Internacional
Rosebush Pruning: Karim Aïnouz se desorienta por el camino que lleva a Yorgos Lanthimos (**)
Hay pel�culas que funcionan mucho mejor contadas que sobre la pantalla. De hecho, buena parte del cine supuesta y vocacionalmente radical solo habita en los dosieres de prensa, mucho de ellos redactados por sus directores. Una pel�cula de ocho horas y cinco minutos que consista en un plano fijo de un edificio emblem�tico de Nueva York es una reflexi�n reveladora sobre el paso del tiempo o una experiencia traum�tica o las dos cosas. Seg�n. Todo depende de c�mo se encuentre el cuerpo el d�a que se decide ver. Pero lo cierto es que una cinta as� gana mucho en la conciencia y experiencia del espectador si justo cuando vas a entrar el cine te anuncian que ya no quedan entradas. Con Rosebush Pruning (La poda del rosal), del brasile�o Karim A�nouz, sucede algo parecido.
Todo parece ir bien desde el principio. Inspirada en el cl�sico de Marco Bellocchio de 1965 Las manos en los bolsillos y sobre un guion firmado por Efthymis Filippou, libretista del griego Yorgos Lanthimos, la idea es retratar las miserias de una familia de ricos americanos, burgueses hasta la desesperaci�n y perdidos en una err�tica existencia de lujo, extravagancia y pereza. Se trata de analizar la perversi�n m�s �ntima del sistema que nos hemos dado desde un cine eminentemente perverso, provocador y ajeno a los prejuicios. Si a la declaraci�n de principios se suma un reparto en el que figuran de manera coral Callum Turner, Elle Faning, Pamela Anderson, Riley Keough, Jamie Bell, Tracy Letts y hasta Elena Anaya, todo encaja. Un dato m�s y no menor, toda ella est� rodada en Barcelona. L�stima que no se agotaron las entradas.
Desde el muy plat�nico plano de las ideas, todo funciona. Pero basta poner los pies en la tierra para que cueste conciliar el sue�o y ajustar la realidad de lo visto con las ideas de antes. La pel�cula, dec�amos, cuenta la historia de una familia no tanto disfuncional como solo rara. Cuatro hermanos viven con su padre supuestamente viudo y ciego en una err�tica armon�a entre la nada y el vac�o. Privilegios de la riqueza heredada que no paga impuestos de sucesiones. Y as� hasta que uno de ellos, el que interpreta Bell, anuncia que se casa con la mujer a la que da vida Faning y se dispone a abandonar la lujosa casa-c�rcel de barandillas de cristal y vistas a lo verde que oculta la pobreza de otros. Entonces, todo se desmorona y el hermano al que encarna Turner se las arregla para desarmarlo todo, descorrer velos y dejar a la vista todas las mentiras: ni la madre est� tan muerta como parece ni la pasta de dientes sirve solo para lo que dice el prospecto (turbia imagen la del dent�frico).
Rosebush Pruning se lo permite todo. Desde escenas de sexo sangrientas a lobos sangrientos pasando por sangres sangrientas. Eso y una voz en lacerante off que describe con un puntillosa monoton�a la miseria que nos habita. El problema, queda demostrado, es que el camino inaugurado por Lanthimos no es tan f�cil de seguir sin tropezarse en todo aquello que solo existe en la imaginaci�n de los detractores de, precisamente, Lanthimos. Frente a la puesta en escena extra�ada, casi metaf�sica, del director griego, A�nouz opta por un rigorismo excesivo y un af�n de sorpresa (que no solo provocaci�n) algo disfuncional �l tambi�n.
Y de este modo, todo resulta tan bobo como, justo es aceptarlo, elegante, turbio, inc�modo y hasta seductor. Sin embargo, y esto ya duele, hay una vocaci�n pedag�gica en se�alar donde est� lo malo que lamina buena parte del misterio. La gracia del cine de Lanthimos es ese empe�o por mover el significado de las cosas, por desorientar, por provocar en las mejor de las actitudes; una virtud que aqu� solo es enunciada. A�nouz es bueno se�alando al culpable en esta crisis apocal�ptica de magnates todopoderosos contra la democracia y gusta que molesten e irriten tanto (la sala gimi� de abucheos) esos planos siempre relamidos entre exuberancia de poder, el dinero y las marcas de lujo. Pero se enreda y hasta se pierde por culpa de un exceso de didactismo, de una conciencia demasiado evidente y a la vista del mal gusto que encierra el llamado buen gusto. Lo dicho, Rosebush Pruning es mejor contada que vista.
Hanna Bergholm, Rupert Grint y Seidi Haarla en la presentaci�n de Nightborn.AP
El terror de ser madre y las huellas del colonialismo
Las otras protagonistas del d�a en la secci�n competitiva llegaron de Finlandia y de Francia (o de Senegal, si atendemos a la doble nacionalidad del director). Por seguir con el juego del principio, el problema de la finlandesa es que la historia de Nightborn, de Hanna Bergholm, ya nos la contaron en, por ejemplo y por pionera, La semilla del diablo. El caso de DAO, del cineasta franco-senegal�s Alain Gomis y apenas visible en el tr�fico del d�a, es el contrario: aqu�, en cambio, estamos ante un vibrante y muy exigente ejercicio de cine que tambi�n es exploraci�n de la identidad poscolonial. Y est� s� justifica la aventura de llegar a tiempo a la sala.
La directora que ya demostrara su solvencia en el g�nero de terror con Ego (2022) quiere ahora ir m�s all�. Una madre da a luz a una criatura extra�a que prefiere la sangre a la leche materna y la carne cruda a los potitos. No pasa nada, gustos peculiares los hemos tenido todos. Pero claro, no hay ni econom�a familiar ni nervios que lo soporte. Nightborn arranca como un cuento barroco y de misterio se dir�a que ortodoxo. Demasiado. Y es por ello, por la voluntad expresa de romper esquemas, que pronto deriva en muchas cosas y todas a la vez: gran gui�ol, comedia grotesca, fantas�a animada y hasta met�fora existencialista. Ambici�n no falta y eso es bueno. Pero el caos es tal que dar�a la impresi�n que ante la duda de no tener claro lo que se quiere ser se opta por todo al mismo tiempo. Y eso, en efecto, no hay nervios que lo resista.
El caso de DAO es diferente por su rigor, su claridad y su intensidad. Bien es cierto que las tres horas largas por las que se precipita avanzan por la pantalla sin la menor intenciones de hacer ni prisioneros ni socorrer a los heridos. Se cuenta las historias en paralelo de una boda en Francia y un funeral por la muerte de un anciano en Guinea-Bissau. En la primera se casa la hija de la misma mujer que en la segunda viaja con esa misma hija a la tierra de sus ancestros. “Dao”, se lee al principio, “es un movimiento perpetuo y circular que fluye en todo y une al mundo”. De eso se trata, de juntar lo que se separ�, de unir hogares y de resta�ar heridas. Desde aqu�, el director de la brutal y conmovedora F�licit� (2017) confecciona un crisol de miradas, gestos y conflictos. Todos ellos muy vibrantes y profundos; misteriosos y pugnaces.
A su vez, el director ense�a el artificio de su pel�cula y exhibe a los actores en la preparaci�n de los personajes que har�n en la realidad. Todos dicen lo que quieren ser y lo que nunca se atrever�an a encarnar. Digamos que en ese juego entre lo real y la fabulaci�n, DAO se presenta al espectador como un rito eterno, como un manifiesto contra la brutalidad colonial que a�n vive y como una aventura cinematogr�fica nueva, tensa y provocadora hasta, justo es reconocerlo, el agotamiento.




