Internacional
Sorbos del infierno: una mañana de entrenamiento extremo bajo los drones explosivos de los Peaky Blinders de Ucrania
La semana pasada, 14 voluntarios lituanos “gigantes y fuertes” escucharon que su unidad realizaba entrenamientos de �lite y que pod�as aprender con ellos en una ma�ana lo mismo que con otros en dos semanas. As� que los 14 fueron aceptados en la formaci�n de combate contra drones y evacuaci�n bajo el fuego. Los instructores los dividieron en dos grupos de siete, dieron instrucciones claras bajo la protecci�n de la l�nea de �rboles y llevaron al primer grupo hasta el p�ramo nevado.
Una vez all�, fueron sometidos “a un ejercicio que simula la guerra de verdad para poner sus capacidades al l�mite”. Al verlo, los siete miembros lituanos del segundo grupo se negaron a participar en el siguiente turno.
Esta es toda la informaci�n que nos llega de este entrenamiento al que EL MUNDO ha sido cordialmente invitado a participar. Por supuesto, hemos aceptado. Pocas veces se disfruta de una experiencia as�. Nuestros compa�eros ser�n veteranos de la unidad Peaky Blinders (o Gostri Kartuzy, en ucraniano), que los lectores de este diario ya conocen por anteriores visitas de este reportero. Ahora est�n de descanso en su ciudad, J�rkiv, y quieren ponerse de nuevo en forma.
Un artista an�nimo ha compuesto una canci�n a estos Peaky Blinders de Ucrania en la que canta: “Decapitaremos con nuestras cuchillas a todos los pidars [maricones, en ruso] que vengan a ocupar nuestra tierra”. Olexander Spitsyn, hermano de Anton, su fundador fallecido en combate, nos recoge en un coche donde suena esa melod�a a todo volumen junto a Georgiy, el otro oficial de la unidad. La imagen de estos dos militares est� en grandes carteles por toda la ciudad. Juntos vamos por una carretera cubierta por redes antidrones a alg�n lugar que s�lo ellos conocen.
– �D�nde nos llevas?
– Vamos a un campo que est� cerca del frente. Es un buen sitio para practicar.
– �Es peligroso?
– Todos los d�as pasan algunos drones rusos por all�. Cada vez m�s. Pero nosotros ya estamos acostumbrados a ver explosiones y disparos. No nos llaman la atenci�n. Con los Peaky Blinders siempre tenemos aventura asegurada y hoy no ser� una excepci�n.
A ellos no les llama la atenci�n, pero uno mentir�a si dijera que no va con miedo. Hay algo atractivo en tal propuesta: intentar saber qu� se siente cuando un dron FPV avanza hacia ti como un depredador o cuando otro te lanza una granada a 30 metros de altura, pero sobre todo resulta interesante conocer c�mo deben responder los soldados a esa amenaza y a qu� peligros est�n sometidos en esta guerra. Cuando llegamos, dejamos el coche escondido bajo unos �rboles y ya vemos otros dos veh�culos bien camuflados con redes.
Uno de los soldados, junto a las armas utilizadas durante el entrenamiento.
Georgiy tiene prisa. Da unas cuantas instrucciones muy claras sobre c�mo sobrevivir al ataque de un dron: “Cuando avances, hazlo en silencio. Nada de conversaciones. El dron se oye y lo primero que debes determinar es d�nde est� y su tipolog�a, porque cada modelo ofrece una amenaza diferente. Grita tres veces para que tus compa�eros lo vean. Cuando lo tengas localizado, no lo pierdas de vista nunca. Camina hacia atr�s apunt�ndolo con tu arma y dispar�ndole para tratar de derribarlo, pero no corras en p�nico. Mira s�lo hacia atr�s dos o tres segundos y vuelve la vista hacia �l. Defi�ndete. Si percibes que lanza una granada, tienes cuatro o cinco segundos para dar tres pasos largos y lanzarte cuerpo a tierra, siempre con la cabeza en el punto m�s alejado. Si lo haces bien lograr�s siete u otro metros de distancia que pueden salvarte la vida”.
Ya en el campo, sin la protecci�n de los �rboles, nos hacen correr con el chaleco antibala y el casco 300 metros por la nieve hasta el punto elegido. Con el jadeo del esfuerzo aparece el primer dron del d�a. Gritamos tres veces y mis compa�eros apuntan su fusil AR15 y comienzan a disparar contra el dron. “Mu�vete, �davai! (vamos)”, grita Georgiy. Pero es complicado caminar hacia atr�s por la nieve y tratar de seguir con la vista a ese trasto endiablado que corre m�s que tu vista.
No tarda en lanzar su carga, as� que mis compa�eros gritan y tratamos de seguir las instrucciones: tres pasos largos, un, dos, tres, al suelo. Lo que no hab�an contado los instructores es que la granada tiene explosivo (pero no metralla), as� que adem�s de dejar un cr�ter negro de dos metros en la nieve, la detonaci�n nos roc�a de trozos congelados de tierra y nos deja sordos y aturdidos por unos segundos. Georgiy grita: “�M�s distancia, separaos unos de otros!”. Tendidos sobre la nieve helada, tratamos de ponernos en pie de nuevo y correr en diferentes direcciones, pero en esos segundos el dron lanza su segunda carga, que cae a tres metros. De nuevo, la explosi�n nos zarandea. “�Acabas de morir, periodista!”, dice Georgiy, que pide por radio que maten otro dron, y otro m�s, y otro m�s…
C�mo ya nos imagin�bamos, ahora que nos tienen exhaustos van a complicar el juego. Nos dicen que uno de los veteranos ha quedado supuestamente herido y hay que evacuarlo bajo el fuego, as� que dos miembros de los Peaky Blinders ponen un torniquete en su pierna y sacan una camilla enrollable y arrastrable, donde colocan al soldado m�s fond�n de la unidad, al que se le calculan 100 kilos por lo bajo, y que finge un dolor terrible al grito de “blyat“, esa navaja suiza del insulto que vale para el ruso y el ucraniano y que puede traducirse como “joder”. Mientras, los dem�s tenemos que vigilar el cielo y fingir con armas reales o imaginarias que somos capaces de hacer frente a esos aparatos del demonio.
