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México

Dos cochinos y un micrófono: crónica de un pleito sin moral

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Por Luis Mis – Gato Maya🐾

Ay, México… tierra bendita donde la política se practica entre zapes, lodazales y vuelos privados. Aquí, los pleitos no son por principios, sino por micrófono; y los políticos no discuten ideas, sino quién se baña con más espuma del presupuesto.

Ahora el espectáculo corre a cargo del senador del Partido Verde —sí, ese partido que se disfraza de ecologista pero vive del estiércol político— y del inefable Gerardo Fernández Noroña, ese mártir profesional de la austeridad republicana que, curiosamente, viaja en avión privado cuando el discurso se lo permite.

Resulta que el distinguido senador “verde”, Luis Armando Melgar, se soltó la melena y llamó a Noroña “sucio pendenciero”, asegurando que hace unos años “moría de hambre” y que ahora vive como potentado. Y uno, que ya ha visto de todo en este circo de tres pistas, no sabe si reír o pedir palomitas. Porque vaya ironía: un miembro del partido ecológico del poder criticando la mugre ajena mientras chapotea en el mismo pantano.

El pleito comenzó porque Noroña —el autoproclamado paladín del pueblo— anunció que revisaría los ingresos del propio Melgar. Y claro, al hombre se le revolvió el nopal. Le respondió que Noroña vive en la opacidad, que su riqueza es “inexplicable” y que su discurso de austeridad es pura hipocresía. ¡Ándale!

Como si descubriera el hilo negro de la política mexicana, donde todos predican la pobreza desde un sillón de piel italiana.
Melgar olvida —quizá por exceso de nómina o por sobredosis de cinismo— que su curul no existiría sin la alianza con Morena. Esa alianza que se vende como progresista, pero que reparte los huesos del poder entre sus “socios menores”: el Verde, el PT y toda la fauna electoral que sobrevive del presupuesto como garrapata de la patria.

Mientras tanto, el pueblo, ese que ambos dicen defender, sigue contando los pesos para la tortilla y pagando el kilo de huevo a precio de lujo, mientras los políticos se tiran lodo de oro para decidir quién es el más puro entre los cochinos.

Noroña, que presume ser el más congruente del rebaño, podría empezar por transparentar sus gastos y vuelos privados antes de auditar al prójimo. Y Melgar, que se indigna con poesía ranchera, bien haría en recordar que quien se acuesta con la austeridad mañanera amanece con resaca de cinismo.

En el fondo, ambos se parecen más de lo que admiten: uno presume ser pueblo pero vive como potentado; el otro presume ser decente pero se alimenta del presupuesto. Dos caras de la misma moneda oxidada, lanzándose zapes verbales en nombre de la transparencia, como si el lodo ajeno limpiara el propio.

Y para rematar la tragicomedia, Noroña anuncia que se va… pero sin irse. Pide licencia —como quien pide vacaciones espirituales— y asegura que lo hace “sin berrinche ni depresión”. ¡Ah, qué alivio! Ya estábamos todos preocupados por su salud emocional, no fuera que el compañero se nos deprimiera de tanto protagonismo.

Dice que su salida del Senado es “necesaria”. Lo que no aclara es para quién. Porque mientras el pueblo se pregunta por qué los políticos entran al servicio público sin un peso y salen con mansiones en Tepoztlán, el señor nos pide paciencia: que ya nos contará después… cuando el escándalo se enfríe y la memoria colectiva se distraiga con otro chisme.

Y qué casualidad, su licencia llega justo cuando lo señalan por una casita de 12 millones de pesos. Un detallito menor, claro, si uno cree que la austeridad republicana también incluye jacuzzi, vista al Tepozteco y una cava de vinos orgánicos.

Por supuesto, Noroña aclara que no hay pleito con Morena ni con el presidente López Obrador. Faltaba más. En la Cuarta Transformación nadie se pelea; sólo se “reagrupan estratégicamente”. Aunque a veces esos reacomodos huelan más a retiro espiritual que a disciplina partidista.

Mientras tanto, Dunia Ludlow tomará su lugar en el Senado, probablemente sin saber si llega a legislar o a calentar el escaño mientras el compañero regresa “iluminado” de su descanso político.

El reglamento dice que durante su licencia no cobrará sueldo. Pero tranquilos: con una casa de doce millones, seguro le alcanza para sobrevivir sin la dieta senatorial.

Así que Noroña se va, pero no se va. Suspende su presencia, no su protagonismo. Tal vez no sea berrinche ni depresión… quizá sólo un cambio de escenario. Porque en política, como en el teatro, los actores necesitan salir un rato del escenario para volver a entrar… con un mejor libreto.

Y ahí los tenemos: uno bañándose en lodo ecológico y el otro tomando aire en el Tepozteco, mientras el pueblo —el verdadero, el que no tiene ni para el vuelo ni para el jacuzzi— sigue esperando a que, algún día, alguien en la política mexicana deje de actuar.

Pero no se hagan ilusiones: en este país, el cambio de actores no cambia la obra. Los aplausos son los mismos, los discursos también, y el guion se repite sexenio tras sexenio. La única diferencia es el decorado: antes eran curules de caoba, hoy son sillones con la etiqueta de la 4T, pero la función sigue siendo la misma tragicomedia nacional.

Y mientras el pueblo sigue pagando el boleto para verlos pelear por quién tiene la conciencia más limpia, los verdaderos problemas del país —la pobreza, la inseguridad, la desigualdad— permanecen en el olvido, detrás del telón. Porque en México, el circo político nunca descansa: cambian los payasos, pero el público siempre es el mismo.

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