Internacional
Mulholland Drive
Hace 30 a�os, entr� en un primero de algo, en un barullo feliz de chicos que estaban deseando entrar en el mundo de los adultos y hacer amigos y en el que destacaba obviamente nuestra compa�era G. �Qu� debo contar de G.? Que era tres a�os mayor que nosotros, que era protagonista en clase y encantadora en los corrillos y que resultaba inconfundible a simple vista porque habitaba en una sucesi�n infinita de vestidos negros y de sandalias de tac�n con tiras transparentes al estilo de Posh Spice.
Su equipaje inclu�a los dem�s complementos convencionales del amor: la voz dulce, la melena larga, la embriaguez de los perfumes, la manera de fumar de Ava Gardner… En fin: muchos a�os despu�s reconoc� su pose en el personaje de Nicole Kidman en Todo por un sue�o.
Para saber m�s

Historia del pelo

Respiraci�n artificial
As� era G. con los profesores, desafiante. Con los alumnos ten�a otro patr�n. A los chicos les ofrec�a una amistad r�pida, intensa y coqueta. Les hablaba de futbolistas a los que hab�a tomado como amantes, les contaba obscenidades inimaginables, tomaba el sol en topless a su lado y jugaba a celestina lasciva con ellos y sus compa�eras. Y as� los convert�a en sus esclavitos, en amigos-sirvientes que le consegu�an fotocopias, la llevaban, la tra�an y la escoltaban.
Con las chicas ten�a una variaci�n de ese juego: se brindaba a ellas como tutora para convertirlas en �t�as buenas� como dec�a ella, como ella misma era, a cambio de su vasallaje. Pero el mercado femenino le era menos propicio y, en cualquier caso, el sistema funcionaba mal: los esclavitos de G. se cansaban pronto y se iban de un portazo. Entonces, G. los sustitu�a por otros sirvientes, m�s torpes peor colocados en la sociedad de castas que se hab�a formado en nuestro primero. Con apuro confieso que fui parte de su carrusel.
Escribo de G. porque alguien me nombr� el lunes un restaurante, una pizzer�a famosa en esa �poca a la que nuestra compa�era nos llev� dos o tres veces. All� recib�a un siciliano simpatiqu�simo y siniestro al que hoy recuerdo con la cara de Dennis Hopper y que nos daba ese trato de �los amigos de G. son mis amigos, mi casa es tu casa�. Despu�s, en algo que llamar� la hora de los mayores, nos hac�a ver que nuestra funci�n de carabinas estaba cumplida y que pod�amos pagar en la barra. G. se quedaba y nosotros, Dios nos libre, nos absten�amos de juzgarla. �Si quiere ser una mujer de mil amantes, mira qu� bien, ya me gustar�a a m��. Pobre G, ahora lo entiendo.
El otro d�a, al recordar esa �poca, me dijeron que todo aquello sonaba a la isla de Epstein. Y entonces me asaltaron como destellos tres dolorosos recuerdos. Uno: G. llorando en un coche. Dos: una chica de clase que abandon� el grupo y se volvi� esquiva despu�s de que pasara algo nunca aclarado. Tres: G. ciega de furia contra otra antigua amiga que se hab�a convertido en enemiga. Primero de Mulholland Drive fue aquel a�o.