Tiramos del compa�ero herido con las piernas hundidas en la nieve cuando Olexander, el l�der de la unidad, dispara su AK12 a cent�metros de mi oreja mientras nos dedica insultos irreproducibles. Mis compa�eros se lanzan de nuevo cuerpo a tierra porque viene otra oleada de granadas detonantes. No te matan, pero dan miedo, as� que intento alejarme, aunque a los pocos segundos ya las tenemos encima. La adrenalina nos sale por las orejas, masticamos cortisol y el aire fr�o a 10 bajo cero nos quema los pulmones. A estas alturas es muy complicado mirar al cielo y saber d�nde est�n los drones. Boom.
Los veteranos de los Peaky Blinders arrastran por la nieve a un compa�ero ‘herido’ durante el ejercicio.
No hemos recorrido ni 80 metros de los 300 que tenemos que caminar con el herido hasta la zona de �rboles cuando nos mandan tambi�n drones kamikaze. Los pilotos de estos drones hacen que sus h�lices casi rocen nuestros cascos mientras otros compa�eros tratan de derribarlos con sus armas. El peligro del fuego amigo es evidente, porque es muy f�cil perder el sentido de la orientaci�n en este p�ramo nevado y acabar disparando a una persona mientras siguen a los drones en vuelo. Pero aqu� hemos venido a jugar y los instructores siguen gritando y disparando al aire junto a nosotros como posesos para intentar que nuestro estr�s se multiplique para cuanto tengamos que enfrentarnos a una situaci�n real, que en el caso de los compa�eros de ejercicio ser� en breve.
Tampoco sab�amos que los drones kamikaze que usan tienen explosivo en la punta y que estallan al estrellarse, como hacen los que se usan en combate, aunque sin la metralla que nos llenar�a el cuerpo de trocitos de metal caliente. Uno de ellos cae a un metro de un militar dejando una nube de humo, antes de que reviente a su espalda otra granada disparada desde un Mavic. En este p�ramo nevado se reproducen en ese momento las condiciones del frente de batalla de Ucrania, el m�s letal de la historia de los conflictos humanos.
EL MUNDO participa en un entrenamiento con fuego real con los Peaky Blinders, en J�rkiv.
Cuando conseguimos trasladar al herido al punto de evacuaci�n estamos tan f�sicamente rotos que durante unos minutos nadie habla. Un regusto a v�mito pide paso en nuestra garganta. No hay ox�geno en el mundo que pueda alimentar nuestros pulmones. Los o�dos est�n taponados por las explosiones. El �cido l�ctico nos anuda las piernas y los brazos, y cuando por fin nos ponemos de nuevo en marcha sentimos c�mo el temblor sustituye a la fuerza. Uno puede presumir de llevar a�os devorando clases de CrossFit, completando triatlones o compitiendo cada fin de semana en carreras de Hyrox, pero una ma�ana de entrenamiento con los Peaky Blinders te pone en tu sitio. En toda la cita se usaron unos 10 drones de dos tipos, recargados y lanzados una y otra vez contra nosotros. S�lo dos fueron derribados.
Cuando uno cree que la fiesta ha terminado aparece un invitado inesperado, consecuencia de entrenar junto a la llamada zona de aniquilaci�n o �rea de combate. Un zumbido lejano irrumpe en el cielo. Al principio pienso que es una nueva sorpresa de los Peaky Blinders, pero la preocupaci�n de sus rostros parece real. Olexander grita: “Tse pidarskiy dron“ (“Es un dron de los maricones“, como llaman a los rusos). Unos toman sus armas y otros buscan cobijo en la zona m�s frondosa de la l�nea de �rboles. Con las pulsaciones disparadas voy detr�s de ellos y hago lo mismo, pero el que tengo al lado me pide que me aleje, que estamos muy cerca y somos un blanco jugoso. Comienza una ensalada de tiros para intentar derribarlo mientras me pego al tronco de un �rbol, en la confianza rid�cula de que no me vea. Pero el piloto ruso del dron tiene otro objetivo m�s all� y el aparato nos pasa por encima sin mayor novedad.
Como si nada, los miembros de esta extra�a cofrad�a vuelven a la normalidad y se sirven un t�. Nos acompa�a alg�n nuevo recluta que desea formar parte de tan selecto grupo de militares, una de las unidades m�s veneradas y a la vez m�s extra�as de la guerra, ya que est� formada por una base de viejos amigos de J�rkiv que se han llevado el uso de drones de ataque a otro nivel, y que probablemente m�s bajas han creado al invasor ruso siendo tan pocos miembros. Son una familia: para acceder a ella no s�lo tienen que pasar cursos como este, sino caerles bien a ellos.
Olexander ordena levantar el campamento ya cuando no quedan energ�as para nada m�s. En el coche, de nuevo a toda velocidad, pregunta:
– Te dije que somos felices reventando cosas y te promet� una aventura. �Lo has pasado bien?
– Mmmmm. S�.






