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Internacional

La obsesión española del pederasta Epstein: "un harén como la Alhambra", la biblioteca de El Escorial y el chef que vio a "chicas de España de edad cuestionable"

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Jeff —nunca Epstein, nunca �se�or�— era uno de esos megal�manos forrados que no necesitan gritar para que todo el mundo se incline: hablaba en voz bajita, repart�a halagos como si fueran becas y, cuando alguien ya depend�a de su dinero o de su aprobaci�n, enarcaba una ceja y la existencia entera del desgraciado cambiaba de direcci�n.

Semanas antes de su segunda detenci�n a�n hab�a mujeres como la espa�ola Astrid Gil-Casares —autora de novelas sentimentales y exmujer del presidente de Ferrovial, Rafael del Pino— dispuestas a escribirle cosas como: �He roto con mi novio (…) �Por qu� no pasas una noche en Madrid? Por alguna raz�n extra�a siento que te necesito�.

La respuesta completa de Epstein cabr�a en medio tuit: algo as� como �principalmente Paris� cuando ella le pregunta por sus planes de verano, y al d�a siguiente una foto desde la ventanilla del avi�n acompa�ada por un �ya te dije que estaba en Par�s, vol� sobre ti anoche�. Ni palabra de Madrid, ni menos a�n de verla.

M�s que la �necesidad extra�a� que consum�a a la madrile�a, lo interesante aqu� es que, en el glacial desapego de su respuesta, hay claves que perfilan la mec�nica �ntima del depredador. A alguien que, como Jeff, viv�a rodeado de chicas mucho m�s j�venes, de bellezones aspirantes a modelos y econ�micamente dependientes, le interesaba m�s bien nada la posibilidad de un romance con una mujer de 45 a�os, rica por cuenta propia y con el suficiente capital simb�lico para no necesitarle.

No era controlable, no pod�a convertirse en �masajista� ni en asistente para todo a golpe de cheque, ni en chica de isla. La trat�, en consecuencia, como trataba a casi todos los adultos que no le resultaban �tiles: con displicencia.

EL “HAR�N” DE LA ALHAMBRA

Hay otro documento fascinante y hasta la fecha desconocido entre la pila de papeles de Epstein que el Departamento de Justicia americano volc� el pasado 30 de enero que le retrata todav�a mejor. Se trata de una transcripci�n en la que una v�ctima no identificada asegura que el financiero pretend�a construir �un har�n� en su isla caribe�a dentro de �una estructura tipo castillo parecida a la Alhambra de Espa�a� con el fin de alojar a “m�ltiples chicas” en espacios segregados.

La reveladora confesi�n aparece en un informe interno del FBI fechado a finales de agosto de 2019, cuando el millonario ya hab�a muerto en una celda del Metropolitan Correctional Center.

Que el pederasta estaba obsesionado por la Alhambra se sab�a, pero ese acta en concreto ilumina de un modo mucho m�s sutil todo el contexto de la historia y los retorcidos engranajes de su psique porque es el �nico documento conocido en el que una v�ctima recuerda de forma espont�nea que el inter�s de Epstein por la fortaleza granadina era m�s instrumental que arquitect�nico.

Lo que le subyugaba del complejo andalus� no eran sus yeser�as caligr�ficas, sino la promesa de reinar sobre un mundo cerrado como el de los emires en el que un solo hombre como �l gobernar�a los cuerpos y los silencios de �m�ltiples mujeres�.

La fijaci�n del narcisista financiero con crear su propia Alhambra y con Espa�a ven�a de lejos. En los a�os ochenta ya se hab�a movido por la Pen�nsula con un pasaporte austriaco falso mientras empezaba a rodearse de arte d�co, lacer�as orientales y fantas�as palaciegas que lo alineaban con el cl�sico orientalismo kitsch de los ricos estadounidenses.

LAS ESCALAS DEL LOLITA EXPRESS

A comienzos de los 2000, los libros de vuelo de sus aviones privados permiten rastrear esa obsesi�n: el 8 de marzo de 2001 hizo su primera escala en Granada en un Gulfstream II en ruta Par�s-Granada-T�nger-Londres, acompa�ado por Ghislaine Maxwell, el decorador Alberto Pinto y otros invitados; el 12 de febrero de 2003 el Boeing 727 Lolita Express volvi� a aterrizar en la ciudad directamente desde sus Islas V�rgenes con Maxwell, el arquitecto granadino Carlos S�nchez y varios pasajeros m�s.

Maxwell, heredera ca�da de un imperio medi�tico, pareja sentimental de Epstein durante a�os y condenada d�cadas despu�s por captar y preparar menores para �l, actuaba entonces como anfitriona perfecta de ese turismo de �lite que mezclaba arte, negocio y sexo.

