Internacional
El último hombre que vio libre a Nicolás Maduro: Qiu Xiaoqi, un diplomático veterano vinculado a Zapatero y condecorado por Moratinos
Al filo de la tarde del 2 de enero de 2026, en los pasillos del Palacio de Miraflores, bajo la luz dorada que se filtraba por los ventanales, Nicolás Maduro, todavía presidente de Venezuela, recibía en Caracas a Qiu Xiaoqi, representante especial de la República Popular China para América Latina y el Caribe; el alto funcionario de Pekín encargado de garantizar los intereses de su país en una región en la que el gigante asiático lleva años ganando terreno a Estados Unidos.
Maduro, acompañado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, intercambió regalos con su invitado, flanqueado también por otros altos representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores de China. La televisión estatal venezolana transmitía en directo el encuentro. Maduro hablaba de «una hermandad inquebrantable» y de una alianza cimentada en más de 600 acuerdos bilaterales. Mientras, Qiu asentía sonriente, pero comedido en sus alabanzas hacia un socio estratégico que, aún debilitado, era útil para Pekín, tanto por sus reservas de petróleo como por su valor simbólico en el pulso de influencia con Washington en el hemisferio occidental.
Apenas siete horas después de aquella reunión, aviones y helicópteros estadounidenses irrumpieron en el cielo de Caracas. En una operación relámpago, las fuerzas especiales Delta Force enviadas por Donald Trump capturaron a Maduro. Aún se desconoce si los emisarios del Gobierno chino, con Qiu a la cabeza, se encontraban todavía en la capital venezolana en el momento del ataque. O si desde Pekín tenían alguna noción de la maniobra quirúrgica ordenada por Donald Trump para decapitar al régimen chavista. Qiu, un veterano diplomático de 69 años, fue la última figura extranjera en reunirse con Maduro antes de la caída del dictador. El último en verle libre.
Dieciocho años antes de los sucesos en Caracas, a principios de 2008, Qiu era recibido en Moncloa por el entonces presidente español José Luís Rodríguez Zapatero. El chino ejercía como embajador de Pekín en España desde enero de 2003. Había sido una pieza clave para estrechar las relaciones de su país, en plena explosión de desarrollismo, con Madrid. Aunque en su paso por España también dejó varias polémicas en torno a la delicada cuestión del Tíbet.
LA POLÉMICA DEL DALAI LAMA, EL PRIMER LAZO
En marzo de 2008, cuando la prensa internacional había puesto el foco en el trágico fenómeno de los monjes tibetanos que se inmolaban como protesta por la represión de las autoridades chinas justo antes de los Juegos Olímpicos de Pekín, decenas de manifestantes se concentraron frente a la embajada china en Madrid. Frente a esa presión social, Qiu confrontó directamente a críticos y activistas tibetanos en territorio español, un gesto que entonces era muy poco común dentro de la sigilosa y templada diplomacia china.
Qiu Xiaoqi, reunido con José Luis Rodríguez Zapatero en 2008 en su despedida como embajador de China.EFE
El embajador concedió varias entrevistas defendiendo las visibles mejoras económicas en la región autónoma como una prueba de la legitimidad de la presencia china en el Tíbet. Enfatizó que las protestas estaban dirigidas a sabotear los Juegos Olímpicos y que el Dalai Lama, el líder espiritual de los tibetanos, era un «peligroso monje separatista». Unas declaraciones que encendieron aún más el debate en España y atrajeron la atención de grupos pro Tíbet de todo el mundo. Mientras, el Gobierno de Zapatero evitaba las críticas duras que pudieran tensionar las relaciones bilaterales, especialmente en un momento en que China, que ya arrastraba la fama como fábrica del mundo, era un socio económico cada vez más importante para España.
Hubo algunas voces, tanto internamente desde la oposición del Partido Popular, como desde la prensa internacional, que acusaron al Ejecutivo socialista de priorizar los intereses comerciales sobre los derechos humanos. El medido equilibrio de Zapatero —abogaba por la vía del diálogo pacífico, siempre dentro del marco de la soberanía china y sin apoyar explícitamente al Dalai Lama— gustó en Pekín, donde ya tenían en alta estima al presidente español por ser el primero en apoyar en Europa el fin del embargo a la exportación de armas a China, vigente desde la masacre de Tiananmen en 1989.
A finales de 2008, cuando se terminaban los cinco años de Qiu al frente de la delegación china en España, el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, impulsó que se le concediera la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, como recoge una publicación del BOE de diciembre de ese año. Aunque aquello no tuvo ningún recorrido mediático que cuestionara las razones de esta distinción honorífica española de alto rango, concedida oficialmente por el Rey.
Tras su paso por España, Qiu cruzó el charco hasta América, primero como embajador en Brasil (2009-2011) y luego en México (2013-2019). En 2021, fue designado como enviado especial de China en América Latina, encargándose de recorrer el continente velando por el éxito de la ofensiva política y de inversiones que la superpotencia asiática había lanzado en el tradicional patio trasero de Estados Unidos.
