Internacional
Atado y bien atado: la amnistía de Delcy para controlar la transición
Espa�a aprendi� que el atado y bien atado funciona mientras el miedo funciona; cuando cambia el clima moral de un pa�s, el nudo se afloja y nada vuelve a ser como antes.
Este viernes 30 de enero de 2026, Delcy Rodr�guez anunci� ante el Tribunal Supremo de Justicia una amnist�a general para los hechos pol�ticos desde 1999. Lo present� como reconciliaci�n, pero el dise�o —una ley lenta, una comisi�n ad hoc, excepciones que ya empiezan a asomarse— delata la intenci�n real: controlar la transici�n, administrarla, decidir qui�n entra y qui�n queda fuera. Nuestro reto es seguir empujando para abrir la puerta de la democracia de par en par.
Para los que no hayan visto el acto de Delcy en el Tribunal Supremo de Justicia, se lo describo: fue menos un acto de autoridad y m�s un gesto de administraci�n del p�nico. La jerarqu�a del madurismo sin Nicol�s Maduro estaba all�, completa, pero con una expresi�n que no se puede fingir: rigidez, rostros desencajados, el lenguaje corporal de quien se sabe desarmado y observado. Eran unos maniqu�es hier�ticos. Solo falt� Zapatero para tener el elenco completo de quienes instrumentalizan las violaciones de los derechos humanos. En cuanto a Delcy, su discurso no tuvo nada de improvisaci�n: fue le�do de principio a fin, como quien no se atreve a respirar fuera del guion.
El anuncio, en s�, puede sonar hist�rico: una amnist�a para presos pol�ticos y para casos acumulados durante d�cadas, acompa�ada de la promesa de convertir El Helicoide —s�mbolo de represi�n— en un centro social. Pero el diablo est� en la letra peque�a. Lo que se juega no es un gesto, sino el rumbo. Pero hay que partir de una precisi�n que debe ser el paradigma de todo: la dictadura no est� para perdonar sino para pedir perd�n de rodillas por millones de violaciones a los derechos humanos. Eso no se vio por ninguna parte y debe ser la premisa de cualquier transici�n sana y verdadera.
�Por qu� una ley… y no una decisi�n inmediata?
La primera pregunta es tan sencilla como reveladora: si realmente quisieran liberar y desactivar la persecuci�n, �por qu� no lo hacen ya? Delcy podr�a ordenar en horas sobreseimientos, excarcelaciones y levantamientos de medidas cautelares. Podr�a desmontar la arquitectura de expedientes fabricados que nos mantiene a miles bajo amenaza. Sin embargo, opt� por un camino deliberadamente lento: una “ley” que ser� redactada por una “comisi�n por la paz” designada por ella misma, y no —o no directamente— por la Asamblea dominada por el oficialismo.
Esa elecci�n no es t�cnica: es pol�tica. Una ley compra tiempo, permite introducir excepciones, filtrar nombres, condicionar libertades y repartir costos. Un decreto libera; una ley administrada controla. El madurismo sin cabeza no ha renunciado a su instinto principal: controlar.
La cl�usula bomba: “no amnist�a” a violadores de derechos humanos.
Delcy a�adi� una condici�n que, por fin, pone el foco donde debe estar: dijo que no puede haber amnist�a para violaciones graves de derechos humanos, homicidios y narcotr�fico. Si esa frase fuese tomada en serio —si fuese real y no cosm�tica— la pregunta inmediata es: �qu� ocurre con el n�cleo represivo del r�gimen?
Porque cuando hablamos de violaciones graves no hablamos en abstracto. Hablamos de cadenas de mando, de polic�as pol�ticas, de torturadores, de responsables de desapariciones, de quienes dirigieron el aparato de terror contra civiles y militares. Hablamos de figuras centrales del poder, entre ellas Diosdado Cabello y Alexander Granko Arteaga y la jerarqu�a que convirti� el Estado en una maquinaria de persecuci�n.
La amnist�a, si quiere tener alg�n contenido democr�tico, no puede ser un borr�n y cuenta nueva que deje intacto el aparato que viol� derechos. Aqu� aparece la contradicci�n m�s importante que debemos vigilar: �c�mo van a excluir a los violadores de derechos humanos si esos violadores han sido el sost�n del sistema? Esa es la prueba de autenticidad del anuncio. Ellos no pueden auto perdonarse.
“Amnist�a para todos”… pero ya empezaron las listas negras.
La segunda se�al de alerta lleg� r�pido. Antes incluso de que exista borrador de ley, Indira Urbaneja empez� a sembrar la idea de los “excluidos”: se�al� a Mar�a Corina Machado, Leopoldo L�pez y a m� como personas que no podr�an volver o que quedar�an fuera del perd�n.
Esto no es un detalle de opini�n televisiva. Es el anticipo de una t�ctica: usar la amnist�a como herramienta de selecci�n pol�tica, premiando a unos, castigando a otros, y manteniendo el chantaje como mecanismo de control.
Si la amnist�a nace con listas negras, no es amnist�a: es otra forma de persecuci�n, pero con lenguaje “institucional”.
Veamos la perspectiva grande: el r�gimen est� cediendo terreno
Sin embargo, no perdamos el hilo principal: este gesto confirma que el r�gimen est� cediendo terreno. Delcy no anuncia una amnist�a general desde el TSJ porque se siente fuerte. Lo hace porque la presi�n internacional se convirti� en una fuerza real y porque, dentro de Venezuela, el miedo empez� a moverse: ya ha habido marchas por la libertad de Juan Pablo Guanipa o salida de los estudiantes en muchas universidades del pa�s. La amnist�a, entonces, no es el final del ciclo. Es un s�ntoma: se derrite el piso.
Un cierre necesario desde Espa�a: la lecci�n de la Transici�n.
Espa�a sabe —por experiencia hist�rica— que el paso decisivo no es el anuncio, sino el calendario; no es la ret�rica, sino las garant�as. Una transici�n no es un discurso: es un m�todo y el m�todo empieza por devolver la palabra al pueblo con elecciones libres, �rbitro nuevo, partidos legalizados, prensa sin mordaza y justicia independiente.
Venezuela entr� en una din�mica irreversible. No porque est� “todo atado y bien atado”, sino porque el miedo cambi� de bando y porque la sociedad volvi� a oler la posibilidad.
Nada est� garantizado. Todo exige presi�n. Pero la direcci�n es clara: o transici�n democr�tica real, o el madurismo reciclado y maquillado: esa diferencia —como en todas las transiciones— no la decide el r�gimen: la decide un pueblo que ya perdi� el miedo y que siente que el piso de la historia volvi� a moverse.
Julio Borges Junyent es pol�tico y abogado venezolano, adem�s de fundador del partido Primero Justicia.