En un correo, Ghislaine Maxwell presum�a de estar construyendo ya en el Caribe un palacio como la Alhambra.

En un correo, Ghislaine Maxwell presum�a de estar construyendo ya en el Caribe un palacio como la Alhambra.

De aquel viaje naci� el primer encargo de una r�plica del complejo andalus�: el magnate hab�a fichado a S�nchez, especialista en arquitectura nazar� y restaurador de La Mamounia de Marrakech, para que dise�ara en Little Saint James —la isla privada del millonario en el Caribe— una �mansi�n monumental� inspirada en esos palacios, y le pag� un primer honorario unos d�as antes de volar juntos a Granada. El arquitecto viaj� dos veces a la isla para trabajar en los planos, pero acabar�a desistiendo, aduciendo que el financiero quer�a �algo grandioso e irrealizable�.

Su empecinamiento por replicar la Alhambra no se atemper� tras aquel fracaso. Una d�cada despu�s, en 2013, cuando Epstein ya hab�a relegado a Ghislaine Maxwell a un papel secundario y viv�a con Karyna Shuliak —dentista bielorrusa de Minsk y compa�era de facto en Manhattan, Nuevo M�xico y las Islas V�rgenes—, la fantas�a reaparece adoptando la forma de una fren�tica b�squeda inmobiliaria: empieza a rastrear versiones marroqu�es de la Alhambra en la Palmeraie de Marrakech.

Tras examinar varias propiedades, muestra inter�s por Bin Ennajil, un palacio levantado en 1995 por un coleccionista alem�n fascinado por Granada, concebido como una casa mauresca con jard�n andalus� que replica patios, galer�as y estanques nazar�es. En los correos desclasificados lo llama �lo mejor que he visto�, elogia su tecnolog�a europea y su acabado y exige fotos y v�deos detallados de cada estancia.

Cuando le ponen sobre la mesa un precio de 55 millones de euros, se enzarza en un regateo interminable. A�n en abril de 2019 su avi�n privado vuela desde Par�s a Rabat y regresa el mismo d�a, en uno de sus �ltimos viajes a Marruecos antes de ser detenido en Nueva York, tres meses despu�s.

Mientras negociaba la compra de aquel inmueble, Epstein hizo tambi�n una segunda tentativa hasta ahora no documentada de levantar su propia Alhambra en su isla privada. De acuerdo a los nuevos documentos desclasificados, su novia Karyna Shuliak encarg� nuevamente un Caribbean Alhambra Palace en 2017 al arquitecto formado en M�xico Eduardo A. Robles.

Los correos de esa �poca rescatados por Cr�nica muestran un intercambio denso entre Epstein y Robles: el arquitecto le va enviando renders de patios interiores unidos por galer�as de vigilancia, terrazas sobre el Caribe, estanques de traza isl�mica, niveles segregados, celos�as, arcos de herradura y yeser�as caligr�ficas simuladas.

En marzo de 2019, Epstein todav�a discute con Robles ajustes, presupuestos y entradas de servicio, convencido de que llegar� a incrustar su delirio oriental en el coraz�n del tr�pico. Pero el proyecto se evapor� tras su detenci�n en Nueva York en julio de ese a�o.

EL ESCORIAL, CAPRICHO JUDICIALIZADO

No era la primera vez que Epstein se encaprichaba con otra gran liturgia del poder hispano. Entre 2008 y 2010 desarroll� tambi�n una obsesi�n por la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, el gran sal�n renacentista de Felipe II, con sus b�vedas al fresco, sus estanter�as de madera oscura y su escenograf�a de globos y mapas pensada para exhibir, a la vez, saber y autoridad imperial.

Para construir su r�plica, recurri� a una firma de decoraci�n con sede en Par�s y Nueva York especializada en interiores �hist�ricos� y, a trav�s de ella, busc� contactos en Espa�a capaces de conseguirle planos, fotograf�as de detalle y, si era posible, acceso t�cnico a la propia biblioteca para documentar la copia con fidelidad muse�stica.

La fallida r�plica de la biblioteca de El Escorial trajo de cabeza al pederasta norteamericano.

La fallida r�plica de la biblioteca de El Escorial trajo de cabeza al pederasta norteamericano.

Siguiendo sus instrucciones, la empresa de dise�o de interiores del chileno Juan Pablo Molyneux le envi� el proyecto al financiero y este aprob� los colores y el acabado de esa carpinter�a regia para su refugio del Caribe.

