Internacional
Lucrecia Martel te invita a mirar el mundo de nuevo
“La cultura es un intercambio simbólico que sirve para armar un destino común, para inventar un mundo”, dijo Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) en una charla pronunciada en Buenos Aires en 2023, coincidiendo con la entrega del Doctorado Honoris Causa a la cineasta. Es una de las “intervenciones públicas y conversaciones”, como dice el subtítulo, reunidas en ‘Un destino común’, que publica Caja negra –la editorial cumplió 20 años en 2025, ¡felicidades!– con edición a cargo de Malena Rey y Pablo Marín y que reúne conferencias entre 2009 y 2025.
Martel estrenó su primera película larga, como ella dice, en 2001, ‘La ciénaga’, que se te queda dentro o pegada, pero no pegajosa o puede que un poco, pero es una cosa absolutamente fascinante. Es una directora que se demora: después de la trilogía salteña que forman su debut con las dos siguientes, ‘La niña santa’ (2004), ‘La mujer sin cabeza’ (2008), se centró en ‘Zama’ (2017), adaptación de la novela de Antonio di Benedetto: “Más que los eventos, lo que se traslada es lo que la novela le hizo a uno, lo que le provocó. […] Una obra de la importancia de ‘Zama’ produce algo tan brutal que después es necesario un antídoto, y en mi caso fue hacer la película”, dice en otra charla Martel. Su trabajo más reciente es ‘Nuestra tierra’ (2025), un documental sobre el asesinato del líder comunero Javier Chocobar en 2009.
Cebo para lectores inquietos
El libro está dividido en tres partes: “Sobre cine, sonido y narrativa”, “Conversaciones” y “Sobre el futuro y la invención”. Algunos de los títulos de las charlas son el mejor resumen del libro (y el mejor cebo para lectores inquietos), en especial los de la tercera parte: “Cómo armar un destino común”, “Charlatanerías al final de una era” y “Notas para los indios insomnes”. Dio con la idea de los indios insomnes poco antes de ‘Zama’ y hace referencia a los indios que podían verse a cualquier hora en las ciudades mineras: “deambulan sin saber dónde ir, mirando todo alrededor, sin poder conciliar el sueño, como desorientados […] Porque las cosas se habían transformado demasiado. El mundo en el que creían, el que los organizaba, el que les permitía sobrevivir, había colapsado”.
Para Martel ahora todos somos el indio insomne y ser eso nos convierte en espectadores permanentes. Ahora la medida del tiempo no está en coordenadas humanas sino que son las máquinas las que lo dictan: “El tiempo se contrajo y se aceleró y también el espacio se contrajo”. Martel dice que lo que ha fracasado es la cultura en otorgarnos una narrativa compleja que nos contenga a todos, por eso alerta contra las estructuras aprendidas, lineales, de conflicto, que sí, son cómodas y resuelven, pero a la vez simplifican y lo que necesitamos ahora, dice, es apreciar la realidad en su complejidad: “La línea no es una mentira, sino una manera a la que nos hemos acostumbrado porque nos criaron en esa cultura, con un esquema muy rígido que no permite imaginar las cosas organizadas de otro modo”.
Martel desolemniza sus charlas (“ya parezco un pastor evangelista”, dice), en las que sobre todo, habla de su proceso para pensar las películas e invita a hacer algunos ejercicios, que tienen que ver con observar desde otro lugar. Aunque habla de cine y de películas, hay muchas cosas que se pueden aplicar a la literatura, entre otras, el rechazo del lugar común, que es lo ya pensado: “Hay que sustraerse constantemente de lo que nos viene dado tratando de observar las cosas y encontrar nuevas relaciones para generar nuevos pensamientos en uno mismo, de ahí sale el efecto que puede lograr la película sobre los demás”.



