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Internacional

CUBA EN GRAVE CRISIS SANITARIA EN PLENO SIGLO XXI

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😳🇨🇺 ¿Sabes que CUBA tiene una EPIDEMIA peor a la del COVID y miles de personas estan falleciendo sin que a nadie le importe?

La crisis sanitaria que vive Cuba ahora mismo no aparece en titulares internacionales, no recibe barcos de ayuda ni activa conferencias de emergencia. Sin embargo, los datos recogidos por médicos independientes, reportes epidemiológicos filtrados y cifras parciales confirmadas por instituciones municipales describen un escenario más grave que el vivido durante el COVID-19 en la isla. No se trata de un solo brote, sino de la combinación explosiva de dengue hemorrágico, leptospirosis, meningococo y brotes de hepatitis A, todos activos al mismo tiempo y creciendo sin control. La ausencia de fumigación sistemática, la escasez crónica de reactivos de laboratorio, la falta de antibióticos básicos y el colapso de la infraestructura hospitalaria han permitido que estas enfermedades se expandan como no ocurría desde comienzos del siglo XX.

En ciudades como Santiago de Cuba, Guantánamo y Camagüey, médicos han reportado que más del 60% de las admisiones febriles terminan siendo casos de dengue confirmado o sospechoso. Entre julio y noviembre del último año, hospitales como el Saturnino Lora y el Ambrosio Grillo registraron picos simultáneos de hasta 300 ingresos diarios, una cifra superior al peor momento del COVID en esas mismas provincias. Las edades más afectadas oscilan entre los 5 y los 40 años, con una tasa de complicaciones hemorrágicas que en algunas semanas superó el 7%, muy por encima del 1–3% habitual en temporadas fuertes de dengue.

A esto se suma la leptospirosis, asociada a la proliferación de ratas y aguas estancadas. Mientras que el promedio histórico cubano oscilaba entre 300 y 500 casos anuales, en los últimos 12 meses los reportes internos del Ministerio de Salud —filtrados en redes de profesionales sanitarios— estiman más de 4,000 casos sospechosos, con al menos 80 fallecidos, números que no se habían visto desde la epidemia de 1994. Municipios rurales de Holguín, Las Tunas y Villa Clara reportaron incrementos de hasta 600%. Los niños, campesinos y trabajadores que se trasladan a pie por zonas inundadas están entre los más vulnerables.

El meningococo, una de las enfermedades más temidas por la rapidez con la que puede matar, también ha resurgido. Aunque Cuba había logrado controlarlo durante décadas gracias a una vacuna local, la escasez de suministros, el deterioro del sistema de frío y la falta de vigilancia han provocado nuevos brotes. En La Habana, Matanzas y Cienfuegos se confirmaron decenas de casos, con una letalidad que ronda el 15%, especialmente en jóvenes y adolescentes. Durante el COVID, los hospitales estaban saturados, pero la estructura epidemiológica funcionaba; hoy casi no quedan vehículos para trasladar muestras, y muchos laboratorios trabajan a 10% de su capacidad normal.

Mientras tanto, la hepatitis A avanza silenciosamente por la falta de agua potable y la contaminación de las redes hidráulicas. Los reportes de gastroenteritis en niños han aumentado un 110% respecto al año anterior, y en provincias como Granma y Sancti Spíritus se han registrado escuelas completas afectadas. Esta combinación de enfermedades —cada una grave por sí sola— ha creado una tormenta perfecta en un país sin recursos, donde los médicos deben improvisar sueros, dividir antibióticos en varias dosis para varios pacientes y racionar hasta los termómetros.

A diferencia del COVID, esta nueva crisis no cuenta con la atención internacional que podría salvar vidas. No existe un solo barco de ayuda humanitaria entrando a puertos cubanos, ni organizaciones enviando masivamente medicamentos, mosquiteros, sueros o equipos de emergencia. Mientras que en otros lugares del mundo —como el caso reciente de Palestina— barcos de voluntarios zarpaban pese a bloqueos y riesgos, en Cuba no entra ni sale ayuda médica significativa. Parte de ello se debe a que el propio Estado controla estrictamente la entrada de donaciones, exige permisos imposibles a ONG internacionales y bloquea envíos independientes, lo que deja a la población expuesta y sin alternativas.

Hoy, Cuba enfrenta una epidemia múltiple, silenciosa y sin asistencia externa. Miles de familias viven entre fiebre, apagones, agua contaminada y hospitales colapsados. El país atraviesa una crisis sanitaria que supera en cifras, alcance y complejidad a la del COVID, pero sin la visibilidad ni el apoyo global que aquella pandemia sí consiguió. Y mientras la vida cotidiana sigue, los médicos que aún resisten dentro del sistema coinciden en una advertencia: si nada cambia, el impacto de esta epidemia será recordado como uno de los capítulos más oscuros de la salud pública cubana.

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