Internacional
El estado mental de Donald Trump es un riesgo para el mundo
Un gabinete lleno de aduladores convierte a un presidente estadounidense, ya de por s� err�tico, en una amenaza a�n mayor.
Desde la llamada regla Goldwater en los a�os 70, se ha disuadido a los psiquiatras estadounidenses de hacer comentarios sobre la salud mental de figuras p�blicas.
Sin embargo, para quienes no tienen credenciales m�dicas, el contacto del presidente estadounidense con la realidad parece ser err�tico. El mermante universo de respetables defensores de Donald Trump atribuye sus fantas�as diarias a una provocaci�n deliberada. Dicen que s�lo est� provocando a los progresistas.
Esa excusa pauloviana est� perdiendo fuerza. Mientras Trump prepara una armada estadounidense para una guerra en Oriente Medio cuyos objetivos es incapaz de articular, un c�lculo honesto de los riesgos geopol�ticos situar�a su psicolog�a impredecible en un lugar destacado.
El hecho de que Trump mienta a menudo no es, en s� mismo, una prueba de irracionalidad. Que se le anime a creer sus propias mentiras es m�s grave. Muchos de los hom�logos extranjeros del presidente estadounidense afrontan el desaf�o de Trump intentando alimentar su vanidad.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, describe a Trump como un “pap�” que hace lo necesario para mantener a la familia a salvo.Suponiendo que Rutte no crea en sus halagos, el objetivo es inflar el ego de Trump para manipular sus acciones. El riesgo es que esas palabras melosas solo lo sumerjan a�n m�s en la fantas�a. Cuando un l�der tiene una idea desmesurada de su propio poder, quienes dicen la verdad son indispensables. �Qui�nes son los que dicen la verdad de Trump?
Con el gabinete de Trump, esa pregunta es ret�rica. Sus altos cargos se superan unos a otros en elogios hacia su l�der. Trump es el mejor presidente en la historia de Estados Unidos (Pam Bondi, fiscal general); ha creado una �poca dorada estadounidense (Howard Lutnick, secretario de Comercio); ha llevado a cabo la incursi�n militar m�s poderosa ‘dir�a que en la historia del mundo’ (Pete Hegseth, secretario de Defensa, tras la operaci�n en Venezuela); y as� sucesivamente.
Estos comentarios est�n solo un nivel por debajo de afirmar que Trump puede hacer retroceder las olas. Se supone que un buen servidor p�blico debe ofrecer al comandante en jefe una evaluaci�n realista de sus opciones. �Puede Estados Unidos confiar en el asesoramiento de Hegseth a Trump sobre Ir�n?
Huelga decir que los liberales fantasean al pedir la 25.� enmienda, la herramienta constitucional que permite la destituci�n de un presidente que “no puede ejercer las facultades y obligaciones de su cargo”. Esta solo puede ser activada por el vicepresidente con el voto mayoritario del gabinete. Es imposible imaginar a J.D. Vance haciendo de Bruto ante el C�sar de Trump. El fundamento del vicepresidente para ser el sucesor de Trump reside en su lealtad inquebrantable.
Sin embargo, Trump se enfrenta a cada vez m�s obst�culos a medida que m�s instituciones estadounidenses se resisten.Cuanto m�s acorralado est�, m�s propenso ser� a reaccionar con violencia.
El m�s dram�tico fue la votaci�n de 6 a 3 de la Corte Suprema el viernes pasado para tumbar la mayor parte de los aranceles del presidente. Su respuesta fue furiosa. Llam� a los dos jueces designados por Trump que lo traicionaron, Neil Gorsuch y Amy Coney Barrett, “desleales”, “antipatriotas” e insinu� que estaban bajo la influencia de intereses extranjeros. Su indignaci�n naci� de la sorpresa.
No cabe duda de que los colaboradores m�s cercanos aseguraron a Trump que sus aranceles se apoyaban en bases legales s�lidas. Deber�a haber descargado su ira sobre ellos.
Tambi�n se enfrenta a obst�culos en la Reserva Federal de Estados Unidos. Jerome Powell, presidente de la Fed, pronunci� el mes pasado un discurso sin precedentes defendiendo su independencia despu�s de que el Departamento de Justicia de Trump lo amenazara con una acusaci�n penal por los costes de renovaci�n del Banco Central.
Las declaraciones de Powell fueron a�n m�s contundentes debido a su discreta determinaci�n. Trump podr�a descubrir que Kevin Warsh, el sustituto designado por Powell, resultar� tan poco d�cil como sus designados para la Corte Suprema. La inflaci�n subyacente estadounidense va en la direcci�n equivocada, y ning�n presidente entrante quiere empezar siendo derrotado en la votaci�n por el resto de los 12 miembros del comit� de la Fed que fija los tipos de inter�s.
La opini�n p�blica tambi�n se est� volviendo en su contra. Los agentes de ICE enmascarados generan una desconfianza generalizada y se enfrentan a una resistencia cada vez mayor.
La sociedad civil, adem�s de los tribunales inferiores, se est� convirtiendo en un verdadero obst�culo para los planes de deportaci�n de Trump. El Tribunal Supremo tambi�n podr�a armarse de valor siguiendo su propio ejemplo cuando escuche los argumentos orales sobre el desaf�o de Trump a la ciudadan�a estadounidense por nacimiento en las pr�ximas semanas.
A pesar de todo lo que se dice de Trump como un loco, la regla del t�rmino Taco (Trump siempre se acobarda) que acu�� mi compa�ero, generalmente se cumple. Se le puede describir razonablemente como un mat�n y un narcisista. Pero retrocede cuando se ve superado.
Sin embargo, la regla del Taco solo funciona cuando Trump sabe lo que est� en juego. Ya sean extranjeros o estadounidenses, quienes le dicen lo que quiere o�r, no lo que necesita saber, est�n jugando un juego peligroso. El camino hacia la temeridad trumpiana est� sembrado de halagos.
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