Un año después, el chino volvió a coincidir con Zapatero en la ciudad de Santa Marta, en la costa caribeña de Colombia. Allí se celebraba un foro del Grupo de Puebla, el think tank formado por dirigentes y referentes intelectuales de la izquierda iberoamericana, criticado a menudo por actuar como un paraguas de legitimación política para regímenes autoritarios como Venezuela, Nicaragua o Cuba.
Qiu Xiaoqi, junto a María Teresa Fernández de la Vega y Miguel Ángel Moratinos.EFE
La cita coincidió con los primeros meses del Gobierno de Gustavo Petro en Colombia y contó con destacadas figuras regionales como el ex presidente boliviano Evo Morales y la ex líder brasileña Dilma Rousseff. Además de Qiu y de otros funcionarios del Partido Comunista Chino (PCCh), por aquel acto también asomaron varios empresarios del país asiático con intereses comerciales en Sudamérica. Entre ellos, según cuentan a Crónica fuentes empresariales, se encontraba un polémico personaje también relacionado con Rodríguez Zapatero: Du Fangyong, un empresario nacido en China pero que se crio en Barcelona, socio del ex presidente socialista, quien habría estado en el radar del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) español por presuntas conexiones con los servicios de espionaje de Pekín.
Sobre esto informó El Confidencial el año pasado, explicando que Du —también conocido en España como Miguel Duch—, fue colocado por Zapatero como consultor en el Grupo de Puebla y en el Banco de Desarrollo de los BRICS, una entidad de este grupo de economías emergentes que tiene su sede en Shanghai y que está presidido por Rousseff. El empresario chino, según la misma publicación, también estaría colaborando con uno de los think tank que sirven a Zapatero para ejercer el lobby en favor de los intereses de China, el Gate Center, donde el socialista figura como presidente del consejo asesor.
No es ningún secreto la intensa actividad internacional de Zapatero en los últimos años, especialmente en Venezuela y China, dos países a los que viaja continuamente invitado por organizaciones ligadas al régimen chavista y al chino. En este último, suele ejercer como una suerte de intermediario, al margen del aparato oficial, en la relación entre España y la Unión Europea con Pekín. Diplomáticos españoles que han compartido actos con el ex líder cuentan que, en sus saltos a Latinoamérica, Zapatero también ha defendido la presencia de China como la gran potencia estable, la que apuesta por el orden multipolar frente a los abusos de Washington en sus zonas de influencia.
ENGRANAJE ENTRE CHINA Y EL CHAVISMO
Zapatero, utilizando su condición de ex jefe de Gobierno europeo y su acceso privilegiado a foros progresistas latinoamericanos, ha jugado un papel de intermediario político y, en ocasiones, casi pedagógico en el encaje entre China y el chavismo en la última década. Distintas fuentes consultadas aseguran que, mediante un discurso aparentemente de mediación, el español contribuyó en la práctica a ganar tiempo al régimen de Maduro, lo que a la vez ayudó a China a proteger inversiones y asegurar flujos energéticos. En paralelo, Zapatero ha defendido en público la presencia china en América Latina como una alternativa «responsable» al intervencionismo estadounidense.
Un discurso que casa con el que suelta el ex embajador Qiu, clave en la arquitectura exterior china en la región. Desde su nombramiento en 2021, Qiu ha viajado varias veces a Venezuela, cuya economía ha sostenido China como principal acreedora y compradora de petróleo, esquivando las sanciones internacionales.
El enviado del Gobierno de Xi Jinping también ha frecuentado otros países, desde Brasil a Perú, donde las empresas chinas han invertido mucho dinero. Hoy, China es el principal socio comercial de Sudamérica y el segundo de América Latina en su conjunto, solo por detrás de EEUU. El país asiático mantiene acuerdos de libre comercio con cinco naciones de la región y más de una veintena de proyectos de infraestructuras y energía bajo el paraguas de la nueva Ruta de la Seda, iniciativa a la que se han adherido cerca de una veintena de países latinoamericanos.
La captura de Maduro y su traslado ante tribunales estadounidenses fue descrita en Pekín como un precedente peligroso que distorsiona normas básicas de relaciones internacionales y podría erosionar la confianza en los mecanismos multilaterales.
La paradoja de Pekín
Pero más allá de los discursos diplomáticos, en los círculos de poder chinos se debatió con creciente intensidad la paradoja estratégica que enfrenta el país. La caída repentina de Maduro no solo pone en evidencia los límites de la influencia china frente a la fuerza militar estadounidense, sino que también reconfigura los riesgos asociados con las inversiones y acuerdos de largo plazo en Venezuela y en la región.
La figura de Qiu Xiaoqi, presente en Madrid cuando España aprendía a acomodar su discurso de derechos humanos a la pujanza china y en Caracas justo antes de que Estados Unidos demostrara que sigue teniendo la última palabra cuando decide usar la fuerza, condensa la ambigüedad del avance de los intereses de Pekín en América Latina.
China ha tejido una red espesa de intereses económicos, afinidades políticas e intermediarios útiles (Zapatero). Pero la caída fulminante de su aliado Nicolás Maduro recuerda que esa influencia, por extensa que sea, sigue siendo frágil cuando se enfrenta al músculo duro de un Donald Trump dispuesto a saltarse las reglas del tablero geopolítico.





