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Viktoriia Honcharuk, de Wall Street a las trincheras de Ucrania: "No me he arrepentido ni una sola vez"

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Los clientes que entran en esta cafeter�a del barrio m�s exclusivo de Kiev, alimentada por el petardeo del generador, detienen su mirada en la chica rubia de uniforme que acaba de llegar del frente y que se ha sentado al fondo. Sus prendas militares contrastan con los abrigos de piel, los botines de cuero y los sombreros de astrac�n que las se�oras lucen bajo la nieve.

Cuando usted lea este texto, Viktoriia Honcharuk, la chica en uniforme, estar� en M�nich, donde ser� uno de los rostros visibles del esfuerzo b�lico ucraniano ante los pol�ticos europeos en la Conferencia de Seguridad. Para ellos, con un t� negro en las manos, nos adelanta su mensaje: “Si no est�is dispuestos a luchar en serio, lo mejor que pod�is hacer es aprender a hablar ruso”.

Viktoriia, nacida en una peque�a aldea de Ucrania, tiene 25 a�os y lleva desde el primer a�o de la invasi�n salvando vidas en el frente. Cuando las tropas de la Z entraron por las fronteras del pa�s ella comenzaba una esperanzadora carrera en Wall Street con tan s�lo 22 a�os. Viv�a en el Midtown de Manhattan y acababa de fichar por el banco de inversi�n Morgan Stanley, donde su salario comenzaba a engordar gracias a las interminables horas que dedicaba cada d�a a apuntalar un futuro en el mundo de las finanzas. El 24 de febrero de 2022 estaba en California cuando a su tel�fono comenzaron a llegar cientos de mensajes. Al principio le cost� entenderlos. Estaba en shock. La guerra hab�a comenzado.

“Mi reacci�n fue f�sica. Ten�a que salir de all� y volver a mi pa�s. As� se lo dije a mis compa�eros y as� lo hice. Llegu� para ayudar, pero no sab�a c�mo. Cuando tu pa�s lucha por sobrevivir, la comodidad o el miedo ya no son excusas v�lidas. Me enrol� en las Fuerzas Armadas y lo primero que hice fue un curso de medicina t�ctica, algo que yo ignoraba. En diciembre de 2022 estaba sirviendo en primera l�nea”, cuenta Viktoriia, que a�n lleva las mismas gafas con las que aparece en las antiguas fotos en traje a la entrada de las oficinas del poderoso banco estadounidense.

En pocas semanas se vacun� contra el dolor y la impresi�n de ver sangre a borbotones, carne humana picada como pulpa de fruta, quemaduras lacerantes. As� es esta vida que decidi� elegir en vez de su carrera en las finanzas. “No me he arrepentido ni una sola vez”, confirma. Su hermana, que pertenece a una unidad de asalto, lo tiene a�n peor, pero ambas ya coleccionan una buena dosis de experiencias extremas: “Al comienzo de la invasi�n form�bamos una compa��a de seis personas, dos chicas y cuatro chicos. Ellos fueron muriendo uno a uno y ahora s�lo quedamos mi hermana y yo. Tuve que recuperar el cuerpo sin vida de uno de ellos tiempo despu�s de haber muerto, cuando pudimos acceder a su cad�ver. Fue una experiencia horrible”.

La historia de Honcharuk es la de tantos j�venes ucranianos que se han visto arrastrados por la agresi�n del r�gimen de Vladimir Putin a defender un pa�s y una identidad de su desaparici�n forzosa. “Si muero ma�ana, no tengo mucho de qu� arrepentirme. Viv� una buena vida. Contribu� a la comunidad. Si me quedara en Nueva York, �c�mo mirar�a a mis futuros hijos a los ojos?”.

En su nuevo mundo aprendi� a evacuar soldados heridos con una ambulancia improvisada a 800 metros de la l�nea de combate, mientras los militares bromeaban sobre sus futuras pr�tesis y ella trataba de que no se desangraran. “Al principio no era consciente de la repercusi�n de este trabajo. Estabilizabas a alguien, lo evacuabas a toda velocidad y dejabas de saber de �l. Ahora trabajo en la Tercera Brigada de Asalto, cuyos heridos son tus compa�eros. Meses despu�s de haberles ayudado en un momento cr�tico los ves de nuevo y comprendes que vive porque tus manos le dieron una ayuda decisiva en el momento m�s dif�cil”, asegura. Y lo remata con un ejemplo: “Hace poco un hombre me par� en un supermercado. Estaba muy feliz de verme, pero yo no le recordaba de nada. Me dijo: ‘T� me salvaste la vida en Avdivka. Nunca olvidar� tu cara’. Entonces le record�. Por su expresi�n de agradecimiento sincero entend� lo importante que es lo que hacemos aqu�”.

Ha sufrido ya tres conmociones cerebrales por explosiones cercanas, pero nunca se ha dado de baja por agotamiento. Para ella, el momento decisivo lleg� cuando los drones se adue�aron de los cielos y se complic� su trabajo. De 800 metros de distancia al frente pasaron a alejarse m�s de 12 kil�metros, lo que alarg� los tiempos de evacuaci�n y eso perjudic� la esperanza de vida de los soldados, a la vez que complic� su trabajo. “Los riesgos se han vuelto letales, casi inasumibles”, dice. Tuvo un novio venezolano, as� que entiende cada pregunta que se le hace en espa�ol:

– Si alg�n d�a acaba esta guerra interminable, �te gustar�a volver a tu puesto en Morgan Stanley? �Crees que ser�a posible retomar tu vida anterior en las finanzas?

– El a�o pasado tuve la oportunidad de visitar Estados Unidos para una misi�n diplom�tica y pas� por la oficina. Mi jefe se�al� mi antigua mesa y me dijo: “Mira, ese puesto sigue vac�o y te est� esperando”.


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