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¿Por qué "vemos" caras en lugares inesperados? La explicación cognitiva de las pareidolias
La palabra «pareidolia» proviene de los vocablos griegos «para» (semejante a) y «eidolon» (imagen) y pertenece al léxico científico de la Psicología. En la literatura especializada, suele describirse como una correspondencia errónea entre la representación interna y la entrada sensorial. Es decir, descubrir patrones conocidos en formas aleatorias. Pero, ¿por qué tiene sentido evolutivo “ver” lo que no está?
La pareidolia más conocida es la pareidolia facial. Como puede deducirse, consiste en descubrir rostros en figuras que a priori no se han formado a tal efecto. Entre las experiencias reportadas, hay quien ha “reconocido” a Jesús en una tostada o a la Virgen María en una tortilla. Otro famoso acontecimiento fueron las “caras de Belmez”. Pero estos ejemplos solo son fraudes (económicamente muy rentables) sustentados en cómo funciona nuestra mente.
La neurociencia de las pareidolias
Se ha demostrado que cuando los objetos que no son rostros se perciben como tales, se activa, entre otras, el área fusiforme facial. Ésta es una región cerebral que se encuentra en la corteza occipito-temporal ventral y participa en el reconocimiento de los rostros. O sea, la pareidolia facial activa la misma estructura que se activa al ver una cara real. Esto implica que existe un mecanismo neuronal compartido para el reconocimiento de rostros reales e ilusorios.
La pareidolia activa la misma región cerebral que observar una cara real
Entonces, ¿a qué nivel ocurre el “fallo”? El consenso científico apunta a que la pareidolia es esencialmente un fenómeno perceptivo. Un sesgo producido cuando el conocimiento previo (de alto nivel) interfiere e influye en la entrada sensorial (de bajo nivel), proceso denominado de arriba-abajo o top-down. En otras palabras, al percibir una imagen con componentes similares a un rostro (ojos y boca) se crean asociaciones con la información almacenada y se interpreta como si fuera un rostro real.
Revelaciones evolutivas
Distintas líneas de investigación sobre las pareidolias han mostrado más resultados interesantes. Por ejemplo, se ha observado que se desarrolla entre los 8 a 10 meses después del nacimiento. Y recientemente se ha indicado que la pareidolia facial no se limita a la cognición humana: un experimento de seguimiento ocular realizado con macacos Rhesus ha señalado que también experimentan este fenómeno. O sea, el sistema de detección de rostros es semejante entre especies.
Esta tendencia a localizar rostros en información visual ambigua es quizás altamente adaptativa en primates. La importancia de la expresión facial es crucial para la vida social y para identificar estados mentales que permitirían, entre otros, reconocer una amenaza. Por ello, la evolución ha privilegiado esta capacidad con el objetivo de detectar las emociones y protegernos del peligro, aunque el coste sea “ver” caras hasta en la sopa.

Aquí observamos distintos ejemplos de objetos que producen pareidolias. Al igual que la detección de rostros, nuestra capacidad para detectar expresiones está ajustada para favorecer respuestas rápidas a la información facial que señala la valencia emocional (en este ejemplo, alegría o ira). El beneficio de una detección sensible y rápida de expresiones faciales supera el costo de los falsos positivos ocasionales.
Más allá de anécdotas graciosas
Al parecer, existen importantes diferencias individuales entre la población. Por ejemplo, los rasgos autistas influyen en el procesamiento de los rostros por evitación de los ojos, lo que dificulta el reconocimiento de las pareidolias. Con respecto a otras patologías, las ilusiones pareidólicas están aumentadas en la demencia con cuerpos de Lewy, disminuidas en la esquizofrenia y pueden contribuir a desarrollar características alucinatorias en el Párkinson. Y en un sentido no patológico, suelen tener más éxito en descubrirlas las mujeres y quienes creen en fenómenos paranormales y religiosos. También representan una vía para investigar los aspectos divergentes de la creatividad.
Las experiencias con pareidolias suponen una vía para estudiar patologías como el autismo, la demencia con cuerpos de Lewy, la esquizofrenia y el Párkinson
En definitiva, las pareidolias nos revelan que el conocimiento se construye de manera activa en lugar ser recibido pasivamente del ambiente. Su existencia recuerda de lleno al empirismo de los siglos XVII y XVIII. Como apuntaba la imagen de cabecera, el filósofo nacido en Edimburgo David Hume estaría de acuerdo en que la mente recibe impresiones, las combina y las relaciona para formar las ideas. Es decir, hemos “visto” que nuestros sentidos no son infalibles.



