Internacional
La factura infinita del primer 'No a la guerra': Zapatero no se levantó y España acabó junto a Erdogan
Pedro S�nchez ha reciclado el �no a la guerra� de Zapatero. Lo hace convencido de que le reportar� beneficios internos porque aquella consigna, gritada en las calles por cientos de miles de espa�oles, se asimila dos d�cadas despu�s con una �tica pacifista y de izquierdas, respetuosa con la legalidad internacional y opuesta a cualquier decisi�n b�lica unilateral de tinte imperialista. Hasta ah� el lado ben�fico de un eslogan que, enarbolado hace 23 a�os frente al conflicto en Irak, tambi�n trajo consecuencias indeseables para la posici�n internacional de Espa�a.
Es, por tanto, m�s que previsible que ahora, con S�nchez frente a un Trump muy diferente al George W. Bush de principios de siglo, los efectos perniciosos se amplifiquen. El calibre de esas consecuencias es lo que en La Moncloa parecen no haber tenido en cuenta a la hora de adoptar postura, leg�timamente, pero sin matices ni precauci�n, frente a Washington y al margen de los principales aliados europeos.
El �no a la guerra� de Zapatero, que se materializ� con la retirada de las tropas espa�olas de Irak, fue enga�oso. Los militares espa�oles no participaron en la invasi�n que se llev� a cabo el 20 de marzo de 2003 ni en los ataques que se dieron por finalizados el 1 de mayo; formaron parte de una fuerza multinacional autorizada por Naciones Unidas (resoluciones 1483 y 1511) con el objetivo de �proporcionar estabilidad y seguridad� en Irak tras la invasi�n. Espa�a particip� en aquella misi�n desde julio de 2003 hasta el 18 de abril de 2004, fecha en la que Zapatero orden�, un d�a despu�s de tomar posesi�n como presidente del Gobierno, la salida inmediata de las tropas.
Las consecuencias de aquella decisi�n fueron instant�neas con un enfriamiento pr�ximo a la congelaci�n de las relaciones entre Madrid y Washington. Para EEUU, la forma de actuar del presidente espa�ol implic� poco menos que una traici�n.
Espa�a dejaba de ser un pa�s fiable y colaborador, uno de los aliados, hasta aquel momento, m�s importante de Washington. Ah� estaba para recordarlo la foto de las Azores y, antes, los m�ltiples encuentros de Aznar y Bush en Washington, en Madrid, en Camp David, en las citas de la OTAN y hasta en el rancho familiar del norteamericano, en Crawford (Texas). Nunca hubo una relaci�n tan estrecha, de amistad personal, entre un mandatario norteamericano y un presidente espa�ol.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, junto al embajador de EEUU, Benjam�n Le�n.EFE
Aquel v�nculo qued� roto con la decisi�n de Zapatero. Los diplom�ticos espa�oles lo advirtieron y hasta Javier Solana, alto representante de la Uni�n Europea para la Pol�tica Exterior y antes secretario general de la OTAN, expres� sus recelos. Zapatero, sin embargo, estaba convencido. Se sent�a respaldado por el voto de la ciudadan�a puesto que �l, antes de las elecciones, ya hab�a anunciado su intenci�n de apartar a Espa�a de cualquier implicaci�n en el conflicto iraqu�.
Lo cierto es que el entonces presidente, sin curr�culo en asuntos de Estado y menos a�n en pol�tica exterior, adopt� una posici�n arriesgada pero lo hizo con la red de seguridad que le proporcionaba el rechazo expl�cito de muchos espa�oles a la guerra y despu�s, incluso, de haber tanteado el terreno dedicando un manifiesto desplante a la bandera estadounidense en el desfile del 12 de otubre de 2003. Nadie pod�a llamarse a enga�o sobre la actitud de Zapatero en relaci�n con EEUU.
Todo aquello tuvo consecuencias y no fueron una sorpresa. Zapatero tuvo vetada la entrada en la Casa Blanca hasta 2009. Apenas coincidi� con Bush en un par de ocasiones: un saludo de ocho segundos en la ONU y otro de diez, en Bucarest. Durante ese tiempo, la diplomacia espa�ola se esforz� por recuperar la relaci�n ante el desd�n de Washington.
Lo cierto es que la frialdad fue sobre todo diplom�tica, no comercial ni econ�mica. Zapatero despleg� m�ltiples gestos hacia EEUU: mantuvo y ampli� en 2005 la misi�n de tropas en Afganist�n; ampli� en 2007 la presencia de la inteligencia militar norteamericana en las bases y permiti� que oscuros vuelos de la CIA siguieran haciendo escala en Espa�a. La Alianza de Civilizaciones que promovi� con Turqu�a como socio para demostrar que la buena voluntad y el di�logo bastaban para promover la paz, se difumin� sin prisa pero sin pausa.
El inicio de la distensi�n lleg� con Obama. No fue el comienzo de una �conjunci�n planetaria� como asegur� Leire Paj�n, pero s� el final del congelador. Aquello satisfizo tanto a Zapatero que al final de su mandato, y pese a chocar de nuevo con Washington por retirar sin aviso las tropas de Kosovo, cedi� Rota a EEUU como base naval del escudo antimisiles de la OTAN. Ahora, dos destructores americanos han partido precisamente de esa base hacia el Mediterr�neo oriental para interceptar ataques iran�es contra Israel o territorio europeo.
La llegada de Mariano Rajoy supuso un periodo de tranquilidad. La relaci�n volvi� a la calma tras la monta�a rusa de Aznar y Zapatero. Hoy, sin embargo, regresamos al incendio y es m�s peligroso que el de anta�o.
El riesgo llega de la mano de sus dos protagonistas: S�nchez acuciado por una debilidad interna que le empuja a exhibir rivalidad frontal con Washington, desmarc�ndose incluso de los principales socios y del proclamado deseo de forjar una defensa aut�noma europea -es el �nico l�der de la Alianza que discrepa del aumento del gasto en defensa y tambi�n ha rechazado de plano la disuasi�n nuclear-, y un Trump imprevisible, impulsivo y violento que juega a dominar el mundo con bombas y aranceles y no duda en a�adir al c�ctel de amenazas y represalias el cortocircuito econ�mico, un disparo directo a la l�nea de flotaci�n de sus �enemigos�.




