c�mo un oficio tan ligado a nuestra tierra se va apagando�, denuncia.

A esa fragilidad estructural se suma el intrusismo laboral. En los m�rgenes del sector, cada vez m�s personas reparan o montan redes sin estar dadas de alta ni asumir los costes fiscales y laborales que soportan las profesionales. Eso abarata precios, distorsiona el mercado y penaliza a quienes s� cotizan y facturan.

De ah� que en los �ltimos a�os hayan intensificado su reivindicaci�n por la trazabilidad. Si se exige conocer el origen del pescado, sostienen, tambi�n deber�a poder identificarse qui�n fabrica o repara los aparejos que terminan en el mar. �Si una red est� en un barco, tendr�a que saberse qui�n la mont� y d�nde est� su factura. Nos piden trazabilidad para el pescado, pero no para las redes�, se�ala. No es solo una cuesti�n econ�mica, a�aden, sino tambi�n ambiental, porque una red sin control o perdida en el mar afecta a un ecosistema que es de todos.

�El problema de base es que ni siquiera se nos conoce. Es muy triste que hoy, incluso en un pueblo con tradici�n marinera como el nuestro, haya gente que ignore lo que hacemos y el esfuerzo que hay detr�s. Yo misma fui al m�dico con las manos destrozadas y, cuando les expliqu� que trabajaba con las redes, se pensaron que era influencer�, bromea Sara.

Aunque la an�cdota arranca una sonrisa, cada vez tiene menos de chiste. Cansadas de esa invisibilidad, las redeiras han decidido hacerse ver. Desde la Federaci�n O Peirao, que aglutina a las ocho asociaciones de la costa gallega, han incorporado la visibilizaci�n al propio oficio, casi al mismo nivel que remendar una malla. Imparten charlas en colegios, participan en ferias, promueven el turismo marinero, actualizan su web e impulsan sus redes sociales . Adem�s, no dejan de moverse en el terreno institucional, integradas en la Asociaci�n Nacional de Mujeres de la Pesca y tejiendo una buena relaci�n con la Conseller�a de Mar de la Xunta para defender su lugar en el sector.

�Al final lo que hacemos es ser muy pesadas. Somos cuatro pelagatas, pero intentamos dar m�s guerra que nadie. No paramos hasta que, aunque sea por aburrimiento, nos den lo que pedimos�, admite Sara entre risas. �A veces ya ni s� de qu� trabajo, porque ahora tambi�n tenemos que movernos con la Administraci�n, gestionar proyectos, planificar… Con tanta broma, al final hemos creado la redeira 2.0�.

Esa insistencia no busca solo visibilidad medi�tica, sino que se entienda el verdadero valor de su labor. Es un oficio artesanal que, como repiten, �ninguna m�quina puede sustituir del todo�. Y dirigen un mensaje claro al sector pesquero: �Queremos que conf�en en nosotras, que nos den el trabajo a nosotras y no tengan que recurrir a otras opciones. Porque si desaparecemos, la calidad de las artes que vuelven al mar no siempre ser� la que esperan�.

Con todo, entre cifras que encogen y relevo que no llega, el pesimismo se ha ido colando en la conversaci�n casi sin pedir permiso. La pregunta, entonces, surge inevitable.

– Despu�s de todo lo que me cuentas… �merece la pena tanta lucha?

Sara tarda unos segundos en responder.

– Hay temporadas en las que te vienes abajo porque es muy duro. Y hay d�as en los que te preguntas para qu� sigues. Pero si no lo hacemos, desaparece. Y no queremos que desaparezca. Ser�a ver c�mo se apaga el oficio de mi padre, de mi t�a, de mi madre, de mi abuela. No estamos aqu� por el sueldo. Si fuera solo por el dinero, muchas ya nos habr�amos ido. Seguimos porque creemos en lo que hacemos y porque forma parte de quienes somos.

Basta con pasar una ma�ana en A Guarda junto a ellas para entenderlo. Entre montones de redes, agujas y cabos se cuelan bromas, caf� compartido y esa complicidad de quien lleva a�os cosiendo juntas algo m�s que malla. No son formalmente una cooperativa, pero trabajan como si lo fueran. Si una tiene que marcharse porque el ni�o est� enfermo o porque hay que acompa�ar a un padre al m�dico, las dem�s cubren el pedido. Si una campa�a viene fuerte, reparten el esfuerzo. Si el trabajo flojea, buscan juntas c�mo sostenerlo.

Mar�a Jes�s Gonz�lez, presidenta de O Peirao, lo resume con franqueza: �Aqu� muchas no trabajamos cerca de casa por comodidad, sino porque no tenemos otra opci�n. Cuando terminas de criar hijos empiezas a cuidar padres, y esa carga familiar no desaparece. No podemos permitirnos irnos diez horas a trabajar fuera, por ejemplo a Vigo, pasar el d�a entero all� y volver solo para dormir. Ese ritmo no vale para m� ni para mis compa�eras. Necesitamos un trabajo que nos permita estar cerca y responder cuando hace falta�.

Para ella, la desaparici�n de las redeiras no ser�a solo la p�rdida de un empleo, sino la renuncia a una parte esencial de la identidad pesquera de Galicia. �Nuestra comunidad siempre ha vivido de cara al mar. Si dejamos que el oficio desaparezca, perder�amos parte de nuestra historia�, explica.

Sara asiente mientras da puntadas a una red que parece no tener fin. Cada nudo que cierra es tambi�n una forma de sostener lo que queda. Cuando termina la jornada, guarda la aguja y vuelve a casa para recoger a su hija del colegio. �Mi ni�a es la �nica de su clase que tiene una madre redeira�, dice con una sonrisa. �A ella le interesa lo que hago. Sabe c�mo trabajamos, ha venido, lo ha visto. Para ella es lo m�s normal del mundo�.

Todav�a no sabe si la peque�a querr� seguir sus pasos. �Tampoco quiero imponerle nada -admite-. Solo quiero que, si alg�n d�a decide hacerlo, el oficio todav�a exista. Que no tenga que escuchar que fue algo que hubo antes. Que pueda elegir�. Porque, insiste, la verdadera derrota no ser�a que su hija no fuera redeira, sino que no pudiera serlo.


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