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Internacional

Recorrido por el Madrid macabro: mujeres emparedadas, maridos envenenados, fantasmas malditos y cadáveres cocinados

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Mujeres emparedadas en el centro de Madrid, fantasmas que se aparecen en iglesias y palacios, maridos envenenados, cad�veres cocinados, asesinatos pol�ticos… �ste es el recorrido que realiza el periodista Jos� Felipe Alonso en su libro Relatos de un Madrid macabro. Historias de asesinatos en la Villa y Corte (Editorial La Librer�a) , un viaje a las entra�as de la cr�nica negra de la ciudad.

Alonso se sumergi� durante a�o y medio en las hemerotecas, en la Biblioteca Nacional, en el Archivo Hist�rico Nacional y en el Municipal y en textos legales del s. XVIII y XIX para elaborar una radiograf�a de los asesinatos m�s sonados que impactaron en la sociedad de la �poca.

Uno de los m�s c�lebres fue el del presidente del Gobierno, Jos� Canalejas, tiroteado en 1912 mientras miraba un escaparate por el anarquista Manuel Pardi�as, que despu�s se quit� la vida. Nueve a�os m�s tarde fue ejecutado otro presidente, Eduardo Dato, a manos de otro grupo de anarquistas.

Estos magnicidios fueron el reflejo del convulso arranque del siglo XX, cuando los anarquistas decidieron pasar a la acci�n y utilizar la violencia.

Calles del viejo Madrid

Algunos de estos sucesos aparecen reflejados en las placas de cer�mica del viejo Madrid. Es el caso de la calle Angosta de los Mancebos -situada detr�s del Jard�n de las Vistillas- que retrata a dos j�venes lanzando unas tejas al vac�o.

Una de ellas cay� encima del infante Enrique, hijo menor de Alfonso VII de Castilla, quien hered� la corona con 10 a�os tras el fallecimiento de su hermano. La teja le caus� una herida y una fuerte conmoci�n cerebral que le ocasion� la muerte. Los culpables resultaron ser los hijos de unos nobles, que fueron posteriormente condenados a muerte, degollados y enterrados en la iglesia de San Andr�s.

Placa de cer�mica de la calle Angosta de los Mancebos.

Placa de cer�mica de la calle Angosta de los Mancebos.

No faltan en la obra las historias de fantasmas, como el que se dice que recorre el Edificio de las Siete Chimeneas -ubicado en la Plaza del Rey, donde ahora se sit�a el Ministerio de Cultura-.

Este palacete fue mandado construir por Felipe II en 1574 y se cuenta que el esp�ritu de una mujer fallecida pasea por el tejado jugando con las siete chimeneas.

La historia arranca en este inmueble donde resid�a la familia Zapata, capit�n del Ej�rcito, que se cas� con Elena, la hija de uno de los secretarios de Felipe II. La felicidad no dur� mucho porque el marido se tuvo que ir a combatir a las guerras de Flandes y Elena entr� en una profunda depresi�n.

Al parecer, ella era amante del Rey Felipe II, que la cas� con Zapata para tenerla m�s cerca, pero que se puso celoso al comprobar que la mujer quer�a m�s a su esposo que a �l y, por este motivo, mand� al marido a luchar en Flandes.

Al conocer esta decisi�n, la joven dej� de querer ver al monarca y se encerr� en su habitaci�n. No se sabe si se suicid� o fue asesinada, pero su cad�ver apareci� emparedado a�os despu�s durante unas obras en el edificio. Y, desde entonces, la leyenda cuenta que una mujer ataviada con ropa blanca se mueve en las noches de luna llena por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas.

Violencia de g�nero

El libro recoge un amplio apartado para casos de violencia de g�nero, en los que muchas mujeres fueron asesinadas por sus maridos. Una de ellas fue Carlota Pereira, apu�alada en 1861 en plena calle de la Justa -hoy la de Libreros- mientras paseaba con sus dos hijas. El asesinato provoc� una fuerte reacci�n social y fue seguido ampliamente por peri�dicos como La Correspondencia de Espa�a.

Tras el crimen, todas las sospechas recayeron sobre el ex marido de Carlota, Ger�nimo Gener, que resid�a en Almer�a y era una persona muy influyente. Carlota y Ger�nimo se casaron muy j�venes, pero pronto surgieron desavenencias entre ellos. Ger�nimo manten�a relaciones con otras dos mujeres, pero no vio con buenos ojos que Carlota hiciese lo mismo con otro hombre y decidi� pedir el divorcio.

El marido logr� meter a su mujer en un convento, del que Carlota consigui� salir con el tiempo para, posteriormente, acabar siendo acuchillada por dos sicarios: Eugenio L�pez y Ram�n Granados. Ambos fueron declarados culpables como asesino y c�mplice del crimen y condenados al garrote vil y a cadena perpetua, respectivamente. Sin embargo, el ex marido fue encarcelado varios meses, pero no se lleg� a demostrar su culpabilidad.

