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El medallista que se confesó infiel, por Joaquín Luna

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Es una anécdota y no lo es. Suena a chiste pero podría ser un cuento literario que describe la humanidad, las relaciones de pareja y la supremacía de las emociones en el 2026, siglo XXI d.C. Un deportista noruego, Sturla Holm Laegreid, ganó el martes la medalla de bronce en la prueba olímpica de biatlón de 20 kilómetros. Semejante especialidad solo podía nacer en Escandinavia y presumiblemente en algún cuartel: esquí de fondo 20 kilómetros con cuatro paradas en las que, cuerpo a tierra, disparan cinco tiros con el rifle que portan a la espalda.





Deportes así ayudan a comprender la vecindad con Rusia. Y el caso que nos ocupa. Tras recibir la medalla de bronce, la preceptiva entrevista en una televisión de tu país: ¿A quién le dedicas este éxito? ¿Está poco reconocido socialmente y aún menos económicamente el biatlón? ¿Le veremos en el 2030 en los Alpes Franceses?

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Todos tenemos cinco minutos de gloria televisiva y Sturla Holm lo aprovechó para, de sopetón, confesar una infidelidad cometida hace tres meses: “Hay alguien con quien me gustaría compartir esto, aunque quizá hoy no esté viendo la televisión. Hace seis meses conocí al amor de mi vida. La persona más hermosa y maravillosa del mundo. Hace tres meses cometí el mayor error de mi vida y le fui infiel, y se lo conté hace una semana. Ha sido la peor semana de mi vida –confesó entre lágrimas–. Tenía una medalla de oro en mi vida, y seguramente hay mucha gente que me ve con otros ojos, pero yo solo tengo ojos para ella”, continuó.



La declaración eclipsó el oro de su compatriota Botn (bonito detalle). Lo que el propio Sturla Holm denominó “suicidio social” –o vericidio , al decir de los expertos–, aspira a recuperar a su amada, que cortó la relación una semana atrás, nada más escuchar en primicia al deportista. ¿Reconquistará a su chica con la confesión urbi et orbe o el muy sincero ha quemado las naves?

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El deportista noruego Sturla Holm Laegreid

Andrew Medichini / Ap-LaPresse

Me atrevo a escribir que se trata de un hecho inédito y sin embargo comprensible. También el deporte está sucumbiendo a la emotividad, un valor social en alza que tiene sus ventajas y sus defectos. Basta el desmayo de un espectador en un estadio para dudar sobre si el espectáculo debe continuar.



¿Defectos? Desplaza a la racionalidad –basta con querer una cosa para considerar que tenemos derecho a ella– y minimiza la abnegación, implícita en el ejemplo del más olímpico de los olímpicos, el famoso Filípides que corrió los 42 kilómetros de Maratón a Atenas para decir “¡victoria!” y palmar. ¿Ventajas? Dar ejemplo a los niños. A los niños, puede, al resto de deportistas me da que no. Ni falta que nos hace.


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