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Por qué este descubrimiento sobre ardillas y viruela del mono preocupa a los expertos en salud pública

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La viruela del mono, conocida hoy como mpox, ha dejado de ser una infección limitada a brotes aislados en zonas rurales de África para convertirse en un problema de salud pública global. En los últimos años, la Organización Mundial de la Salud ha declarado emergencias internacionales debido a su expansión. Aunque la transmisión entre personas ha acaparado titulares, los científicos llevan tiempo insistiendo en que el origen del problema sigue estando en la naturaleza, en el modo en que el virus circula entre animales y salta ocasionalmente a otros huéspedes.

Un estudio publicado en Nature aporta ahora datos directos desde el bosque tropical de Taï, en Costa de Marfil. Allí, un equipo internacional documentó un brote en una comunidad de mangabeys silvestres y reconstruyó su posible origen combinando vigilancia sanitaria, análisis genómicos y estudios de dieta. El trabajo no se limita a describir un episodio aislado, sino que aborda una pregunta clave: qué especies mantienen el virus en la naturaleza y cómo puede producirse un salto entre animales.

Un brote inesperado en plena selva

A finales de enero de 2023, investigadores que siguen de forma diaria a un grupo habituado de mangabeys (Cercocebus atys) observaron lesiones cutáneas compatibles con infección por MPXV. El grupo estaba formado por unas 80 crías y adultos, y en pocas semanas casi un tercio presentó síntomas visibles. Según el artículo, “el brote afectó a un tercio del grupo, matando a cuatro crías”, una cifra relevante en una población salvaje donde cada individuo cuenta para la estabilidad social.

Las lesiones evolucionaron desde manchas rojizas hasta pústulas y costras, y en algunos casos se acompañaron de letargo y pérdida de apetito. Las necropsias realizadas a tres de las crías fallecidas confirmaron la presencia de ADN viral en múltiples órganos. Además, el análisis de 170 muestras fecales recogidas durante el periodo de síntomas detectó material genético del virus en 36 muestras correspondientes a 19 individuos, incluidos animales sin signos clínicos. Este hallazgo sugiere que el virus pudo circular de forma subclínica antes de hacerse evidente.

El equipo no se quedó en la descripción clínica. Aplicó técnicas de secuenciación de alto rendimiento para reconstruir genomas casi completos del virus tanto en tejidos como en heces. Los genomas obtenidos eran idénticos entre sí en más del 90% del genoma analizado, lo que apuntaba a un único episodio de introducción en el grupo y a una transmisión interna posterior.

Mapa del parque nacional de Taï y del área donde apareció la ardilla infectada, situada a pocos kilómetros del grupo de mangabeys afectado. Fuente: Nature

La pista genética que señala a las ardillas

Mientras analizaban el brote en mangabeys, los investigadores revisaron muestras de pequeños mamíferos recogidas en la zona entre 2019 y 2024. Entre casi 700 animales capturados o hallados muertos, apareció un caso clave: una ardilla de patas rojas (Funisciurus pyrropus) encontrada sin vida el 3 de noviembre de 2022, a unos tres kilómetros del territorio del grupo de primates.

El artículo es explícito: “Identificamos una ardilla de patas rojas infectada con MPXV (Funisciurus pyrropus), encontrada muerta a 3 km del territorio de los mangabeys 12 semanas antes del brote”. Todos los órganos analizados contenían altas cargas virales, y el equipo logró aislar virus viable a partir de distintos tejidos. Esto indica que no se trataba de una simple contaminación ambiental, sino de una infección activa.

La comparación genética fue aún más reveladora. “Los genomas de MPXV de la ardilla y del mangabey eran casi idénticos”, señalan los autores. Solo se observaron pequeñas diferencias en regiones repetitivas del genoma. En términos evolutivos, esa similitud sugiere un evento reciente de transmisión entre ambas especies.

Para afinar la cronología, los investigadores aplicaron modelos de reloj molecular. Las estimaciones situaron el ancestro común más reciente de ambos virus entre 2019 y 2022, compatible con una transmisión reciente. Aunque los datos genómicos por sí solos no pueden demostrar la dirección exacta del salto, el contexto ecológico aportó más piezas al rompecabezas.

