Internacional
Preludio de aniversario en Kyiv
Viajar es hoy uno de los actos m�s triviales de nuestra vida corriente. Billete en ristre, recorremos aeropuertos indistinguibles entre s�, y emergemos en otro lugar sin que el desplazamiento haya exigido de nosotros m�s que una m�nima log�stica. El viaje ha dejado de ser transici�n -inici�tica en su expresi�n noble- para convertirse en pura gesti�n. Nos movemos con la naturalidad de lo cotidiano. Y en esa mudanza sin fricci�n perdemos algo b�sico: la preparaci�n interior que, durante siglos, form� parte inseparable del hecho de viajar.
Hemos de desconfiar del viajero apresurado que somos. La antropolog�a nos ense�� que comprender requiere tiempo, convivencia, inmersi�n; que no basta con mirar; que hay que habitar. Pero esa advertencia, ascendida a dogma de turismo masificado, corre hoy el riesgo de constituir un espejismo inverso: que la mera permanencia garantiza ahondar y -contradictoriamente- que el observador debe aspirar a una neutralidad as�ptica.
Los viajeros cl�sicos se dispon�an. Le�an antes de zarpar, estudiaban aquello que preve�an se aprestaban a percibir. El viaje comenzaba mucho antes de abordarlo. M�s all� de lo f�sico, era un ejercicio intelectual y moral. No era solo llegar, sino estar en condiciones de asimilar lo que se iba a ver y escuchar. Hoy, en cambio, hemos hecho del viaje consumo. Llegamos sin preparaci�n, oteamos sin contexto y regresamos sin que nada nos haya movido �ntimamente.
Pero hay viajes que se niegan a esa banalizaci�n. Viajes que no admiten la ligereza con la que transitamos el mundo. Viajar a Ucrania cuando se cumplen cuatro a�os de la invasi�n total lanzada por Rusia es uno de ellos. No es un desplazamiento m�s: demanda preparaci�n porque obliga a confrontar no solo una guerra, sino los interrogantes que esa guerra sugiere para Europa, y c�mo nos interpela personalmente.
La preparaci�n empieza con la incorporaci�n del tiempo lento. A Kyiv no se llega con la facilidad anest�sica del vuelo directo. El avi�n, instrumento de nuestra impaciencia contempor�nea, nos ha acostumbrado a la ilusi�n de haber superado el engorro del espacio en medio. Pero Kyiv implica otro modo. Desde la frontera polaca son m�s de doce horas de carretera hipn�ticamente recta, cruzando las caravanas que se dirigen a los cementerios, a enterrar en el terru�o a los ca�dos, con los arcenes festoneados de figuras arrodilladas en se�al de respeto y duelo. La alternativa es el tren nocturno -otras tantas horas atravesando lentamente una geograf�a herida- con p�tina de irrealidad, como si perteneciera a otra �poca. Esa andadura suma al aprendizaje. Introduce una distancia indispensable entre el mundo que dejamos atr�s y el que vamos a descubrir. Obliga a rumiar que no es una visita m�s.
La preparaci�n es tambi�n mental. Porque antes de partir es inevitable plantearse una pregunta inc�moda: �qu� a�ade nuestra presencia all�? Ucrania no necesita testigos ocasionales para certificar su sufrimiento. Y el peligro acecha, aunque se haya integrado en la rutina de la vida all�. La guerra no ha desaparecido; se ha normalizado. Viajar en estas circunstancias exige, por tanto, preguntarse si la operaci�n tiene un sentido que trascienda de la curiosidad o el gesto simb�lico.
Y exige preparaci�n intelectual. Porque no cabe ir a hablar con los ucranianos -a su casa, en su guerra- sin haber intentado antes sistematizar reflexiones pertinentes a las preguntas esenciales. �En qu� punto se halla esta guerra, m�s all� de los partes diarios? �Qu� significa negociar cuando el conflicto no est� claramente decantado? �Cu�l es el futuro de un pa�s cuyo sacrificio abarca varias generaciones, ya truncadas? �Qu� significa, en concreto, el compromiso de adhesi�n a la Uni�n Europea? �Es una garant�a o un horizonte que se aleja a medida que se avanza hacia �l? Y, sobre todo, la pregunta m�s dif�cil: �puede Ucrania sostenerse cuando el equilibrio de voluntades que hoy la aguanta deje al raso su quiebra?
Estas no son preguntas abstractas. Son determinantes del porvenir de un pa�s que ha hecho de su supervivencia un continuo de afirmaci�n pol�tica. Ucrania no solo resiste. Ucrania decide, cada d�a, seguir existiendo como sujeto soberano en un entorno rabiosamente hostil. Y en ese esfuerzo hay una lecci�n que Europa no puede ignorar, porque la guerra no solo ha puesto en cuesti�n las fronteras de Ucrania. Ha puesto en cuesti�n la naturaleza del orden europeo que cre�amos consolidado.
Viajar a Ucrania, en este aniversario, no es, pues, mero acto de observaci�n. Es un acto de compadecimiento en el sentido profundo, de comuni�n. Exige desprenderse del confort del espectador, aceptando que all� no es un mundo ajeno. Prepararse para ese viaje es aceptar que no se trata solo de comprender a Ucrania. Se trata de descifrar qu� revela Ucrania sobre nosotros mismos, individual y colectivamente. Porque en Kyiv no se conmemora �nicamente la resistencia de un pa�s. Se mide tambi�n la consistencia de las convicciones europeas, y una aprehensi�n de nuestras vidas aceleradas, a menudo vac�as de sustancia.
Por eso este viaje reclama un preludio. No como formalidad. Como vigilia. Viajar, en este caso, no es trasladarse. Es abrirse a entender. Y a entendernos. No buscar solo contemplar, sino propiciar una transferencia inevitable entre quien llega y quien recibe. Abrazar lo distinto y novedoso implica dejarse afectar y, al tiempo, asumir c�mo nuestra presencia tambi�n altera. Esa “contaminaci�n” no es defecto; compone una relaci�n honrada, una exposici�n rec�proca haciendo visible que nadie sale indemne del encuentro. El romanticismo elev� el viaje en experiencia interior; la antropolog�a lo racionaliz� en m�todo. Ambos, sin embargo, compart�an una premisa hoy olvidada: no basta con estar all�, es preciso resolverse a un intercambio que nos comprometa.
Viajar a Ucrania en guerra exige dilucidar si nuestra presencia a�ade comprensi�n o simplemente relato. En una �poca que convierte toda pr�ctica en narraci�n y toda narraci�n en capital simb�lico, el sufrimiento ajeno no puede bastardearse en confirmaci�n de coherencia moral propia. No se viaja para reafirmarse. Se viaja para aceptar que ese conflicto tambi�n nos concierne y de �l derivan obligaciones que no terminan al regresar.