Para hacer toda la estructura, Molyneux subcontrat� a la firma italiana de ebanister�a Fancelli Paneling, especializada en madera de lujo, que en febrero-marzo de 2009 fabric� la biblioteca en Italia y la envi� desmontada, en cajas herm�ticas, a las Islas V�rgenes estadounidenses, donde se instal� f�sicamente.
Seg�n un affidavit firmado en 2010 por Molyneux, el resultado fue un desastre: la compa��a que subcontrat� a los italianos enumera trece defectos graves —acabado desigual y chapucero, juntas abiertas, contrachapado a la vista, puertas desalineadas— y sostiene que la calidad general era �totalmente incompatible� con un trabajo tasado en 780.000 d�lares.

Fancelli aleg� que hab�a seguido las especificaciones y culp� de los problemas al clima tropical y al aire acondicionado de la isla, mientras Molyneux replicaba que los defectos ya estaban presentes al instalar la obra y que todos sab�an desde el principio que la biblioteca iba a un ecosistema h�medo.

Aquello termin� en un pleito entre decorador y carpintero, pero la recreaci�n qued� montada desde 2009: una versi�n fallida del sancta sanctorum de Felipe II plantada en el coraz�n de Little Saint James, concebida para imitar el decorado del poder cat�lico espa�ol en la misma isla donde Epstein explotaba a menores despu�s de haberse declarado culpable en Florida, en 2008, de reclutar a una adolescente para fines sexuales y de solicitar sexo de pago, en el marco del acuerdo que le permiti� esquivar cargos federales de trata.

Es obvio que, en primer lugar, Espa�a era para Epstein un cat�logo de escenograf�as del poder —palacio nazar�, monasterio real, biblioteca regia— que pod�a recortar y pegar en sus propiedades para revestir de pedigr� hist�rico un sistema de abuso que no ten�a nada de renacentista ni de rom�ntico. Pero la nueva desclasificaci�n completa la capa que faltaba.

Epstein tambi�n ten�a presente a Espa�a en sus an�lisis econ�micos: se apost� un d�lar con Bill Gates sobre su quiebra.

Epstein tambi�n ten�a presente a Espa�a en sus an�lisis econ�micos: se apost� un d�lar con Bill Gates sobre su quiebra.

Hasta la �ltima liberaci�n de documentos, Espa�a hab�a aparecido en los papeles de Epstein como un mapa de escalas: seis aterrizajes del Lolita Express entre 2000 y 2006 en Bilbao, Palma, Granada, Ibiza o la base de Mor�n; estancias en hoteles de lujo de Barcelona y la Costa del Sol; cruces de cartas y menciones insignificantes a espa�oles que estos d�as hinchan el perro de algunos medios de comunicaci�n. Ahora tambi�n sabemos que adem�s de esos viajes puntuales hubo un uso constante del territorio ib�rico como coto de reclutamiento, intermediaci�n y caza.

En uno de los documentos desclasificados por el FBI m�s inquietantes, fechado el 13 de diciembre de 2006, dentro del caso 31E-MM-108062, el chef privado de Epstein asegura que su posici�n —pegado a la cocina de los aviones y a las estancias de servicio de las casas— le permit�a ver qui�n sub�a y bajaba, qu� invitados llegaban y qu� mujeres viajaban siempre con el millonario, aunque �l no participara en la log�stica sexual.

El chef trabajaba para �l a mediados de los 2000 como cocinero en sus residencias y en sus dos aviones privados, el Boeing 727 y el Gulfstream, acompa��ndole en los desplazamientos entre Nueva York, Palm Beach, el rancho de Nuevo M�xico, las Islas V�rgenes y Par�s. Cuando este empleado describe a las j�venes que viajaban habitualmente con su jefe, asegura que, seg�n su percepci�n, �la mayor�a eran de Espa�a o de Rusia�, chicas que se presentaban como aspirantes a modelo, con un ingl�s a veces limitado y edades que a �l le parec�an �cuestionables�.

La nueva documentaci�n incorpora asimismo referencias expl�citas a �spanish girls� que encajan Espa�a en la jerarqu�a racializada de la red: en un correo sin fecha precisa, Ghislaine Maxwell escribe a un tal Philip que para una cena en Nueva York tendr�n �la chica espa�ola guarrona� (�the Spanish slut girl�), que estar� �agradablemente contrapesada por el tipo sueco fr�o y sereno�, reduciendo a la primera a mercanc�a sexual y usando a la segunda como contrapunto n�rdico, como si comparara dos productos de un cat�logo.

El documento no precisa si esa �chica spanish� era de Espa�a o, m�s probablemente, Maxwell utilizaba el adjetivo para referirse a una hispana muy morena; lo que s� fija, con la crudeza del lenguaje original, es que �spanish� funcionaba como etiqueta �tnica y geogr�fica dentro del men� de chicas que el entorno de Epstein ofrec�a a invitados concretos, y que esa etiqueta llevaba asociada, en boca de Maxwell, una connotaci�n abiertamente clasista y racista frente al modelo de blancura rubia que buscaban en el perfil escandinavo.


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