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Científicos reconstruyen los cromosomas intactos de un mamut de 52.000 años y descubren qué genes seguían activos en el momento de su muerte
Durante décadas, los genetistas han trabajado con fragmentos dispersos de ADN antiguo, como si intentaran reconstruir un libro a partir de páginas rotas y mezcladas. Ahora, un equipo internacional ha logrado algo que muchos consideraban imposible: recuperar no solo la secuencia genética de un mamut lanudo, sino también la arquitectura tridimensional de sus cromosomas. El hallazgo, publicado en la revista Cell, cambia las reglas del juego en paleogenómica.
Hace unos 52.000 años, una hembra de mamut lanudo murió en lo que hoy es el noreste de Siberia. Su cuerpo quedó atrapado en el permafrost, sometido a un frío extremo y a un ambiente seco que, con el tiempo, transformó su piel en una suerte de tejido deshidratado y estable. Esa combinación de congelación y pérdida de agua fue, según el estudio, la clave para preservar su material genético de una manera inédita.
Tal y como ha revelado el equipo en Cell, no solo se ha podido secuenciar el genoma completo del animal, sino también reconstruir la disposición espacial de su ADN dentro del núcleo celular. Es la primera vez que se consigue algo así en un organismo tan antiguo.
Más allá de fragmentos: cromosomas fósiles en tres dimensiones
Hasta ahora, el ADN antiguo aparecía fragmentado en miles de pequeños trozos. Esa fragmentación, inevitable tras la muerte, limita el tipo de preguntas que pueden hacerse los científicos. Se pueden detectar mutaciones puntuales o comparar variantes con especies actuales, pero resulta imposible saber cómo estaban organizados los cromosomas o qué genes estaban activos.
En este caso, sin embargo, el equipo desarrolló una técnica adaptada llamada PaleoHi-C, basada en el método Hi-C que se emplea en biología molecular para estudiar la organización tridimensional del genoma. Esta estrategia permitió mapear los contactos entre regiones de ADN que estaban físicamente próximas en el núcleo en el momento de la muerte del animal.
El resultado fue sorprendente: los cromosomas del mamut no solo estaban presentes, sino que conservaban su estructura a escalas de hasta 50 nanómetros. Es decir, la arquitectura genética había quedado “congelada” en el tiempo.
Lejos de tratarse de una simple curiosidad estructural, esta preservación permitió ensamblar el genoma con una precisión sin precedentes. El equipo reconstruyó 28 pares de cromosomas, el mismo número que presentan hoy los elefantes asiáticos y africanos, los parientes vivos más cercanos del mamut.

Un estado “vítreo” que lo cambió todo
¿Cómo es posible que el ADN no se dispersara durante decenas de miles de años? Tras la muerte, las moléculas suelen degradarse y difundirse, perdiendo cualquier rastro de organización. Pero en este caso ocurrió algo distinto.
Tal y como explica el estudio, la deshidratación extrema provocó una transición física similar a la formación de un vidrio. El material biológico quedó atrapado en una matriz rígida que frenó el movimiento molecular. Sin agua disponible, los fragmentos de ADN no pudieron desplazarse libremente. En lugar de convertirse en una “sopa” genética, permanecieron en su posición original.
Los investigadores denominaron a este estado “chromoglass”, un material biológico desecado y estable que podría, en teoría, conservar información estructural durante millones de años si se dan las condiciones adecuadas.
Para poner a prueba su hipótesis, el equipo realizó experimentos con hígado de vacuno fresco y deshidratado. Tras varios días a temperatura ambiente, el ADN del tejido fresco se desintegró en fragmentos sin organización. En cambio, el tejido deshidratado conservó su estructura cromosómica incluso después de un año. Ni siquiera pruebas extremas —como impactos mecánicos— lograron destruir la arquitectura microscópica.
Qué genes estaban activos cuando murió el mamut
La verdadera revolución de este trabajo no es solo técnica, sino biológica. Al conservarse la compartimentación tridimensional del genoma, los investigadores pudieron inferir qué regiones estaban activas y cuáles permanecían inactivas en la piel del mamut.
Comparando el patrón de activación genética con el del elefante asiático, el estudio identificó centenares de genes con actividad diferencial. Algunos estaban relacionados con el crecimiento del pelo y la adaptación al frío, rasgos emblemáticos del mamut lanudo.
Tal y como comentan los investigadores, genes asociados al desarrollo folicular y a la regulación térmica mostraban una organización distinta respecto a los elefantes modernos. En cambio, otros genes vinculados a la piel en los elefantes actuales aparecían menos activos en el mamut.
Esta información no se limita a confirmar lo evidente —que el mamut era más peludo—, sino que aporta detalles sobre las rutas moleculares implicadas en esa adaptación. Permite, por primera vez, relacionar rasgos anatómicos con patrones concretos de regulación genética en un animal extinguido.

Implicaciones para la desextinción y la conservación
El hallazgo tiene también una dimensión aplicada. Diversos grupos trabajan en proyectos de “desextinción” que buscan introducir variantes genéticas del mamut en el genoma del elefante asiático para recrear animales adaptados al frío. Sin embargo, conocer únicamente la secuencia de ADN no basta.
Tal y como señala el estudio, la arquitectura del genoma —cómo se pliega y qué regiones interactúan— influye en la expresión génica. Dos especies pueden compartir genes similares, pero si su organización tridimensional difiere, el resultado biológico también cambia.
Comprender esas diferencias estructurales podría ayudar a identificar qué modificaciones serían necesarias para aproximarse al fenotipo del mamut. Aun así, los propios autores advierten de que este trabajo es solo un paso preliminar y que la complejidad de la biología del desarrollo hace improbable una “resurrección” completa en el sentido estricto.
Más allá del debate sobre la desextinción, la técnica abre posibilidades en el estudio de otras especies extinguidas e incluso de restos humanos momificados. Si se encuentran tejidos sometidos a procesos de desecación similares, podría ser posible recuperar información tridimensional del genoma.
Uno de los aspectos más sugerentes del estudio es la posibilidad de que este tipo de preservación no sea un caso aislado. Según los cálculos presentados por los autores, el método podría funcionar con muestras de hasta dos millones de años, siempre que las condiciones de congelación y deshidratación hayan sido adecuadas.

Eso ampliaría enormemente el horizonte de la paleogenómica. Hasta ahora, el límite práctico para leer ADN antiguo estaba determinado por la degradación química de las bases. Pero si además se preserva la arquitectura espacial, las preguntas científicas cambian radicalmente.
Ya no se trataría solo de saber “qué letras” componían el genoma, sino de comprender cómo se organizaban y funcionaban en la célula. En otras palabras, no solo leer el texto, sino también interpretar su estructura editorial.
El mamut siberiano —apodado informalmente por su peculiar melena— se ha convertido así en algo más que un fósil espectacular. Es la prueba de que, en circunstancias excepcionales, la biología puede quedar suspendida en el tiempo con un nivel de detalle que hasta hace poco parecía inalcanzable.
La imagen clásica del ADN antiguo como un conjunto caótico de fragmentos empieza a cambiar. En algunos casos, la historia genética no está dispersa: está cuidadosamente plegada, esperando a que alguien aprenda a desplegarla.
Referencias
- Sandoval-Velasco M, Dudchenko O, Rodríguez JA, et al. Three-dimensional genome architecture persists in a 52,000-year-old woolly mammoth skin sample. Cell. 2024;187(14):3541-3562.e51. doi:10.1016/j.cell.2024.06.002