Evidencia en tiempo real de un salto entre especies

Uno de los aspectos más sólidos del estudio es la integración de datos de comportamiento y dieta. Los mangabeys son omnívoros y, en ocasiones, cazan pequeños mamíferos. Los investigadores revisaron grabaciones antiguas y hallaron un vídeo de 2014 en el que un individuo consumía precisamente esta especie de ardilla.

Además, analizaron 78 muestras fecales recogidas antes del brote mediante técnicas de metabarcodificación. En dos de ellas apareció ADN de la ardilla de patas rojas. Lo más llamativo es que una de esas muestras, tomada semanas antes de que se observaran los primeros síntomas, contenía tanto ADN de la ardilla como del virus. Según el artículo, “esto representa un caso raro de detección directa de transmisión interespecífica”.

El propio trabajo concluye de forma clara: “Nuestros hallazgos indican que las ardillas de patas rojas fueron la fuente del brote de MPXV en los mangabeys”. Esta afirmación no se basa en una única prueba, sino en la convergencia de datos genéticos, temporales y ecológicos.

Este conjunto de evidencias convierte el estudio en uno de los pocos casos documentados en la naturaleza en los que se puede reconstruir con detalle un posible salto de virus entre especies silvestres, algo extremadamente difícil de observar en tiempo real.

Hembra adulta de mangabey (Cercocebus atys) alimentándose de una ardilla en el Parque Nacional de Taï, el 9 de diciembre de 2014. Imagen que documenta el consumo de pequeños mamíferos por parte de estos primates silvestres. Foto: Taï Chimpanzee Project/Alexander Mielke. Fuente: Nature

Reservorios, caza y riesgo humano

Desde hace décadas se sospechaba que algunas ardillas africanas podían actuar como reservorios naturales del virus. Sin embargo, faltaban pruebas directas de transmisión hacia otros mamíferos en condiciones naturales. El estudio no demuestra de manera definitiva que la especie mantenga el virus de forma permanente, pero sí acumula argumentos sólidos a favor de esa hipótesis.

El contexto social añade un elemento de preocupación. En muchas regiones de África occidental, la carne de animales silvestres sigue siendo una fuente importante de proteínas. El propio artículo recuerda que “porque las ardillas y los primates no humanos son cazados, comerciados y consumidos por humanos en África occidental y central, la exposición a estos animales probablemente representa un riesgo de transmisión zoonótica de MPXV”.

A diferencia de los grandes primates, las ardillas pueden adaptarse a hábitats fragmentados y plantaciones cercanas a aldeas. Esto aumenta las oportunidades de contacto con personas, incluidos niños que participan en la captura de pequeños roedores. Si el virus circula activamente en estas poblaciones, el riesgo de nuevos saltos al ser humano no es teórico.

El estudio también subraya que centrarse solo en una especie sería un error. Es posible que varios pequeños mamíferos participen en la ecología del virus. Por eso, los autores abogan por continuar la vigilancia genómica y ecológica en zonas endémicas, combinando salud humana, animal y ambiental bajo el enfoque One Health.

Implicaciones más allá del bosque de Taï

El hallazgo no implica que cada ardilla sea una amenaza ni que todos los brotes humanos procedan de esta especie concreta. Sin embargo, aporta algo que hasta ahora faltaba: una cadena plausible y documentada de transmisión entre especies silvestres.

Comprender dónde y cómo circula el virus en la naturaleza es esencial para diseñar estrategias preventivas realistas. Eso incluye campañas de sensibilización sobre el manejo y consumo de fauna silvestre, así como programas de vigilancia en animales y personas. La historia reciente ha mostrado que un brote local puede transformarse en un problema global si las condiciones son favorables.

En definitiva, el estudio demuestra que la ecología del mpox no es un misterio abstracto, sino un proceso concreto que ocurre en ecosistemas reales, con animales que interactúan, cazan y comparten hábitat. Y en ese entramado, pequeños mamíferos como las ardillas pueden desempeñar un papel mucho más relevante de lo que se pensaba.

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