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Santiago Rojas, por Sergio Heredia

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De vez en cuando, Santiago Rojas me escribe. Es así desde hace casi treinta años.

Me pregunta cómo me va, me pregunta por la niña, me habla de sus tres criaturas, me habla de la amistad y la familia. Me dice:

Cuando Rojas impactó un crochet en el rostro del rival, se volvió hacia mí y me guiñó el ojo

–Hola Sergiooo️, muy buenos días. ¿Qué tal estás? Espero que tú y los tuyos se encuentren maravillosamente bien. Un abrazo.

Al leerle, pienso en los acordes de una canción de los Beatles. ¡Cuánto confort en un mensaje tan sencillo!





Sus palabras me alegran el día.

Conocí a Santiago Rojas en el 2001. Sucedió en un cuadrilátero del pabellón Picadero, aquel que llamábamos Palau Blaugrana 2. Bien, Santiago Rojas estaba en el cuadrilátero y yo, contemplándole desde el gallinero. Rojas era un púgil extraordinario. Peso pluma. El cirujano, le llamaban en República Dominicana, su país de origen. En el Caribe, había sido una celebridad.

En un momento del combate, los púgiles se engancharon y giraron sobre sí mismos, y luego siguieron golpeándose. Cuando Rojas impactó un crochet en el rostro del otro, se volvió hacia mí y me guiñó el ojo.

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El combate acabó siendo suyo y más tarde, fui a verle al vestuario. Le habían abierto una ceja:

–¿Duele?

–No mucho, ya veremos mañana.

Al cabo de una semana me invitó a comer en su hogar. Tomamos sancocho y hablamos de literatura. Había cientos de libros por doquier.



–El boxeo, para mí, es solo una herramienta. Lo que me gusta es leer y escribir –me dijo.

Santiago Rojas, inclinado y de frente, en pleno combate en el 2002

Santiago Rojas, inclinado y de frente, en pleno combate en el 2002 

Llibert Teixidó

Algunos años después, cuando ya estaba desencantado de los guantes y los mánagers y había abandonado el boxeo –“desde luego, no me estaba haciendo rico”–, Santiago Rojas montó un quiosco en la parada de metro de Sants, muy cerca de su casa, y allí pasó un buen tiempo, rodeado de sus queridos libros, en la profundidad del pasillo que los transeúntes recorren apresurados, siempre llegando tarde.

Y mientras leía y vendía libros, y se planteaba la posibilidad de retomar la carrera de Derecho, se formaba como coach.



Entonces, como ahora, seguía mandándome mensajes en el móvil:

Unas veces me felicitaba el cumpleaños. Otras, el Año Nuevo. Por whatsapp, hablamos de Poli Díaz, de Mike Tyson y de Enmanuel Reyes Pla, el profeta, el voluminoso español que se había aupado al podio de los pesos pesados en los Juegos de París 2024. La semana pasada, me envió un recorte del diario Hoy , dominicano. La pieza, publicada en 1996, recordaba los días en que nos íbamos a comer el mundo como si fuera un sancocho. Decía:

“Sueño con ser campeón, después retirarme y vivir de mi verdadera profesión”.

Por muchos años más whatsappeándonos.


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