Internacional
Ética y dignidad frente al asalto a las instituciones
Cada d�a es m�s dif�cil sacudirse la sensaci�n de que la pol�tica, lejos de ser el arte de gestionar el bien com�n, se est� convirtiendo en un tablero donde la delincuencia y los intereses personales mueven las fichas. No hablamos de casos aislados o “manzanas podridas”; la acumulaci�n de esc�ndalos sugiere una estructura sist�mica que parece no tener fin. Ante la gravedad de lo que sale a la luz de forma constante, cabe hacerse una pregunta inc�moda pero necesaria: �Estamos siendo gobernados por una gesti�n p�blica o por una red de intereses puramente extractivos?
Es alarmante la rapidez con la que la opini�n p�blica devora un esc�ndalo para olvidar el anterior. Un claro ejemplo es el accidente de Adamuz, un suceso impregnado por la sombra de la corrupci�n y la falta de transparencia que, con el paso de los meses, parece haber ca�do en el ba�l del olvido medi�tico. �D�nde queda la responsabilidad pol�tica cuando las negligencias cuestan vidas?
Esta misma sensaci�n de abandono institucional se vivi� de forma dram�tica en el Estrecho de Gibraltar. El asesinato de los agentes a manos de los narcotraficantes no fue solo una tragedia humana, fue el resultado directo de una pol�tica de seguridad deficitaria. La gesti�n ministerial, lejos de blindar a quienes nos protegen, parece haber desmantelado las defensas necesarias, dejando el campo libre para que el narcotr�fico act�e con una impunidad insultante.
El panorama actual nos muestra un Gobierno que, para sostenerse, depende de una amalgama de fuerzas cuya �nica prioridad parece ser la supervivencia propia. Es dif�cil no ver en estas alianzas a grupos que, careciendo de una verdadera vocaci�n de servicio, han encontrado en las instituciones un refugio de privilegios que nunca habr�an alcanzado por m�rito propio fuera de la pol�tica.
La obsesi�n por mantenerse en la “poltrona” ha pervertido el sentido del cargo p�blico. Cuando el sueldo y el estatus se anteponen a la �tica, el resultado es un gobierno reh�n de sus socios y una ciudadan�a desprotegida. No se trata solo de mala gesti�n, sino de una degradaci�n moral que amenaza con normalizar lo inaceptable. Si permitimos que la sospecha de la mafia se convierta en la norma, lo que estar� en peligro no ser� solo un gobierno, sino la estructura misma de nuestra democracia.
Eduardo Delgado



