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Marte ha muerto, el nuevo 'hit' es la Luna

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A sus 54 a�os y con una fortuna sin parang�n, Elon Musk piensa a lo grande. Muchos de sus intereses empresariales se articulan a trav�s de SpaceX, contratista habitual de la NASA y punta de lanza de una colonizaci�n espacial que el sudafricano anhela por encima de casi todas las cosas. Hasta fechas muy recientes, el discurso de Musk se centraba en Marte, un planeta donde aspiraba a ubicar a un mill�n de colonos para 2050, suponiendo que hubiese voluntarios. Diferentes expertos, con el astrof�sico Neil DeGrasse a la cabeza, desmontaron esa majestuosidad con sencillas operaciones matem�ticas.

La semana pasada, el tambi�n due�o de Tesla cambi� de tercio y aparc� su proverbial desprecio por la Luna, hasta entonces convertida en su mente en una mera “distracci�n” de las grandes ligas. En X, la red social que compr� por 44.000 millones de d�lares, el magnate desvel� que la nueva s�per aventura de SpaceX consistir� en levantar una ciudad en el sat�lite de la Tierra, en competencia directa con China, la compa��a-Estado m�s grande del mundo. El gigante asi�tico tiene programadas misiones lunares con robots en 2026 y 2028, pretende concretar un aterrizaje tripulado antes de que termine esta d�cada y planea instalar una base cient�fica permanente donde tambi�n tendr�an cabida otros pa�ses.

Hay que conocer un poco a Musk, aunque sea a trav�s de sus compulsivos y caprichosos tuits, para saber que en la mente del genio cohabitan tambi�n el ni�o fantasioso y el celoso contumaz. Blue Origin, el competidor de SpaceX sostenido por Jeff Bezos en esta carrera espacial (privada), tiene planes con la NASA en la Luna y Musk podr�a sentirse postergado si juega todas sus cartas en el escenario altamente t�xico, mucho m�s remoto y varios m�ltiplos m�s caro de Marte. Un paralelismo v�lido aunque inexacto hace referencia al pulso que mantiene con Sam Altman, el �ltimo de los tecno-l�deres en sumarse al club por obra y gracia de ChatGPT, el LLM m�s famoso, al que Musk opuso Grok sin un �xito aplastante.

Parece razonable concluir entonces que la Luna vivir� sus d�as dorados en los pr�ximos a�os, si por dorados se entiende la llegada con vocaci�n de permanencia de ese hom�nido evolucionado que ha esquilmado la Tierra. El sat�lite no pertenece a nadie y ning�n pa�s puede reclamar su soberan�a, seg�n el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de la ONU, firmado en 1967 por EEUU, China, Rusia y la India, entre otros. Sin embargo, si una potencia instala all� una base, se activa un r�gimen espec�fico donde s� ejerce su soberan�a sobre el personal, los veh�culos y las instalaciones. Aclara el Tratado que en la Luna no pueden ubicarse bases militares.

A pesar de que se bloquea el posible reparto del territorio, existe una peque�a trampa contemplada en los Acuerdos de Artemis (2020), promulgados inicialmente por ocho Estados fundadores -EEUU, Reino Unido, Canad�, Australia, Jap�n, Italia, Emiratos �rabes Unidos y Luxemburgo- y respaldados despu�s por la India, Francia, Alemania, Brasil y Espa�a. Se crean las llamadas zonas de seguridad, un �rea alrededor de la base para evitar interferencias entre pa�ses, es decir, una extensi�n del dominio que el pa�s ejerce de puertas adentro.

Lo que las potencias con aspiraciones de colonizaci�n (y Musk y Bezos) tienen en mente es la extracci�n de recursos. En el suelo lunar se hallan grandes cantidades de hierro, magnesio y calcio, adem�s de silicio, aunque los tesoros estrat�gicos son las tierras raras, el agua y el helio-3, ideal como combustible limpio para futuras fusiones nucleares. A ese suculento plato se a�aden ventajas muy obvias sobre Marte: el viaje desde la Tierra dura unos tres d�as como m�ximo frente a los seis o nueve meses necesarios para alcanzar el planeta rojo. Las comunicaciones entre la Tierra y la Luna son casi instant�neas (el retraso de la se�al es de apenas 1,3 segundos). Debido a su baja gravedad y a la ausencia de atm�sfera, la Luna es un lugar privilegiado para preparar misiones espaciales hacia otros lugares del sistema solar. Adem�s, quienes lideren este pulso dispondr�n del fil�n de un turismo exclusivo al que se sumar�n las principales fortunas del mundo, hastiadas de la rutina y deseosas de enfrascarse en odiseas -a ser posible- algo menos dist�picas que la filmada por Stanley Kubrick.


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