El crimen de La Guindalera

Otro de los hitos de la �poca fue el crimen de la Guindalera, que no s�lo llen� las p�ginas de peri�dicos del siglo XIX, sino que tambi�n sirvi� de inspiraci�n para autores como Ram�n Navarrete o P�o Baroja.

En 1886 un guardia jurado del Canal de Isabel II encontr� un cad�ver en una alcantarilla. El cuerpo estaba mutilado y presentaba numerosos golpes en la cara, una cuchillada en el cuello y le hab�an extirpado los test�culos y el pene.

El cad�ver pertenec�a a Felipe Iglesias y las investigaciones se centraron en un individuo llamado Vicente Camarasa, que hab�a sido detenido cerca del lugar con manchas de sangre, pero que se�al� a un tercero: Pedro Cantalejo. Felipe hab�a tenido de hu�sped a Pedro en su casa, pero est� hab�a mantenido relaciones con su esposa Francisca, por lo que le ech� de casa.

Las pesquisas policiales empezaron a apuntar a la pareja como coautores del asesinato. Tras ser interrogados, Francisca confes� que Pedro era su amante y que le hab�a incitado a matar a su esposo. Al final, se demostr� que Pedro se hab�a confabulado con Vicente y Francisca para llevar a cabo el asesinato y los tres fueron condenados a muerte y ejecutados con el garrote vil.

Envenenado con ars�nico

Alonso tambi�n narra la muerte de Dionisio Campos en 1914 tras haber ingerido peque�as cantidades de ars�nico en su bebida, que hab�an sido colocadas por su esposa �ngeles Mascisidor. Dionisio ten�a la salud fr�gil, ya que en un viaje a Cuba hab�a contra�do tuberculosis y s�filis.

Mientras tanto, su mujer conoci� al odont�logo Ram�n de los Santos, que se convirti� en su amante y juntos idearon un plan para hacer desaparecer a su esposo. A Dionisio se le diagnostic� muerte natural por sus enfermedades, por lo que �ngeles y Ram�n se casaron y tuvieron hijos.

Sin embargo, dos a�os despu�s, Ram�n tuvo remordimientos y acab� confesando el crimen. El cad�ver fue exhumado y se comprob� que la muerte hab�a sido por envenenamiento, por lo que los dos amantes fueron capturados.

Asesinatos por robo

Los asesinatos por robo tambi�n son frecuentes y figuran recogidos en este recorrido por el Madrid macabro. En 1888 apareci� en su vivienda de la calle Fuencarral el cuerpo quemado de Luciana Borcino y en la habitaci�n de al lado se encontr� a la asistenta, Higinia Balaguer, que parec�a drogada.

El suceso deriv� en un largo juicio p�blico -que fue seguido en la prensa por Benito P�rez Gald�s- y que dictamin� que Higinia mat� a Luciana, que era viuda y atesoraba una gran fortuna.

El capitan S�nchez, en prisi�n, a la espera de ser condenado a muerte.

El capitan S�nchez, en prisi�n, a la espera de ser condenado a muerte.

Otro de los cr�menes m�s siniestros fue el de Rodrigo Garc�a Jal�n, cuyo cuerpo apareci� cocinado y arrojado a trozos por las ca�er�as del edificio en el que habitaban sus asesinos. El caso apareci� en la serie de televisi�n La huella del crimen y fue tratado como un serial por los peri�dicos all� por 1913.

El capit�n gallego Manuel S�nchez y su hija Marisa llegaron a Madrid con la intenci�n de encontrar alg�n soltero al que sacar dinero. El padre obligaba a su hija a ejercer la prostituci�n, era su amante e incluso hab�a tenido dos hijos con ella. La esposa se hab�a separado del capit�n y hab�a alegado malos tratos.

El plan era que Marisa atrajese alg�n hombre a su alcoba, que el padre les sorprendiese y le pidiese una elevada suma de dinero a cambio de no denunciarle. As� fue como Marisa conoci� a Rodrigo Garc�a, un jugador que le ofreci� sacarla de la calle. Cuando fueron a comunicar la noticia al padre, �ste se enfad�, golpe� con un martillo a Rodrigo y le mat�.

Para deshacerse del cuerpo el padre y la hija decidieron descuartizarlo y cocinarlo para eliminar el olor y, despu�s, arrojaron los restos por las ca�er�as. Al d�a siguiente, Marisa decidi� ir al C�rculo de Bellas Artes a cobrar una ficha de 5.000 pesetas que llevaba Rodrigo en el bolsillo, una pista que condujo a la Polic�a hacia ellos.

D�as despu�s aparecieron restos humanos en las alcantarillas del bloque, que estaban atascadas. Tras el juicio, el capit�n S�nchez fue condenado a muerte y fusilado, mientras que su hija fue sentenciada a 20 a�os de reclusi�n y acab� en un psiqui�trico. Fue uno de esos casos en los que la realidad supera a la ficci�n.


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