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El bueno es Marchena
Hace días un tuitero bastante cabal (no abundan, aclaro) que suele comentar asuntos relacionados con el Atlético de Madrid, impresionado por la longevidad deportiva y los números de Iago Aspas, dijo con el cuerpo del PAOK aún caliente sobre el estadio de Salónica que el moañés era el mejor futbolista que habían visto sus ojos en España excluyendo a la burguesía militante en el Barcelona, Real Madrid o Atlético. Y desafiaba -invitación irresistible en el salvaje mundo de las redes sociales- a que alguien le nombrase uno mejor. La pregunta dio paso a un interesante debate y también a un impagable desfile de acomplejados, cortos de vista o gente que necesita con urgencia ayuda profesional para ver si le pueden extirpar o al menos atenuar esa variante de rabia que sufren cada vez que el moañés corre estirando la camiseta a la altura del escudo. Cada uno venía con su cromo en una mano y la Wikipedia en la otra para rebatir, más bien subestimar, la carrera de Iago en comparación con su muestrario de favoritos que por momentos se convirtió en un circo de los horrores.
El espectáculo era entretenido y absurdo al tiempo. Entre otras cosas porque en el espinoso asunto de las filias y las fobias nadie podrá convencer al vecino de aquello que solo a él le pertenece. Ahora bien, igual conviene callárselo para que el resto del vecindario no conozca el punto al que llega tu cerrazón o tu estrechez de miras, pero allá cada uno con las ganas que tenga de hacer el ridículo. Eso es también muy personal. Como es costumbre en estos casos, en pleno fragor de la batalla, la conversación -por llamarlo de algún modo- acaba girando en torno a lo mismo: los títulos. Es el comodín que en cualquier debate de este tipo alguien acaba lanzando a la mesa convencido de que no admite discusión y que puede poner a cargar el móvil satisfecho por el trabajo realizado. Quien recurre a él no cae en la cuenta de que bajo ese simple argumento numérico estaría situando a Arbeloa por encima de Roberto Baggio, Lottar Matthaus, Del Piero, Platini, Luis Aragonés… solo por citar a unos pocos. Y que gente como Gigi Riva o Matthew Le Tissier, que soñaron con ganar a los grandes de su país con sus equipos de toda la vida, serían simples parias que no merecerían una triste línea en la historia del fútbol.
La grandeza de un futbolista como Iago Aspas, y de tantos otros que no tuvieron la ocasión de vestirse con una camiseta de la realeza, va mucho más allá de una nómina de títulos y se ha construido de pequeñas conquistas hasta llegar a este punto en el que con solo verle saltar al campo un domingo más es razón más que suficiente para que le brillen los ojos de emoción a todo un estadio, a toda esa familia que al final es el celtismo. Me gustaría saber cuántos de esos «purpurados» con la vitrina llena de latón habrían sido capaces de sostener a un equipo como el Celta durante década y media.
Julio Puente, que fue director de Faro a finales de los noventa, contaba que en la redacción de la Nueva España en Oviedo, donde el ciclismo era religión, cada vez que se desataba el entusiasmo por un triunfo de Luis Ocaña a comienzos de los setenta aparecía en escena siempre el mismo compañero para rebajar el fervor popular con una sentencia lapidaria: «Buah…el bueno ye Pérez Francés». Esa frase se quedó grabada en mi cabeza y no es extraño que me salte como un reflejo ante alguna exhibición individual. Me acordé de ella ayer, justo después de que ante el Mallorca Iago Aspas añadiese otra muesca a ese revólver desgastado, pero letal, como el del viejo William Munny de «Sin perdón». En ese momento imaginé la sonrisa orgullosa del tuitero atlético y a más de un triste sentado en silencio frente a la televisión con la cuenta de Twitter abierta en el móvil murmurando su rabia: «Ya ves…el bueno ye Bruno Soriano».
Anatomía de una entrada a canasta
Por no convertir esto en un monólogo sobre Aspas, les traigo aquí una historia de Armando sobre el triunfo de la semana pasada del Celta de baloncesto en Melilla gracias a una canasta en el último segundo de Deva Bermejo. Porque en una simple acción hay mucha ciencia y misterio. Otro paso más de un equipo que acumula diecinueve victorias consecutivas y que en un par de meses nos tendrá de nuevo alterados buscando de nuevo el ascenso a la máxima categoría. Ese triunfo, esa canasta… explica en gran medida por qué están sucediendo ciertas cosas.
A Paco Amoedo no lo olvidan
En nuestra sección tratamos de cuidar la memoria de quienes tanto dieron e hicieron por el deporte de la ciudad. Paco Amoedo fue uno de ellos; la historia del boxeo en Vigo y en Galicia no sería la misma sin él. Su hija trata de proteger su legado y, fiel a la costumbre que tenía Paco, organizó una velada coincidiendo con la fecha en la que debía cumplir años. Una oportunidad de ver nuevos valores, de consolidar otros y de mantener viva la llama que encendió el gran Amoedo en el «Saudade».
Hora de irse. No les traigo historia irrepetible porque a veces las necesidades de la sección chocan con el espacio disponible. Volveremos en unos días. A cambio les recomiendo una serie. «Días de ceniza», una historia de amor en Belfast durante los años más duros del conflicto norirlandés con dos inmensas Gilliam Anderson y Lola Pettigrew que se comen la pantalla.
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