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Cuando el apoyo llega a tiempo: "Yo no pude estudiar, pero mis hijos lo están haciendo"

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Imagine que tiene dos hijos. No domina el idioma. No sabe leer ni escribir. Es una madre que lo lleva todo a cuestas: trabaja limpiando, encaja turnos como puede y se deja la piel para darles una vida mejor. Y, aun as�, cada tarde se topa con un muro: cuando se sienta a ayudarles con los deberes, todo acaba en una discusi�n. No por falta de ganas, sino por falta de herramientas. “No entend�a bien el espa�ol”, resume Esther. Sus dos hijos necesitaban apoyo escolar. Ella necesitaba una red. No ten�a ninguna.

Cuando el colegio vio que las notas no levantaban y que en casa no hab�a manera de sostener el ritmo, la deriv� a la Fundaci�n Federico Ozanam. A veces se habla de “fracaso escolar” como si fuera un destino. Pero muchas veces es otra cosa: falta de apoyo, un empuj�n a tiempo, alguien que ense�e por d�nde empezar. “Sab�an que yo no pod�a ayudarles”, cuenta.

Ese empuj�n lleg� a trav�s del programa CaixaProinfancia, impulsado por la Fundaci�n “la Caixa”, que el a�o pasado atendi� a 67.000 menores en toda Espa�a, y que se desarrolla en colaboraci�n con la Fundaci�n Federico Ozanam. Y no, no solo ayudan para aprobar. “Muchas familias llegan sin red de apoyo. Encadenan trabajos precarios, con horarios imposibles y pocos recursos. Y as� es muy dif�cil acompa�ar a los hijos en el proceso educativo: ir a tutor�as, estar encima de los deberes, garantizar que en verano est�n atendidos y tengan un verano de calidad, o simplemente saber cu�l es el mejor itinerario formativo para ellos”, explica Mar�a Pilar Mart�nez, trabajadora social del programa. “Ah� tenemos un trabajo importante: orientar y acompa�ar”.

Ese acompa�amiento, insiste, no funciona aislado. Se coordina con los centros escolares y con servicios sociales. A veces el refuerzo se hace en el propio colegio (si el centro cede un aula y hay suficientes alumnos con necesidades parecidas) y otras, en los locales de la entidad. Pero no solo se acompa�a a los hijos: es clave tambi�n acompa�ar a la madre. “Si tengo un problema, s� que est�n ah� para escucharme, para aconsejarme”.

En el caso de Esther, el primer cambio no lleg� con un bolet�n de notas, sino con esa sensaci�n nueva de no sentirse sola. Ella lo repite con gratitud, como si fuera lo m�s importante: que la escucharon. A partir de ah� empezaron los cambios visibles. Sus hijos acudieron al refuerzo y, poco a poco, sostuvieron la asistencia. “Al principio sacaban nota baja y de repente… buenas notas”, dice Esther.

La familia recibe ayuda de la  Fundaci�n Federico Ozanam en Zaragoza.

La familia recibe ayuda de la Fundaci�n Federico Ozanam en Zaragoza.TONI GAL�N

Pero m�s all� de las calificaciones, tambi�n es necesario formar parte de la comunidad educativa. “Cuando, como madre, ves que no puedes llevar a tus hijos de viaje mientras otros compa�eros s� lo hacen en verano, es duro. Gracias al programa, mis hijos pudo ir a un campamento de dos semanas: volvi� feliz y despu�s iba al colegio contando c�mo la hab�an ayudado. Ellos tambi�n tienen algo que contar. Se sienten bien y eso les anima a seguir estudiando”, narra Esther.

Adem�s del apoyo escolar, se activan otros recursos. Hay grupos para adolescentes y un grupo terap�utico de adultos: madres que se re�nen con una psic�loga y con otras mujeres con problem�ticas similares, para aprender a cuidarse y sostener la crianza cuando todo pesa. Esther acudi� mientras pudo; ahora trabaja y no siempre encaja.

Mart�nez mide los avances con cosas simples: asistencia regular, menos absentismo, m�s seguridad, familias que se vinculan. “Los ves contentos”, dice. Y cuando esa constancia se engancha, el resto empieza a encajar. Hoy, la hija mayor ha terminado un Grado Medio sanitario (auxiliar de enfermer�a), hizo pr�cticas y trabaja en una residencia mientras se plantea el siguiente paso. El peque�o ha titulado la ESO y cursa un Grado Medio de Electromec�nica; est� de pr�cticas en un taller. “Me siento orgullosa: ella con la bata de auxiliar, �l con el mono de mec�nico”, dice Esther.

Para ella, ese uniforme es m�s que ropa: es una prueba de futuro, una oportunidad a la que ella nunca ha podido acceder. En un futuro le gustar�a ser cocinera. Sue�a con abrir un restaurante africano en Zaragoza: “Aqu� no hay mucha comida africana. Quiero que prueben comida de otro continente”. A otras madres que est�n como ella estuvo les da un consejo directo: paciencia. “Con paciencia se consigue. Y fe en los trabajadores sociales y los profesores”. “Yo no pude estudiar ni elegir trabajo, pero ellos s� podr�n hacerlo”, remata.


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