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Internacional

Liam Conejo, la presa preescolar de los escuadrones de 'La Bestia'

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La infancia, como debe ser, implica una euforia de salida y una fe total en el mundo. �sta dura, m�s o menos, hasta que la edad se estira hacia delante y entiendes que s�lo cuando ni�o viviste con plenitud y sin conciencia. Exactamente como mejor se vive. Casi todas las infancias alojan la posibilidad de algo incalculable antes de que la existencia, a su manera, se deshilache. Qu� delito puede cometer un chaval de cinco a�os. Ni siquiera ese p�rvulo ecuatoriano, de nombre Liam Conejo, ciudadano de Minnesota, hijo de un solicitante de asilo desde 2024. Qu� terrorismo incuba un ni�o. Incluso uno pobre como tantos pobres. Latino como tantos latinos. Legal como cualquier ser humano, si es que la legalidad significa algo a los cinco a�os. La foto de Liam Conejo sujeto por los escuadrones trumpistas del Servicio de Inmigraci�n y Control de Aduanas (ICE) de EEUU es el eureka de un alma podrida. Cabe aqu� la cita de Sebastian Castelio con la que Stefan Zweig abre un ensayo formidable: Castelio contra Calvino. Conciencia contra violencia: “La posteridad no podr� creer que, despu�s de que ya se hubiera hecho la luz, debamos vivir de nuevo en medio de tan densa oscuridad“.
Agarraron al padre. Agarraron a Liam Conejo. Ven�an de la escuela. A empujones los colaron en un furg�n para depositarlos a 2.264 kil�metros de su casa. Ahora est�n detenidos en un centro de San Antonio (Texas). M�s de 10 d�as encerrados a la espera de la libertad o de un nuevo ultraje. Esto es el ICE: una golfer�a gubernamental que anula los derechos esenciales de cualquiera. Y mata a tiros. Y secuestra. Por eso a Trump conviene ajustarle bien el nombre: La Bestia. Es el sujeto m�s pernicioso del siglo XXI. Odia la democracia y usurpa Estados soberanos. Un desaprensivo que ha recobrado los modales del fascismo. As� es, para qu� esperar: fascismo. Est� convencido de que no existe m�s pol�tica que la amenaza ni m�s protocolo que la agresividad, la coacci�n, el ensa�amiento. Vendr�n m�s a�os malos y nos har�n m�s ciegos, como adivin� Rafael S�nchez Ferlosio. Toda autoridad psic�tica necesita una levadura de crueldad. La imagen de ese preescolar vestido de s� mismo: el gorro de dibujos animados, la cazadora gruesa, el pantal�n para la nieve, la mochila de Spider Man por donde lo agarra una mano adulta que no abriga… La fotograf�a de ese ni�o detenido, digo, pone del rev�s el tiempo y lo empuja hacia atr�s, a lo siniestro. A donde no hay norma ni raz�n.
Como en el Cuento de la criada, de Margaret Atwood, pelotones paramilitares humillan a ciudadanos, los apuntan y disparan a bocajarro; o los empujan al confinamiento, al desasosiego. Minnesota es otro laboratorio de exaltaci�n opresora. Este es el presente completo que propone La Bestia. A un ni�o de cinco a�os, un ni�o que se abre paso en el fr�o cogido a�n de la mano, lo detienen. Se trata de extender el odio fren�tico al extranjero m�s fr�gil, alentado desde el eje del poder. La Bestia va de la televisi�n al p�lpito y de la red social al s�nodo m�s reaccionario. El Estado ejercido contra ese ni�o es otra versi�n en crudo de la extorsi�n met�dica con un pensamiento organizado para el exterminio, como lo aplicado contra la poblaci�n civil de Gaza donde el presidente de EEUU se empe�a en levantar un casino turbio, un club para infames del mundo entero. Esta es la alta misi�n de La Bestia y los suyos.
Hasta un momento como el de ahora s�lo se llega desandando siglos y contra cualquier progreso alcanzado. A un ni�o de cinco a�os sin opci�n de defensa posible lo atrapan delante de ciudadanos decentes que observan e increpan. No hay nada que hacer. El ni�o, como s�lo sabe un ni�o, se apresura a vivir en medio del caos y as� le basta. Ya se enterar� de qu� va esto. A esa edad los cart�lagos a�n se est�n haciendo y su �nico crimen es el despertar en mitad de la noche dando cuerda a su alfabeto y a sus fieras inventadas. Habr� que cobrarse alg�n d�a las l�grimas de Liam. La detenci�n salvaje de Liam. Su espanto. Su indefensi�n. Su desconcierto. Atentar contra un ni�o es una destrucci�n infame, se�al del suicidio incesante de la especie.
La misma gente que aparece en la sala de prensa de la Casa Blanca o en el campo de golf de La Bestia berreando a destajo es la que ordena a la jaur�a armada que dispare a traici�n a cualquier ciudadano desprotegido con la m�nima sospecha. El trumpismo en ebullici�n apenas da de s� una empanada mental asesina con un rifle y cinco balas, la m�nima inversi�n intelectual posible. Est� impulsado por fan�ticos que se sienten due�os de la vida y la muerte ajena. S�lo en el cerebro cerrado y agresor de los m�s desaprensivos cabe la imagen del chico apresado sin levantarles una brizna de duda. Se necesita mucho tiempo para fabricar fan�ticos de ese tipo. Cientos de miles de personas se sienten vigiladas y amenazadas en Mine�polis, Los �ngeles, Filadelfia, Phoenix, Denver, Miami, Atlanta… Est�n saliendo a las calles con verdad, con miedo, con raz�n, contra tanta villan�a. Contemplar a un ni�o de cinco a�os en la zarpa de un agente del ICE sin que eso comporte para La Bestia riesgo alguno confirma su poder paralizante. Venga ese Nobel sucio. No recuerdo casi nada de mis cinco a�os y lo que no viv� en m� lo imagino observando a los que tengo cerca. Es mi parte de infancia recuperada, de arboleda perdida. Los otros son (a ratos) el trozo que nos falta de nuestra vida, igual que yo soy el fragmento que le falta a mi desmemoriada madre de la suya. Por eso s� (como cualquiera sabe) que todos los ni�os son el mismo ni�o riendo y llorando. Hacer sufrir a uno es declarar un poco la guerra a todos.


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