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Descubierta en Jordania la primera fosa común de la plaga de Justiniano en el antiguo hipódromo de Gerasa, reescribiendo la historia de la pandemia

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La frase una plaga está sobre nosotros debió resonar con frecuencia en la antigua Jordania, donde un misterioso mal segó incontables vidas y acabó por moldear no solo una sociedad, sino toda una era de la civilización. Ahora, un equipo interdisciplinar de expertos de la Universidad del Sur de Florida (USF) arroja nueva luz sobre la plaga de Justiniano y sus consecuencias en aquel período temprano, gracias al análisis de la primera fosa común confirmada arqueológica y genéticamente para este evento, localizada en Jerash (la antigua Gerasa romana).

El estudio, liderado por el Dr. Rays H. Y. Jiang, profesora asociada de la Facultad de Salud Pública de la USF, acaba de ser publicado en el Journal of Archaeological Science. Esta investigación constituye la tercera entrega de una serie de trabajos académicos centrados en el primer brote conocido de peste bubónica en el mundo mediterráneo, aportando datos cruciales para comprender las causas y el impacto de un brote devastador que mató a millones dentro del Imperio Bizantino.

Mientras que los dos artículos anteriores del equipo se centraron principalmente en identificar la presencia de Yersinia pestis —el patógeno causante de las formas mortales de peste—, esta nueva investigación examina su impacto a corto y largo plazo en una sociedad antigua. El objetivo declarado por Jiang era trascender la mera identificación del agente patógeno para centrarse en las personas afectadas, en quiénes eran, en cómo vivían y en cómo se manifestaba la muerte pandémica en el seno de una ciudad real.

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Ubicación de Jerash y croquis de la fosa común W2. Crédito: K. Hendrix et al. 2026

Durante la plaga de Justiniano, las comunidades afectadas en la región eran diversas y a menudo estaban desconectadas entre sí. Sin embargo, la pandemia las unió en la muerte. El equipo ha documentado cómo innumerables cuerpos fueron depositados con rapidez, en cuestión de días, sobre capas de desechos de cerámica en un espacio cívico abandonado de Jerash, el antiguo hipódromo. Este hallazgo, descrito como un evento mortuorio singular y fundamentalmente distinto de los cementerios cívicos normales que crecen de forma paulatina, cambia las percepciones establecidas sobre la primera gran pandemia en dos aspectos cruciales.

En primer lugar, proporciona evidencia directa e irrefutable de una mortalidad humana a gran escala, confirmando las descripciones de las fuentes históricas bizantinas que, hasta ahora, carecían de un correlato arqueológico confirmado. En segundo lugar, ofrece una perspectiva única sobre cómo se movían, vivían y se volvían vulnerables las personas dentro de las ciudades antiguas en tiempos de crisis.



La fosa de Jerash ayuda a resolver además una incógnita persistente: la aparente contradicción entre los datos históricos y genéticos, que muestran una gran movilidad y mezcla de poblaciones a lo largo del tiempo, y la evidencia de muchos enterramientos ordinarios, que sugieren que las comunidades eran mayoritariamente locales y sedentarias.

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El hipódromo de Gerasa en 2012. Crédito: Zairon / Wikimedia Commons

La explicación que emerge de Jerash es que ambos escenarios pueden ser ciertos simultáneamente. La migración y el comercio, impulsados por los imperios, solían ocurrir de manera gradual a lo largo de generaciones, diluyéndose dentro de las comunidades del día a día, lo que hace que este flujo sea difícil de detectar en los cementerios normales. Durante una crisis aguda, como una pandemia de rápida propagación, estas poblaciones móviles —normalmente dispersas por el paisaje— podían verse concentradas repentinamente en un mismo lugar, haciendo visibles en un solo instante patrones de movimiento a largo plazo.

La evidencia bioarqueológica y genética indica que los individuos enterrados en la fosa común de Jerash formaban parte precisamente de una población con movilidad integrada en la comunidad urbana más amplia de la antigua Jordania. En circunstancias normales, su presencia estaría diluida; ante la catástrofe epidémica, quedaron agrupados en una mortandad sincrónica.

Jiang subraya la importancia de este enfoque contextual: al vincular la evidencia biológica de los cuerpos con el escenario arqueológico, es posible observar cómo la enfermedad afectó a personas reales dentro de su contexto social y ambiental, lo que permite entender las pandemias históricas como eventos de salud humana vividos, no solo como brotes registrados en los textos.

La investigación, que ha contado con la colaboración de colegas del Centro de Investigación en Genómica y Enfermedades Infecciosas de Salud Global (GHIDR) y de los departamentos de Antropología, Medicina Molecular e Historia de la USF, así como de la arqueóloga Karen Hendrix de la Universidad de Sídney y un laboratorio de ADN de la Universidad Atlántica de Florida, va más allá de la reconstrucción histórica. El equipo está ayudando a reconfigurar la comprensión de cómo nacen y se propagan las pandemias, así como de su impacto en la vida humana y en las respuestas cívicas.

Jiang enfatiza que las pandemias no son únicamente eventos biológicos, sino también fenómenos sociales profundos. El estudio demuestra de manera tangible cómo la enfermedad se intersecta con la vida diaria, la movilidad y la vulnerabilidad de los grupos poblacionales.

Aquellos patrones de vulnerabilidad expuestos por la plaga de Justiniano, concluye el investigador, aún tienen la capacidad de moldear la manera en que las enfermedades afectan a las sociedades en la actualidad, en un mundo donde los patógenos siguen prosperando gracias a las ciudades densamente pobladas, los viajes globales y la transformación ambiental. El pasado, enterrado bajo las arenas de Jordania, guarda así una lección urgente para el presente.



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